15/6/11

Primitivo, ligero

Salimos de buen humor. Me gustaba especialmente la carretera por la que conducía hacía el campamento de los niños, que iban detrás, dormidos. Había sol y brisa entre las hojas de los árboles. Estaba pensando que nos libraríamos de ellos —los miré por el espejo, iban dormidos— durante diez días, cuando vimos al hombre, salido de la nada, corriendo ante nuestro coche como un animal, con el pelo y la barba largos y algo encogido en el cuerpo que producía disgusto, nos, me producía disgusto, como si corriera agazapado, poco erguido. Un hombre primitivo, ligero. No volvía la cabeza para mirar atrás e, incluso, se permitía, como los perros, desviarse a veces de la línea recta, dar unos extraños pequeños rodeos como un esquivador de balas. Luego vimos por el espejo retrovisor que se acercaba un coche rojo y lujoso en el que iban dos hombres con aspecto de mafiosos rusos. Perseguían al solitario, evidentemente. No sabíamos qué hacer. Somos gente pacífica y, además, íbamos con los niños, que dormían. Intenté dar cierta ventaja al perseguido desacelerando nuestro coche e impidiendo el paso a los de atrás, pero eran impacientes y nos pitaron, así que volvimos a acelerar. 
Entonces el hombre desapareció ante nuestros ojos. No lo habíamos atropellado, porque no sentimos que algo se tronchara bajo nosotros como cuando pasas sobre un gato y rompes sus piernas o su columna. Tenía que haberse enganchado, con pasmosa habilidad, al motor. Los niños se habían dormido, pero mi mujer abrió la boca de repente y se la tapó con una mano y yo sentí un espasmo como cuando voy a vomitar de nervios. No podíamos frenar de golpe o los de detrás se estamparían contra nosotros, pero intentaría detenerme en la primera oportunidad. Y los otros seguían pitando y queriendo adelantar en aquella carretera tan estrecha. Los árboles que se sucedían apretadamente a ambos lados parecían ocultar un paisaje distinto, incongruente, un paisaje de otro mundo, o eso me dio por pensar. Por fin vi un pequeño apartadero, encendí el faro intermitente y me desvié. Tenía mucho más miedo del perseguido que de los perseguidores, así que hice señas sacando la mano por la ventanilla para que se detuvieran, pero no me hicieron caso.
Tanto mi esposa como yo nos quedamos en silencio, escuchando. Los niños estaban dormidos. Tardé un rato en decidirme a salir a investigar. Ella se quedó en el coche, apoyada la mejilla en una de sus manos, sumida en cavilaciones. No había nadie bajo el coche, lógicamente, ni sangre en el parachoques, ni ninguna marca. La miré, moviendo la cabeza, con gesto de terror. Se había dormido también.

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