28/1/16

Es interesantísima la historia del Lama Osel Hita Rinpoche, el niño español en que se reencarnó el lama Yeshe, quien fue, parece, un gran difusor del budismo en Occidente. La madre del niño era su seguidora; mujer de carácter fuerte y, sospecho, fácilmente caricaturizable. Pero yo no caricaturizo.

He copiado los datos porque se me olvidan. Nada sé del tema. Para referencias, google.

Leo descripciones de los signos de autenticidad de su ser reencarnación escritas por un creyente y me resultan muy familiares. No los signos en sí, sino esa voluntad de ver.

Como cuando mi abuela Fanía murió. Entonces vi a mis doce años por primera vez esa voluntad, esa capacidad fabuladora, y me dejó perpleja.

No había nada interesante por el parque aquel sábado, o quizá domingo, por la mañana. Me crucé con mi tía Loreto en el parque de abajo y le dije que quería ir a su casa a ver a la abuela. Me dijo que para qué iba a ir, que estaba cansada, pero yo insistí. En realidad, me aburría. Así que fui. La abuela, pelo blanco malva bellamente ondulado, ropas oscuras, seguramente me llamó "vida". Decían que era yo su favorita de entre los nietos. Venía de la cocina a la sala con un plato o algo en la mano y de pronto se sintió mal y se desplomó diciendo: "¡Ay, Dios mío" ¡Ay!" de modo que quedó a medias sobre el sofá y pude levantarla hasta acomodarla allí.

—¡Abuela! ¡Abuela! —gritaba yo seguramente asustada.

No recuerdo cómo llamé a alguien. No sé si mi tía Ruri estaba en el piso de al lado o con quién me puse en contacto para pedir ayuda, pero había muerto cuando llegó la primera persona.

El caso es que mis innumerables tías bordaron una versión de los hechos en la que yo había tenido una premonición que me había impulsado insistentemente a ir a verla aquella mañana y en que había yo desarrollado una fuerza poco menos que sobrehumana para poder levantarla hasta el sofá. Así la narraron muchas, muchas veces. Al principio quería yo corregir la historia y encauzarla, pero luego desistí. Intenté, incluso, creerla, puesto que ellas eran viejas y sabias y probablemente, si decían que era una fuerza sobrenatural la necesaria para levantar su cuerpo al sofá, tuvieran razón. Lo del impulso de ir a verla no pude creerlo ni siquiera un instante porque recordaba demasiado bien que me aburría en el parque, aunque no habría costado nada hacer de ese aburrimiento parte de la premonición.

Me encargaron que recogiera a mis hermanas, que estaban en el parque de arriba. Lo intenté, pero se burlaban y se negaban a venir. V. apareció por allí con su aire adulto, niño travieso y caballeroso, y, al verme tan afectada, conteniendo lágrimas, convenció a mis hermanas para que fueran a casa. Lo imagino poniendo un brazo consolador sobre mis hombros.

Luego fui yo a casa. Mi padre, el hijo de la abuela, me pidió que entrara en la sala y le contara a él a solas mi versión de la historia. Así lo hice. Estaba serio y callado. Movía la cabeza arriba y abajo como animándome, pero no me miraba. Luego hizo un gesto con la mano para que me fuera. Conozco ya tan bien esa expresión en mi padre de recogimiento y seriedad por haberla visto en momentos más terribles que aquél; pero entonces no, no la conocía.

Sin duda, la historia de las tías es más hermosa. Podemos ver las dos escenas en el mismo bordado, como en un tapiz medieval, a la izquierda mi paso tranquilo entre los árboles, miren mis piernitas tiesas, una ante la otra, al flotar en medio de un paso, y en la otra yo con gesto desmayado de la cabeza, pero firmeza en mis brazos que levantan un cuerpo de anciana tieso y como hueco de ligereza porque mis manos pequeñas tocando su pecho lo elevan. Dejemos el bordado así. Quizá fue así.

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