9/11/14

Tacita perfecta

Creí una vez
que tenían un secreto:
las de los bellos brazos,
las que llevan eternamente
de uno a otro armario sus telas perfumadas.
Mujeres, sobre todo. De las que planchan
atravesando las versiones de la historia.
Sus tacitas perfectas, el detalle, la fragancia.
Imitémoslas, repetía mirando las hondonadas
del crepúsculo verde y las casitas color ámbar,
los setos casi negros, las graciosas vallas.
Dejemos de sufrir. Imitémoslas. Son sabias,
imitemos su sabiduría de afuera adentro,
de la que cala.


¡Oh, tacita perfecta, tacita perfecta!
¡Secreto de las sábanas!

Veía su atención y creía que era magia.
Y la atención es magia y yo la anhelo
mientras caigo.

Pero también miseria de las tazas, las telas,
los retiros espirituales y la dieta sana,
el cuidado del césped, un caminito a la puerta,
el ikebana, las recetas, la educación de los niños,
la educación perfecta de los niños,
el bricolaje, las tiendas, el cuerpo,
el cuerpo, el vacío de la estética,
el rechazo del dolor, el cuerpo sano,
la huida enloquecida del dolor,
los ojos ciegos sobre las superficies,
los ojos como renacuajos ante el dolor
la negación del dolor,
la enfermedad del dolor.
Lluvia de plumas de plástico.
Nada.
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