18/3/16

Arqueología en gmail

2007, un desaparecido livejournal

Están resecas y crujen, al principio. Nunca creí que hicieran este ruido. Juro que las hay afiladas y chatas como abre-ostras. Las hay redondas y blandas, alargadas y jugosas, ácidas, dulces…
Soy un ser comunicativo. Muy comunicativo. Comunicativísimo.
Decía él: «A mí el deporte me ha salvado muchas veces la vida. ¿Cómo no lo voy a amar, hostia?» Se refería a las incontables caídas, días hilados tobogán abajo, durante toda su vida consciente, metiéndose todo lo que pillara y aullando por las esquinas. Siempre hace deporte como un poseso tras los delirios.Yo digo: «A mí expresarme me ha salvado muchas veces la vida, ¿cómo voy a prohibírmelo?» Porque escribir en soledad, con ambición de hacer algo que pese un poco, no es lo mismo que comunicarse así, sin masticar demasiado. Sintiendo cómo los jugos se nos caen de la boca.
Como no encuentro profesor que me enseñe a hacer mi página web, aprender por mí misma requeriría invertir en ello mis atesorados minutos propios y no encuentro tampoco un mecenas que me la haga porque sí, pues me trago mis palabras, y de momento, vuelvo.
Es lo que he hecho siempre en mi vida, al fin y al cabo: tragarme mis valientes palabras.

tejido
Caminaba por la Gran Vía con Monito de la mano. Cada vez había menos coches, oscurecía a una velocidad excesiva, y la acera por la que caminábamos se llenaba de andamios, como un bosque. Pronto no vimos nada. Todo era negrura. Pensé que habíamos retrocedido en el tiempo y que nos encontrábamos en una noche medieval sin un triste candil. Pero miré a lo alto y alrededor y la negrura era tan densa que me pareció imposible, no natural. ¡Ni una estrella! Nos dimos la mano. Ya no sé si era Monito o Medusa. Empezamos a notar algún movimiento, y nos dimos cuenta de que a nuestros lados pasaban seres parecidos a arañas, que se estrellaban contra los andamios. Por fin llegamos a la esquina. El único humano que vimos fue Firme, que tenía las ropas desgarradas y heridas por la cara y el cuerpo. Se sentaba y se sujetaba la cabeza con desesperación. Nos vio y tomó una estaca. «Agarrad lo que podáis», dijo. «Hay que luchar.»
Después de conseguir vencer algún obstáculo nos encontrábamos en una especie de granja, con molino, verdes prados y pasadizos. Es todo lo que recuerdo.

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