11/7/17

Hierba que se inclina

Era un camino estrecho entre hierba que se inclinaba. Flores blancas y azules se inclinaban también. Se inclinaban los senderos y temblaban un poco. Era un camino estrecho hacia una casita escondida. Caminaba y oía su respiración y el ruido de sus pasos. Cuando llegó al pequeño claro ya no había sol, pero todo estaba aún caliente y naranja, salía el calor de la tierra y de la piedra. Atravesó el río saltando de roca en roca, y sus pies hicieron un ruido seco y hogareño sobre ellas. Caminó hacia la casita, de cuyas ventanas laterales salían arbustos de flores blancas y arbustos con bolitas rojas. En una de las ventanas del frente, en el alfeizar, colocó cuidadosamente los cacharritos que había llevado en la mochila: cazuelitas, platitos, cuchillitos, tenedorcitos. Era una cocinita casi completa, de aluminio, perfecta. Dispuso la mesa para ocho comensales y después escuchó el silencio del bosque que la rodeaba, las ramas que crujían y susurraban. Caminó alrededor de la casa, observando la vegetación del interior, los huecos en que podría acuclillarse y dormir encogida en medio de la espesura en medio de la casa en medio del bosque. Se sentó en el suelo y se abrazó las rodillas.
Esperó durante una hora, pero no llegaron.
Tendría que volver con su padre que estaría con seguridad enfadado por haber tenido que esperarla. A lo mejor la había estado buscando. A lo mejor había alarmado a toda la gente del bar y todos la estaban buscando.
Dudó si recoger los cacharritos o dejarlos allí y finalmente prefirió dejarlos. Así se congraciaría con ellos. Volvería, y quizá, si ahora habían estado observándola, se atreverían a desvelarse la próxima vez. Pensarían que era una buena niña, una niña dulce y generosa, paciente, no amenazante, que merecía quedarse a vivir con ellos. Pero ya era de noche.

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