10/8/16

Otro tiempo

Mi padre contaba (el imperfecto es porque en mi recuerdo no deja de ocurrir, lo veo al tren entrando, entrando, entrando) una anécdota poética de una sola palabra sobre los trenes. Sobre el tren. El Vasco. Muy bella. Sencilla. Bella.
Llevaron a uno a verlo, uno de una aldea. A conocer el tren.
Esperaron en un prado. La mañana de verano, las varas de hierba, el olor a hierba, la hierba, el zumbido de las abejas, la tierra negra y húmeda, el vapor, la calima, la boina. Vendría el tren del mar, del Espigón, y soplaba de allí brisa que parecía oler a mar y entraba en su camisa blanca de domingo, empapada, refrescándolo.
Vino la máquina, el humo, el ruido, el poderío más bello que la Victoria de Samotracia.
Todo esto me lo estoy inventando.
Pero no esto: lo que dijo. La palabra. Dijo el mozo después de que el tren fuera de frente a la montaña (y entrara en el túnel, quizá entre maleza o vegetación, pero él nada sabía de túneles), dijo llevándose las manos a la cabeza, después de que no ocurriera el choque atroz, después de esperar el cataclismo y que no llegara:
«¡Sumióuse!»
Es una anécdota de una sola palabra.
Se sumió. Se sumió la bestia de hierro en la montaña, sin choque, como un cuchillo en una mantequilla.
Recordaré la anécdota a mi padre y le pediré que me la vuelva a contar. Porque ese «¡Sumióuse!» tiene que ser con su voz que replica la maravilla de la experiencia. Heredada también para él, pero suya. Y mía. Y de quien lea.

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