14/6/16

Moverse

i.
Está embarazada de ocho meses. Fuma. Se retuerce las manos. Se abraza a un cojín frente a la tele y se mueve adelante y atrás. Siente repentinos accesos de vacío en un lugar bajo el corazón. Ese lugar se vacía y se llena y se vacía. La angustia es insoportable y ella no sabe cómo va a hacer mientras espera, sin poder llorar. Se mueve y se mueve y se mueve. Cuando alguien no sabe qué hacer para soportar la angustia se mueve y aún así no puede soportarla pero no puede evitar moverse como si huyera.

ii.
Ese caminante concentrado y nervioso recorre la habitación incansablemente. Alguien lo sigue con el gotero, o no podría moverse. Una hija o un hijo, una esposa, un esposo. De un lado a otro de la cama. No es dolor. Es miedo, camina huyendo. Camina como si rezara.

iii.
Siempre siente una desazón que no la deja descansar. Siempre la necesidad de moverse para intentar acallarla. No sabe si siempre fue así o si fue el tiempo el que la convirtió en esta máquina desasosegada. Siempre teme por alguien. La quema la inquietud. Tiene que estar moviéndose, hacer algo, pasear de un lado a otro de una habitación, dar vueltas alrededor de una mesa, balbucear listas de compra en un intento de desahogar la impaciencia excesiva que la agita.
En el jardín. Todos duermen, casualmente, a la vez. Ahora hay sombra y el calor ya no es insoportable. Es, al contrario, muy agradable. Se sienta con un periódico. Hay un poco de viento y todo el verde se mueve. Todo está en movimiento. Ella tiene la mirada perdida en la mesa y todo el verde, los macizos de hortensias, los árboles de las montañas que la rodean, los setos, los arbustos, la hierba alta… todo se agita. Lo siente alrededor, el mundo agitado.
Y, sin embargo, ella, en paz. Una paz infinita. No sabe qué sentimiento es ése, y cuando por fin le da nombre y lo identifica, un vértigo crece en su estómago y casi se desmaya. Todos duermen. ¡Todos duermen! Su marido con el agujero con forma de pulmón en el pecho, duerme en paz. Su hijo, de regreso de un fin de semana en que no lo ven y con cuatro kilos menos que el viernes, duerme, en paz. Su hija, ayudada por los somníferos pero no por ello menos dormida, en paz. Todos duermen. La fronda se agita. El aire empieza a arder en el jardín. Cae de rodillas. Se levanta y entra en casa. Cierra todo a cal y canto. Abre la llave de gas.
Cuánta paz.



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