31/1/14

Corro

Veo desde la terraza en la loma verdísima del parque un grupo de niños y adultos que se alejan cogidos de las manos. Manitas de niño en manos de adulto en un corro de risas nerviosas que se desplaza, adentro, afuera, arriba, abajo, y los niños tienen que correr más porque sus piernas son más cortas, pero con las risas no pueden y los adultos los levantan en volandas y los arrastran, cada vez más rápido, como un carrousel borracho porque los niños están borrachos de risa y velocidad, sus piernas arrastradas hacia atrás por la inercia, el pelo de sus cabezas arrastrado hacia atrás, sus mejillas temblorosas como las de los atletas en cámara lenta, los niños ya no pueden reír, dejan de reír y se callan, todo es velocidad, viento en la cara, tampoco los adultos ríen ya, ni siquiera oyen a los adultos ni ven el suelo bajo sus pies o la ciudad alrededor, no ven nada, sólo giran y giran en el corro y el viento no los deja llorar.

30/1/14

el tiempo se detiene

El tiempo se detiene cuando escribes un poema.

Sólo entonces podrás mirar en torno

sin ser cegado por la furia de existir.

no era yo

.
Le expliqué que no era yo. Se lo dije sonriendo, con naturalidad, como si me hiciera gracia una confusión tan tonta. Total, ya sabía que me lo iba a decir. Ni me enfadé ni nada. ¿Por qué iba yo a dejar que un tipo que no conocemos de nada me llevara agarrada por la cintura? ¿Besitos en el cuello? ¡Santocielo! A quién se le ocurre. Se lo repetí varias veces, mirándole a los ojos. Que si yo le digo que voy a una cena de trabajo con mis chicas es que voy a una cena de trabajo con mis chicas y luego a bailar un poco. Luego me asusté al ver a qué podía conducirnos una confusión tan estúpida. Pero no sirvió de nada: es terco como una mula. Dice que está tan seguro de que era yo como de que soy una maldita puta. No hay nada que hacer. Está empeñado en que era yo y nada le hará cambiar de idea. Sabía que por más que se lo repitiera él no me creería a mí. No confía en mí. Así de claro. Ya me lo había imaginado, que no me iba a creer. Y se lo dije al tío, que me soltara, que se había dado cuenta de que era yo.
.

9/1/14

La rutina

La habitación está en penumbra al despertar. Sólo se cuela una luz viscosa por la cortina granate. Enciendo el foco que hay sobre la cama, la lámpara de leer. Luego, en la cocina, el neón me deslumbra un poco.
Salgo al gris océano del aire.
En el trabajo, luz de oficina. En verano no enciendo nunca, pero en invierno la agonía que entra por la ventana no alcanza. A medio día, cuando salgo del portal para ir a un recado, me acaricia un sol frío que me hace entrecerrar un poco los ojos mientras voy a la plaza del pescado, frente al mar, pero un poco más tarde empieza a llover y al rato es como si el recuerdo del sol perteneciera a otra vida. Todo se llena de agua suspendida, hay gotas microscópicas en las mejillas y en el pelo, como un aura, mientras camino al terminar mi trabajo entre los edificios altos y hogareños de la ciudad. Camino como si atravesara un pantano.
En casa, no enciendo. Disfruto aún de la penumbra. Pero a los cinco minutos necesito buscar algo pequeño, así que enciendo la lámpara de pie de la sala. No basta: enciendo la lámpara del techo. Cuando encuentro la nota que buscaba, apago de nuevo. Camino lentamente por la casa. Me siento en silencio mientras mi mirada se acostumbra a la oscuridad.
Luego llegan los otros y encienden las luces. Todas, parece.
Leo con el aplique de leer de encima de mi cama.
Apago. Me sumo en la oscuridad.
¡Recomienda este blog!