2/2/16

Una inteligencia

¿Si le tenía celos? Naturalmente. Yo quería ser él, obviamente. Y, sin embargo, también le despreciaba un poco. Debajo de su chispeante charla, del encanto, de aquel derroche de hermosura, había toda una zona de él que era vacía insulsa, que carecía por completo de convicción y seguridad intelectual. Había momentos en que en sus ojos aparecía una expresión cauta, casi temerosa. Era la expresión de un ser limitado que sabe que en cualquier momento puede alcanzar sus límites y delatar su cortedad. Era, me temo, un superficial, un oportunista de las ideas, un diletante, en suma, aunque nadie, sobre todo yo, se habría atrevido a decirlo. Pero, ya que he empezado por este camino, bien puedo continuar: no tenía una inteligencia de primera como él y tantos otros afirmaban. Tenía talento, era precoz, era capaz de hablar de esa manera alusiva, indolente, ininterrumpible, tan suya, pero eso es lo que era, cháchara, y poco más. Sin embargo, el futuro le pronosticaba grandes cosas, iba a armar mucho ruido en el mundo, yo mismo también lo proclamaba, pero estoy seguro de que en mi fuero interno sabía la verdad. Era un chico inteligente, capaz de leer deprisa, y tenía buena memoria, pero las ideas del pensamiento auténtico zozobraban en los bajíos de su intelecto. Era especialmente vulnerable a las tomaduras de pelo, a cualquier cosa que oliera a beca, por muy cariñosa que fuera, y estaba en alerta constante contra cualquier tipo de desaire.

Imposturas, John Banville.

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