30/1/11

El aparcamiento

El ascensor no se detuvo en la planta primera, donde yo había dejado el coche. Vi que había sido llamado desde la planta más baja y mi corazón dio un vuelco. La cuarta planta subterránea; y ni yo ni nadie había necesitado aparcar nunca más abajo de la segunda. ¿Por qué habían construido un aparcamiento tan grande, tan profundo? Supuse que un empleado del centro comercial estaría trabajando allí y querría subir, sencillamente, pero ese pensamiento no evitó que el miedo me sacudiera de pies a cabeza en una oleada ardiente y mis piernas empezaran a temblar mientras intentaba inútilmente detenerlo en la segunda o la tercera planta. El tiempo se alargó mientras bajaba. Busqué algo con que defenderme llegado el caso, pero solo llevaba una bolsa con un abrigo que había comprado, muy rebajado porque ya era el final de marzo, para el siguiente invierno.

Cuando se abrieron las puertas no vi a nadie. Negrura. Pulsé inmediatamente la planta 0, pero las puertas siguieron abiertas y el ascensor inmóvil. No respondía. Quizá hubiera una alarma arriba y estuviera programado para bajar a lo más hondo por razones de seguridad. Ese pensamiento, lógico, me tranquilizó un poco y, al cabo de un rato, me asomé o, más bien, penetré la oscuridad, primero las manos y después el cuerpo, pensando que quizá encontrara una garita de mantenimiento con trabajadores afanados y ruidosos dentro, pero no la vi. No vi nada.

Entonces se apagaron las luces del ascensor y contuve un grito de terror. Volví atrás y me agazapé un rato. Poco a poco pude ver algún brillo: agua. Se había filtrado y hacía charcos de superficies quietas. Me di cuenta de que una luz, natural, iluminaba tenuemente la oscura superficie y los perfiles de las columnas, que parecían troncos. Temblaba, aunque no hacía frío. Llegué a pensar que ir en busca de la luz sería menos terrible que seguir allí quieta, acorralada, y empecé a caminar vadeando aquella noche. Sobre mí se oía un zumbido hueco, como la digestión de una bestia de metal. También oía el eco de mi chapoteo, y mi respiración agitada. Aquel lugar debía de ser enorme. Mis ojos se acostumbraron a la oscuridad y también la luz se hizo más clara: los grandes conductos del aire acondicionado y la ventilación, las cañerías, todo estaba roto, comido por el moho; grandes masas, panales azulados como formaciones calcáreas en estalactitas. Cuánto tiempo caminé, no lo sé. Se me hizo eterno. Poco a poco se me quitó el miedo a las ratas. El suelo era blando, pero nada se movía en él, y me pareció, además, que se inclinaba, que insinuaba hondonadas, como la orilla del mar tras la marejada. El agua me llegaba ya a la cintura. Desde luego, la erosión del trabajo del hombre había sido tremenda en aquel aparcamiento. Arriba, todos con sus compras, atareados, nerviosos, sin ver la luz del sol, y abajo esta vida que devoraba los cimientos. De pronto, grité, y mi grito pareció excitar aún más a la bandada de murciélagos que había surgido veloz de la negrura. Revolotearon sobre mí y cuando sentí que algo me tocaba la cabeza me agaché y me sumergí completamente. Luego desaparecieron. Sabía que estarían colgados del techo, boca abajo, que probablemente lo cubrirían entero y en cualquier momento podían enloquecer todos de nuevo, a la vez. Caminé aún más despacio, intentando no hacer ruido.

Tras un tiempo que no podría precisar vi la puerta al fondo, aquella boca de la luz. Me pareció que en vez de salir a la luz iba a entrar en la luz, como si la oscuridad tuviera en su seno una pequeña bolsa de luz y yo me dirigiera a ella. Me extrañaba que estuviera abierta, pero más extraño era todo aquello. Busqué una explicación: probablemente la cuarta planta tenía un acceso más alejado, directo desde el exterior, quizá en previsión de una futura carretera que habría de ser construida y nunca lo fue, o de una zona que estaría empezando a ser urbanizada con altos edificios antes de que la crisis los hubiera dejado como insectos corroídos. Yo no entendía de esas cosas, pero algo así sería: proyectos, planes, ingeniería. Pensé, incluso, que aquel sótano abandonado tenía que ser peligroso para la estructura del centro comercial. Era muy extraño, de todos modos. Según me acercaba a la entrada me di cuenta de que el trabajo de la erosión había sido mayor ahí. Las paredes parecían vivas. Recordé que en algunos túneles de la autopista el revestimiento semejaba el tubo digestivo de un inmenso gusano e imaginé que la capa de humedad y mugre, sobre una superficie similar, daría esta impresión orgánica. Había vegetación real en los bordes. Por un momento creí que aparecería en medio de un parque temático, que saldría por la boca de una cueva de cartón piedra y me aplaudiría la gente. Se me ocurrían toda clase de pensamientos locos. El agua cada vez cubría menos. Ya solo me llegaba a los tobillos.

