27/6/17

Subir, bajar

Decidí subirme hasta Reykiavik, pero bueno, hubo ciertos impedimentos. Realmente me apetecía vivir del cuento y ser camarera, pero hubo ciertos impedimentos. El Océano, en primer lugar, se erizó y se hinchó de montañas repletas de sangre oscura, y pensé que el viento me azotaría la cara por ahí colgada. Ya se sabe que el viento barre Gran Bretaña y seguro que también Islandia. Por otra parte, resultó que yo tenía una pareja, pero no me acordaba mientras hacía mis planes. El caso es que llevábamos cuatro años juntos, pero claro, hay cosas que no se tienen en la cabeza cada maldito instante del día. De todos modos, mi pareja se mostró dispuesta a compartir conmigo aquel futuro de ociosidad. Y esa luz, por supuesto. La luz es fundamental. Preferiría trabajar como una bestia en un banco, por ejemplo, en una agencia de seguros, que vivir en Islandia sin esa luz inmóvil en la que descansar de camarera. ¡Quizá podría ver algún animal congelado, quizá alguno grande, más grande que un pájaro, quizá un caballo!

Total. Que justo cuando nos íbamos a ir, y yo empezaba la ascensión, decidí que no estaría mal hacerlo por etapas, descansando en Escocia. Porque la luz de Escocia también me va. Y en Escocia se puede poner una terracita al lado de un lago y dedicarse una a descansar de camarera.

Me dispuse a la ascensión. Me agarré bien de Bretaña (bloques de apartamentos de Brest), pisé con firmeza encima de mi casa, al borde de la cabezota cuadrada de España, y me elevé. Pero hete ahí que algo ocurrió en el último momento.

Mi madre, que me llamaba. Que qué hacía con la casa familiar. Debe de haber intuido que la estaba pisoteando. A mí me parece que la casa está un poco pervertida, y la impureza me disgusta tanto que siento tentaciones de despreciarla. Han construido en frente un parque acuático. En efecto, desde la galería se ve una suave hondonada con parterres de flores.

Le dije a mi madre:

- No sé. Estoy tan enfadada que no sé qué hacer. Cuando muráis ya no quedará nada de esto. ¿De qué vale una casa sola en medio de autopistas y centros comerciales? ¿Cómo puedo asomarme a esta galería y no ver el bosque vertical? ¿Qué dignidad es ésa?

- Bueno. La casa va a seguir aquí y eres la única heredera, así que si quieres guardar algo antes de subirte a Reykiavik…

- ¿Y si cuando vuelvo ya no estáis? Me daría pena, pero tengo que ser práctica.

- Bueno. La casa dura mucho. Volverás antes. Piensa un momento qué ocurriría si no la quisieras. La derribarían y todo sería nuevo.

Eso fue como un mazazo. Pude imaginarme por primera vez el mundo sin mi casa. Me di cuenta de que podría no estar allí cuando me bajara de Reykiavik, de que podrían haber eliminado ese resto de piedra, de moho, de polvo, que podrían librarse fácilmente de una casa que desentonaría. Eso me decidió.

- Tienes toda la razón. Nunca les daré esa satisfacción. Esta casa permanecerá. Me quedaré aquí y la mantendré.

- ¿Cómo la mantendrás?

- Erguida.

- ¿Sin caer?

- Sí, sin caer si no hay giros inesperados.

- Prométeme que nunca harás un hotel, que nunca permitirás que la restauren.

- Antes muerta. En pie, debajo de las agobiantes Islandia y Escocia. Amenazada por todo el hielo y el mar embravecido encima de ella. Sin sol. Iluminada por velas. La vieja casa en la topera. Desde la galería veré el polo y su luz de plata. Ahí, en medio, estropeando el conjunto, descascarillada, torcida, fea, con árboles enormes en el jardín tapiado. Con los restos del garaje de autobuses del año 12. Con el cartel de neumáticos Pirelli. El cristal roto de la cocina. Con la veleta sobre la torrecita amenazando a Islandia y Escocia y a quien se ponga por delante.

Mi pareja estuvo de acuerdo en no vivir de camareros, o no vivir conmigo de camarera, más bien, y fue un alivio, que estuviera de acuerdo. Me pesaba Islandia y me pesaba Escocia, y algún día habría de escalar hasta allí. Necesitaba liberar mis hombros antes de morir. Pero ahora me quedaría en mi casa vieja. Aún tenía habitaciones por explorar, mazmorras, pasadizos, el enorme agujero en el salón principal, cuyo suelo se había hundido y bajo el que se veía un pozo cegado muy antiguo. Bajo el pozo había más cámaras secretas y más túneles. Podría ir hacia abajo, ya que no podía ir hacia arriba. Salir por el otro lado, quizá, y sentirme también ligera. ¿Qué hay al otro lado? ¿La Antártida? ¿Cómo es la luz de la Antártida? ¿Roja? El fuego del infierno funde el peso y se puede dar la vuelta a todo, ¿no? ¿No era así? ¿Y volver a salir por arriba? ¿Una pequeña purificación para Islandia?

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