18/6/16

Pajarín

Una mujer camina por un prado grande como un pañuelo. Sería un día perfecto de primavera si no fuera por el viento que la hace andar con los hombros adelantados y agita su pelo largo en todas direcciones a la vez. Su cabeza es como un panal, no ve nada. Está en un parque, pero ha preferido atajar campo a través en vez de seguir los caminos. Viste de oscuro y lleva zapatos cómodos. También carga con una gran bolsa verde y un bolso de mano. Su pelo la azota y enloquece. De pronto, como si entrara en otro mundo, paz y calor. El pelo cae sobre sus hombros. Aparta un par de mechones que han quedado prendidos sobre su cara. Ha llegado ante el muro del cementerio, que recalienta el sol. Entra en el cementerio por acortar camino y huir del viento y ve que del otro lado del muro hay placas muy feas en recuerdo de las muchas personas que fueron fusiladas contra él. Las lee, una tras otra, y llora. Tres mil personas entre 1938 y 1942. Muchas. Es un día perfecto de primavera. Entra en la capilla a descansar un poco. Es fea. Tiene poco más de cien años y están las paredes descascarilladas y comidas de humedad.
Un pájaro negro revolotea lentamente sobre ella, entre columnas de sol. Entonces oye piar con ansia y ve, sobre una puerta, cerca del altar, un nido lleno de polluelos, cinco bocas abiertas a la vez.
Llega a casa y su hijo le habla. 
-Has tardado mucho. 
-Lo de siempre. 
-¿La abuela estaba bien?
-Sí. 
-¿Te reconoció?
-No. Me llamó pajarín, como llamaba a mi hermana, la que murió de pequeña. 
-¿Le diste el kitkat?
-Sí. 
-¿Le gustó?
-Sí, dio palmadas nada más que vio el envoltorio. Eso sí lo reconoce. 
-¿Te has cansado?
-Un poco. Me senté en la capilla del cementerio. 
-¿Había alguien?
-Pájaros. Polluelos. El nido dentro. Me subía con mi hermana a los árboles a observar los nidos.

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