Por fin alcancé la salida. Tenía ganas de correr. Lo primero que vi fue el cielo, bienaventuranza. Chapoteé un poco más para salir a un prado. El suelo no estaba aplanado. No parecía un parque. No sabía qué pensar. Ante mí, campos inmensos, un bosque azul a la izquierda, nubes que se deslizaban y dejaban pasar el sol o lo cubrían y cuyas sombras se perseguían sobre aquellas ondas de hierba, largos cabellos que la brisa agitaba. Caminé un poco, disfrutando de la caricia en mis piernas. El viento fresco me hacía bien. Era hermoso, aquel lugar, este lugar. Nunca había visto nada así, tan puro. Fui hacia la derecha, porque de aquel lado parecía poder contemplarse algo abajo, como si hubiera un valle. Imaginé que vería la ciudad bajo mí, aunque no podía comprender cómo, habiendo bajado, estaba ahora tan arriba. Pero ya no me sorprendía como al principio. Cuando llegué a aquel límite divisé un paisaje de montañas azules y lilas que se sucedían hasta el horizonte, las más lejanas con sus cumbres aún nevadas.

Me senté. Dos águilas danzaron ante mí.

26/1/11

Oh, fortuna

No se había acostado con él por eso. Probablemente lo hubiera hecho de todos modos. Sobre todo porque nunca había dormido en un buen hotel; para verlo por dentro. Además, el hombre tenía tanto mundo que le interesó. Conocía a muchísima gente importante. ¡Hasta un concejal! No recordaba el nombre del concejal, pero incluso a ella, que no leía la prensa, le sonaba familiar. Lo de su mujer era tan horrible, por otra parte, que su sentido de justicia la había empujado a darle un poco de amor. Se le veía tan desesperado de repente, cuando hablaba de su situación familiar, de su soledad real. Decía que todos sus amigos no conseguían darle una parte mínima del calor humano que necesitaba, del cariño real, del contacto físico que era, después de todo, el que necesitaban los humanos: caricias, sonrisas, besos. Qué mujer tan mezquina, tan… no tenía palabras para describirla. Era muy desgraciado, pobre hombre. Desde luego, la felicidad instantánea que la sonrojó cuando él habló del dueño de los supermercados Luxx como de su amigo íntimo y aseguró que, si iba de su parte, le darían trabajo, había tenido algo que ver. En definitiva, habían sido varias las razones que la habían decidido a no hacer nada, o sea, a dejarse hacer. Era lo lógico. Además, no le apetecía volver andando a casa a las seis de la mañana. Era muy peludo, y tenía algo de panza. Su tercer hombre, un dormilón. Pero bueno: la invitó a desayunar. Y le regaló jaboncitos pequeños, y champús, y acondicionador, todo con la marca del hotel.
Se lo contó a sus amigas, que abrieron los ojos con esa mezcla de esperanza y envidia que ella había previsto. Si a ella le había pasado, bien podía ocurrirles a ellas, que la fortuna las tocara un día con sus dedos de diamantes.
El encargado del supermercado Luxx en el que entró fue muy seco. O no vio en su cara la alegría y las ganas de trabajar duro, o lo vio pero no le importó. Dijo que quién coño era ese, y que si era amigo íntimo del dueño que fuera a Madrid a hablar con él, que allí no les interesaba. Ella se las arregló para no llorar y el hombre pareció recapacitar, y la hizo rellenar una solicitud y meterla en una caja amarilla junto a otras muchas. Habría al menos cincuenta. Todas tenían la misma forma y estaban cubiertas con boli azul, como la suya. Dijo que llevara un par de fotos la próxima vez que pasara por allí.
Cuando salió del supermercado había empezado a llover. Se sintió mareada. Había algo en su garganta que no la dejaba tragar saliva bien. No quería molestar al hombre, pero estaba cerca de su hotel y, llena de temor —ojalá no pensara que era una pesada o una interesada—, se dirigió a verlo. Esperó en la acera durante una hora, sin saber si debería entrar o no y, finalmente, ocurrió: él salió. Llevaba una gabardina color nata y un paraguas. Era un hombre bastante elegante. Un poco viejo, pero eso lo hacía más elegante. Lo saludó, intentando parecer alegre. Había estado llorando, pero no se había tocado los ojos para que no se le corriera el rímel. Él no parecía contento.
—Vaya. Cómo tú por aquí —, o sea, no fue desagradable, pero tampoco agradable. Fue neutro, como esperando a ver, serio, con prisa. No sabría explicar cómo fue la mirada y cómo fue la voz. Ya no sabía interpretar nada.
Ella le explicó sin dar más vueltas lo que había ocurrido. Tenía que ayudarla. Entonces él la tomó por el hombro y la volvió a invitar a desayunar. El zumo de naranja era delicioso, y él pidió otro para ella y sonrió mientras la veía bebérselo de un trago y le limpió el labio superior con el pulgar. Le explicó que había hecho lo correcto. Que él se iba a Madrid y allí le comentaría lo suyo al dueño y él, «por vía interna», localizaría el supermercado, y apuntó el nombre de la calle en una agenda muy gorda que llevaba debajo del brazo, y ellos se encargarían de todo. Que esperara tranquila. Que no podía prometerle nada, pero que estaba seguro de que, la próxima vez que necesitaran a alguien, para cubrir una baja por ejemplo, la llamarían. Al despedirse le dio un golpecito en el cachete y la llamó «preciosidad».
Se quedó más tranquila. Había dejado de llover y volvió a casa soñando con la habitación que alquilaría cerca del supermercado, para no perder tiempo en los desplazamientos, cuando la llamaran. Metía la punta del paraguas en los charcos al caminar, haciendo olas. Iba a ahorrar algo, se decía, aunque fueran treinta euros al mes. Para cuando lo necesitara. Los supermercados Luxx eran bastante bonitos. El uniforme era granate y azul, como de azafata, y sentaba bien. Se preguntó si tendría una taquilla para ella sola. «Eso sería casi como tener una casita allí dentro». Sonrió imaginando la taquilla con su nombre o, al menos, su número. Llegaría a su habitación cansada y dormiría bien, profundamente. Se compraría un portátil pequeñito. Y leería novelas. No quería embrutecerse. Todo sería pequeñito y mono, lo que tuviera. Barato, sencillo, y precioso. Además, cuando vieran que sabía escribir a máquina y que era trabajadora, quién sabe. La suerte estaba a la vuelta de la esquina.

