8/8/13

El señor Marcus

¡Es tan sencillo! Desde que conozco al Señor Marcus comprendo mejor por qué tengo que mantenerme dura en ocasiones y por qué en otras ocasiones puedo permitirme deshacerme, como, por ejemplo, en el otoño o en los jardines románticos. Pero jamás en la ciudad, o en presencia de extraños que no sean capaces de compartir mi sentido del humor. El Señor Marcus sí supo ver en mí.

Entonces yo estaba llena de angustia por no saber aceptar mi odio. Tenía aquellas pesadillas terribles y creía que era una malvada, que había en mí un ser depravado esperando la primera oportunidad para salir. Él supo. Me acompañó a casa de Emile y esperó mientras yo le decía lo que le tenía que decir.

— Emile. No me gusta el olor a medicinas y orines que hay en tu casa.
— Eres tan dulce.
— Emile. No te debo nada por un favor que me hiciste sin que te lo solicitara. Perjudicaste a otros para hacerme un regalo que no pedí.
— Pero tú eres demasiado dulce...
— Emile. Cada noche sueño que acabo contigo a hachazos, así que es mejor que no vuelva por aquí.
— Oh, mi pequeña, tú eres tan dulce... no puedes decirme esas cosas. Tú aceptaste mi anillo. Yo he hecho mucho por ti.
— Emile. No acepté tu anillo, sólo me diste pena. Tómalo.
— Vienes protegida, pequeña. Eres tan dulce... ¿es ese hombre el que te ha convencido?
— Emile. Eres un gusano.
— ¡Yo te he dado todo! ¡No eras nada! ¡Una basura!

Vino hacia mí con su boca babeante. Estaba aterrorizado, porque ahora tendría que dormir solo y sus enemigos vendrían a vengarse, no habiendo allí nadie que lo defendiera. La noche era caliente, ya había pasado el invierno de dolor.
Cuando salí de aquel lugar me sentí tan feliz que no sabía qué hacer. Salté y me subí a los árboles, desde donde saludé al señor Marcus mientras decía que a ver si sabía dónde había un monito que lo quería. Yo lo llamé siempre señor Marcus. Él protestaba, pero ni una sola vez dejé de llamarlo así. ¡Amor!

Esa noche nos amamos. En un cuarto vacío hicimos nuestras cosas. Él me lamió y también yo lo lamí a él. El señor Marcus siempre se insulta. Habla de sí mismo como «pedazo de mierda». Fantástico. No tiene nada de eso. Nada. Él es bueno y dulce. Dice que algún día va a escribir algo, no obstante, que pueda depositar con brusquedad sobre una mesa.

El Señor Marcus me llevó al circo y en un momento me escapé y me subí al trapecio. Todo el mundo se reía y al final recibí un aplauso. El Señor Marcus se asustó, pero luego se sintió muy feliz.

2 comentarios:

  1. Interesante escritura, me une a esta locura literaria..

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  2. Algo de locura sí hay, Ico. Gracias por leer y bienvenida.

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Habla, di

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