2/2/14

Mi sol

Voy con prisa. Veo un coche parado en la calle bajo los plátanos de la acera derecha, ocupando medio carril, y creo que no voy a poder pasar. Otra de esas personas incomprensibles a las que no importa molestar a todos los que vengan detrás. Sale el conductor del coche. Tiene unos sesenta años bastante grotescos, colorados, de nariz de fresa, años sin resuello para subir una cuesta, años cubalibre en mano cigarro en mano  y voz pastosa aplastada por la carne, años malhumorados; o quizá sean las líneas de su cara abotargada que el sol de medio día ilumina cubista desde lo alto. Siento ira porque no se inmuta cuando freno para intentar pasar muy despacio, exagerando la dificultad. Como si yo no existiera. Como si nada existiera. De pronto le ocurre, no sé, una descomposición, algo de montañas agitadas por dinosaurio fósil que se remueve o eructa, una conmoción que no sé interpretar, y estira los brazos ante él hacia lo que sea que hay al otro lado de la calle, a mi izquierda.
Miro y veo un niño como de un año o dos en brazos de su padre. El padre está serio, harto, diría, pero el niño tiende los brazos hacia el hombre, que ahora tiene la mirada más llena de amor que he visto en meses, un sol suave que surgiera de pronto a iluminar el infierno.
-¡Mi sol! -dice.-¡Mi sol del mundo!

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