19/10/10

Arriba.

Una hormiga en un palo que un niño sujeta con torpeza. Un minúsculo autómata de luto va hacia arriba y actúa sin esperar un resultado de sus actos, como el sabio hindú. Siempre hacia arriba. El niño inclina el palo hacia el otro lado cuando la hormiga ha llegado al extremo y ella comienza su camino en sentido contrario. El niño ríe, primero. Luego, se queda muy serio, concentrado en la hormiga durante minutos. Su mano es gordezuela aún, y rosada. El palo no tiene corteza y está seco; su superficie es lisa e imperfecta. El niño toma la hormiga entre el dedo índice y el pulgar y la aplasta.
El padre del niño siempre sube. A lo alto de las torres, a las montañas. Una vez subió con el niño en ascensor hasta el último piso del edificio más alto de su ciudad y lo sentó sobre los hombros para que él mirara por la ventana alta de la escalera.
-¿Qué ves?
-Nada.
-¿Cómo que nada? Tienes que ver algo.
-El mar. Y tejados. Y fábricas. Y montañas.
-¿Te gusta?
-No lo sé. Bájame.
Luego el padre estaba serio.
Otra vez subieron por una carretera muy estrecha que no estaba asfaltada. A sus lados había zarzales y el suelo era de gravilla. Curvas y curvas. El coche avanzaba tan despacio que el niño pensó que se detendría y tendrían que retroceder hacia abajo, marcha atrás. Al cabo de un rato el padre se detuvo en una curva. De un lado no había zarzas ni árboles.
-Mira, este es mi pueblo. El pueblo de mis padres.
El niño miró el pueblo alargado como una línea en un valle muy estrecho y boscoso. Entre un mar de nieba se entreveían la hilera de edificios viejos de ladrillo rojo de la fábrica, una carretera paralela a la fábrica, un río paralelo a la carretera, casi oculto entre árboles, y un rastro de edificios pobres, que se engrosaba a trechos, paralelo al río.
A sus pies, el hollín pegajoso sobre el césped descuidado, sobre las cruces, sobre las lápidas, un cementerio encastrado entre muros de la fábrica como en el fondo de un hoyo.
-Pero yo siempre quiero ir arriba, ¡arriba!
Papá miraba a lo alto. Sobre ellos, por encima del ahusado mar de niebla, las cumbres estaban doradas por el sol del mediodía.
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