10/11/16

La soledad sonora

La soledad sonora


Sabía que no tenía que haber bebido cerveza. Lo sabía, y cuanto más nerviosa estaba
más ganas tenía de beber más cerveza. Cuando llegó al hospital imaginó que el médico
asentía mirándola con compasión. Mientras esperaba miraba el césped desde la ventana,
agarrando la mano de su madre y recitando a San Juan de la Cruz.
—Los valles las montañas
los prados solitarios nemorosos
las ínsulas extrañas
Había en la sala de espera dos tíos altos que eran pareja, fijo, y dos putas con dos tíos.
Uno de ellos, carranco, con pantalones blancos de pana, golpeaba en la entrepierna, con
un llavero, a una de ellas, que se reía como una rata. Parecían sans-culottes. A una de
las chicas, la más flaca, incluso le faltaban varios dientes. Uno decía:
—Pues si el Sida se pilla por no usar condón yo debo estar hasta las pestañas - y se reía.
—Dios qué asco -dijo su madre.
Entró uno de los dos tíos altos. No se sabía el poema entero así que dejaba que por su
mente pasaran versos sueltos y, de ellos, alguna palabra cayera de sus labios.
— Levantes de la aurora.
— ¿Qué?
— Nada.
— Soledad sonora.
Enamora.
Que voy de vuelo.
— ¿Hueles a cerveza?
— Pacerá el amado entre las flores.
— ¿Pero qué susurras?
— Nada.
— ¿Hueles a cerveza?
— ¿Cómo voy a oler a cerveza?
— pareció.
Cuando salió el tío intercambió una mirada con el que lo esperaba en la sala. Hizo un
pequeño gesto afirmativo con la cabeza y, en vez de dirigirse a él, se fue a la salida. El
otro se levantó y lo siguió.
Entró una de las putas, la más gorda. Ésta era felliniana. Alguien le había comentado a
ella que había putas guapísimas. Éstas debían de ser muy baratas, pensó sorprendida.
Debían de ser regaladas. A lo mejor ni siquiera eran putas.
—a dónde te escondiste, amado
y me dejaste con gemido
— algo?
—no.
piña.
en cuevas de leones
Salió la puta felliniana y dijo, agarrándose el bolso.
—¡Hala, venga! ¡A correla!
— el tema? Ya era hora, hombre de Dios -dijo el del llavero.
Se fueron.
— López -dijo la enfermera, mirando a la sala ya casi vacía.
Ella entró. Tenía los ojos llorosos.
—Siéntate.
Temblaba.
—Bueno, aquí tenemos... el resultado es negativo.
—¡¿Cómo?! -se le encogió el corazón. Se detuvo.
—Que es negativo.
—¡Ay!
—¿Qué?
—¿Cómo que es negativo?
—Pues... que no hay nada. Que no tienes el virus.
—¿El sida?
—Sí.
—¡Ay! —dijo, y se le escapó el aire del pecho. No pudo, por más que lo intentó, evitar que
le cayeran dos lágrimas.
—Pero bueno, mujer. ¿Lloras por eso?
—Sí —rió ella.
—¿Pero tanto miedo tenías?
—Sí.
—A ver, ¿pero tú qué haces, para tener tanto miedo? ¿Tantas relaciones tienes?
—Bueno...
No podía decir que no había prácticamente ninguna probabilidad. Que no salía de casa.
Que vivía en Internet. Que era medio virgen y que, desde luego, jamás había compartido jeringuilla
con nadie. Era vergonzoso. Tenía que inventar algo.
—Un chico que no conocía muy bien...
—Ay, Dios. Bueno, anda. Pues puedes estar tranquila.
—Bien —sonrió ella.
—Y ya sabes. Siempre con preservativo, ¿de acuerdo? Lo mejor es tener relaciones
estables.
—Vale.
—Hala, ya puedes irte.
—. Hasta luego.
Cuando salió sonrió a su madre, que la miraba malhumorada. No dejaba de sonreír.
—Qué boba eres.
— mosto de granadas gustaremos -sonreía mirando por la ventana.
—Vamos, anda. A mí no me líes más, eh, te lo advierto. Es la última vez que me arrastras
a un médico con cosas de éstas.
—Vale.
El canto de la dulce Filomena
con llama que consume y no da pena.

1/11/16

Difuntos

Antes hacía siempre sol en difuntos. Nos perseguíamos entre las tumbas. Nuestras amigas pelirrojas venían desde la lejana ciudad en que vivían y la alegría nos llenaba. Nos veíamos en el cementerio. Nos saludábamos desde nuestras respectivas tumbas y a los dos minutos ya estábamos juntas. Había brisa y cantaban los pájaros. Sonaban algunas toses en medio de la tarde seca.

Íbamos, intentando no hacer ruido, a ver los mausoleos neoclásicos de las antiguas familias ricas de la villa, que parecían pequeños palacios para jugar. Después íbamos a la zona de los niños, que no tenían lápida. Eran sólo unas elevaciones de la hierba, del tamaño de bebés que durmieran de lado, o boca arriba, a veces con una cruz, algunas incluso con una foto. Mirábamos las fechas con ojos asombrados.

El cura daba la misa desde el panteón de Concha Heres, un edificio enorme y de formas onduladas situado sobre un promontorio, al que algunas veces íbamos también a contar historias de terror. Nunca me dieron miedo los cementerios. Yo sólo tenía miedo en mi casa, de noche. Como tú, Monito.

Últimamente siempre llueve en difuntos. Planeo un alegre paseo hasta el cementerio con vosotros, para que juguéis entre las tumbas blancas, pero siempre hay una llovizna espesa flotando a la altura de nuestras cabezas y no puedo ir. Aún no nos hemos acostumbrado al cambio de hora y llega la noche cuando nos levantamos de la siesta y parece que hay que apagar las luces porque el mundo cierra los párpados.

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