26/1/11

Oh, fortuna

No se había acostado con él por eso. Probablemente lo hubiera hecho de todos modos. Sobre todo porque nunca había dormido en un buen hotel; para verlo por dentro. Además, el hombre tenía tanto mundo que le interesó. Conocía a muchísima gente importante. ¡Hasta un concejal! No recordaba el nombre del concejal, pero incluso a ella, que no leía la prensa, le sonaba familiar. Lo de su mujer era tan horrible, por otra parte, que su sentido de justicia la había empujado a darle un poco de amor. Se le veía tan desesperado de repente, cuando hablaba de su situación familiar, de su soledad real. Decía que todos sus amigos no conseguían darle una parte mínima del calor humano que necesitaba, del cariño real, del contacto físico que era, después de todo, el que necesitaban los humanos: caricias, sonrisas, besos. Qué mujer tan mezquina, tan… no tenía palabras para describirla. Era muy desgraciado, pobre hombre. Desde luego, la felicidad instantánea que la sonrojó cuando él habló del dueño de los supermercados Luxx como de su amigo íntimo y aseguró que, si iba de su parte, le darían trabajo, había tenido algo que ver. En definitiva, habían sido varias las razones que la habían decidido a no hacer nada, o sea, a dejarse hacer. Era lo lógico. Además, no le apetecía volver andando a casa a las seis de la mañana. Era muy peludo, y tenía algo de panza. Su tercer hombre, un dormilón. Pero bueno: la invitó a desayunar. Y le regaló jaboncitos pequeños, y champús, y acondicionador, todo con la marca del hotel.
Se lo contó a sus amigas, que abrieron los ojos con esa mezcla de esperanza y envidia que ella había previsto. Si a ella le había pasado, bien podía ocurrirles a ellas, que la fortuna las tocara un día con sus dedos de diamantes.
El encargado del supermercado Luxx en el que entró fue muy seco. O no vio en su cara la alegría y las ganas de trabajar duro, o lo vio pero no le importó. Dijo que quién coño era ese, y que si era amigo íntimo del dueño que fuera a Madrid a hablar con él, que allí no les interesaba. Ella se las arregló para no llorar y el hombre pareció recapacitar, y la hizo rellenar una solicitud y meterla en una caja amarilla junto a otras muchas. Habría al menos cincuenta. Todas tenían la misma forma y estaban cubiertas con boli azul, como la suya. Dijo que llevara un par de fotos la próxima vez que pasara por allí.
Cuando salió del supermercado había empezado a llover. Se sintió mareada. Había algo en su garganta que no la dejaba tragar saliva bien. No quería molestar al hombre, pero estaba cerca de su hotel y, llena de temor —ojalá no pensara que era una pesada o una interesada—, se dirigió a verlo. Esperó en la acera durante una hora, sin saber si debería entrar o no y, finalmente, ocurrió: él salió. Llevaba una gabardina color nata y un paraguas. Era un hombre bastante elegante. Un poco viejo, pero eso lo hacía más elegante. Lo saludó, intentando parecer alegre. Había estado llorando, pero no se había tocado los ojos para que no se le corriera el rímel. Él no parecía contento.
—Vaya. Cómo tú por aquí —, o sea, no fue desagradable, pero tampoco agradable. Fue neutro, como esperando a ver, serio, con prisa. No sabría explicar cómo fue la mirada y cómo fue la voz. Ya no sabía interpretar nada.
Ella le explicó sin dar más vueltas lo que había ocurrido. Tenía que ayudarla. Entonces él la tomó por el hombro y la volvió a invitar a desayunar. El zumo de naranja era delicioso, y él pidió otro para ella y sonrió mientras la veía bebérselo de un trago y le limpió el labio superior con el pulgar. Le explicó que había hecho lo correcto. Que él se iba a Madrid y allí le comentaría lo suyo al dueño y él, «por vía interna», localizaría el supermercado, y apuntó el nombre de la calle en una agenda muy gorda que llevaba debajo del brazo, y ellos se encargarían de todo. Que esperara tranquila. Que no podía prometerle nada, pero que estaba seguro de que, la próxima vez que necesitaran a alguien, para cubrir una baja por ejemplo, la llamarían. Al despedirse le dio un golpecito en el cachete y la llamó «preciosidad».
Se quedó más tranquila. Había dejado de llover y volvió a casa soñando con la habitación que alquilaría cerca del supermercado, para no perder tiempo en los desplazamientos, cuando la llamaran. Metía la punta del paraguas en los charcos al caminar, haciendo olas. Iba a ahorrar algo, se decía, aunque fueran treinta euros al mes. Para cuando lo necesitara. Los supermercados Luxx eran bastante bonitos. El uniforme era granate y azul, como de azafata, y sentaba bien. Se preguntó si tendría una taquilla para ella sola. «Eso sería casi como tener una casita allí dentro». Sonrió imaginando la taquilla con su nombre o, al menos, su número. Llegaría a su habitación cansada y dormiría bien, profundamente. Se compraría un portátil pequeñito. Y leería novelas. No quería embrutecerse. Todo sería pequeñito y mono, lo que tuviera. Barato, sencillo, y precioso. Además, cuando vieran que sabía escribir a máquina y que era trabajadora, quién sabe. La suerte estaba a la vuelta de la esquina.
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