3/2/16

Vértigo de dejarse caer

Nada más decirlo me quedé sin aliento me entró una flojera, como si acabara de llevar a cabo una maravillosa proeza de osadía, como si hubiera cruzado de un saludo un abismo con mis deslumbrantes vestiduras nuevas o hubiera escalado hasta un lugar vertiginosamente alto desde el que pudiera observar otro país del que había oído contar cosas fabulosas pero que nunca había visitado. Tampoco reparé en la desproporción de esas sensaciones con su causa: simplemente le había dado un nombre falso, como haría un bribón de poca monta al ser interrogado por un policía. ¿Es eso lo que experimenta un actor cuando sale a escena, esa ingravidez, esa repentina libertad, lo que Goethe llama en alguna parte der Fall nach oben, acompañado por su temblor de secreta y apenas contenible hilaridad?

Imposturas, Banville

Habla Banville, su personaje, este horrible Álex Vander, del mal, así lo digo yo. Habla del vértigo de dejarse caer, la hilaridad y el placentero escozor de asomarse mucho, incluso de caer, de caer un poco, sólo un poco. 

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