20/1/11

La calidad del aire

Si me quedara ciega de repente, aun podría saber, por la cualidad de las voces que vienen de vez en cuando de la calle, qué día hace. A veces esas voces llegan entre humedad baja, llovizna tan fina que no se ve, partículas que se sostienen en el aire. Otras veces resuenan mates, como cuando las nubes, densas, están en lo alto y no amenazan lluvia. De vez en cuando sé que ha salido el sol, porque una frase como «¿A dónde vas?» es de pronto sonora como un triángulo. Y hay días gloriosos, de suave brisa y cielo azul, en que, mientras unas pocas nubes se persiguen en lo alto, las voces vibran y bailan por mi calle.
En días así, aún sin ver, saldría a la calle. Subiría tocando la pared de mi derecha hasta el parque y allí me tumbaría en el prado, bajo un árbol. Sabría donde hay un árbol aislado por el susurro de las hojas y porque bajo él estaría aún más fresco. Me descalzaría y dejaría que la hierba acariciara mis pies y mis manos y el viento enfriaría mis mejillas, que quizá estarían calientes de la subida. A lo lejos, oiría las voces de los niños en los columpios y el mar de fondo de los motores. Imaginaría, ante mí, la ciudad y, tras ella, el océano y el cielo. Del otro lado, las grandes chimeneas de las fábricas lejanas y, más lejos aún, las montañas que, quizá, mostrarían sus cumbres todavia nevadas. Si no pudiera ver, todo eso seguiría ahí.

18/1/11

El soldadito de plomo

El soldadito de plomo aún siente la pierna que le falta.
También cree que la bailarina sigue viva.

No sabe que hace mucho un niño pelirrojo la derritió en la chimenea.
Conoció el dolor.

El soldadito la imagina girando sobre sí misma, con los brazos extendidos, y sonríe.

La música de la caja de la bailarina era suave como lluvia en cristal.

Lleva ciento cincuenta años encallado en un risco invertido.
Aún recuerda cuando cayó, despacio como en un sueño.

Nada se mueve ahí abajo, en la fosa abisal.
Solo muy raramente se acercan seres luminosos como farolillos.

Al ver la luz piensa que podría llorar de belleza si el mar no hubiera devorado casi todo su rostro.

No tiene ojos, pero ve la luz.
Es paciente. Espera despertar.

(Los tuits del soldadito)

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