22/10/16

Ancianas


Sumados mis años a los de aquella vieja en cuya sala -sala que bañaba un sol clarísimo y sin brillo- oí el tictac de un reloj por primera vez, hacen ciento setenta. ¿Imaginas, cielo? Si me echo encima toda su memoria, supongamos, y tengo derecho, aunque ella no supiera nunca que una niña de dos años guardó su imagen en blanco y negro -ropas negras, pelo y piel blancos, tapete de ganchillo blanco- un año tras otro tras otro tras otro hasta su propia ancianidad. Ahora. De su niña a mi anciana, ciento setenta años. Su sonrisa quedó suspendida sobre mí durante tanto tiempo que parecía congelada. Había una escalera en su salón que llevaba a un desván. Mi abuela hablaba con ella con respeto. Estaba sentada en una mecedora. Es demasiado perfecto el cuadro, lo sé, pero así es: tenía postura de mecedora, con las manos en el regazo, y cuando oí el tictac del reloj se me ocurrió que el suave balanceo de la mecedora era un movimiento mecánico, que la anciana era como la bailarina de una caja de música -había una sobre la chimenea de mi abuela- y que pronto sonarían en aquel silencio terrible notas de una dulzura insoportable. La habitación me pareció angustiosamente tranquila y clara. Era un reducto de luz, un huevo de claridad mate. Olía, además, a eucalipto y desde entonces asocio el olor a eucalipto con la vejez. Mi abuela hablaba muy alto para que la vieja oyera, pero, aparte de eso, mantuvieron una conversación de personas adultas. Ni se reía de ella, ni la trataba con condescendencia, ni la reñía. He visto después que mucha gente tiende a tratar así a los ancianos, como si no fueran ya individuos enteros y se les pudiera hablar como a niños. Y he visto a muchos ancianos aceptar gustosos el papel, desde luego. Pues bien, cielo. Si yo tengo ochenta años, y tenía dos o tres años cuando entré en la habitación del tiempo, y la anciana guardiana tenía ochenta o noventa, podemos sumar unos ciento setenta. Eso nos pone en el año 1847. Imagina. Vestían con corsé y enaguas y faldas. Y cuando se retiraba el sol sólo tenía un candil. Gran oscuridad. Gran claridad. Frío en invierno. Agua pura. Cielo estrellado sin contaminación lumínica. Estruendo de pájaros, furor de insectos. Tienes que estudiar ese año. Ese siglo. ¿Has escuchado el silencio, cielo? Mira, esta app imita el sonido de un reloj de péndulo. Dentro de un rato dará la hora. Te he visto buscar el origen del tictac. Nunca lo habías oído. Te estás adormilando y no importa, porque tú no entiendes mis palabras. Espero que recuerdes esta habitación blanca, mi pelo recogido en un moño. Te sorprende la ausencia de motores y sirenas, lo sé. Dice tu madre que en Colombia también vivía en una casa silenciosa, en un pueblo. Y que a ti te gustará estar aquí conmigo mientras hace las tareas de casa. Atiende, pequeña. Aquella anciana no era mi sangre, así que no es necesario que tú lo seas para que yo me convierta en medida para ti. Sumando tus años a los que yo cargo serán, dentro de ochenta años, doscientos cincuenta. Año 2097. Todo será tan distinto como no puedo imaginar y, a la vez, todo será exactamente lo mismo. Habrá pueblos y barrios viviendo en el Neolítico y otros creerán que la tecnología los ha salvado, aunque no sabrán de qué, y temerán a la muerte mucho más que sus abuelos. Pequeña mía. Me adormilo ahora. Dile a tu madre que puede traerte siempre que quiera. Que traiga tus juguetes y los eche ahí en una esquina. Yo di un beso a la anciana cuando mi abuela se despedía, ¿sabes? Al salir la vida volvió a su ritmo normal, las voces se hicieron eficientes, todo tenía una finalidad. Pero nunca olvidé a la anciana del tiempo, del huevo de claridad.

No hay comentarios:

▼▲ Mostrar / Ocultar comentarios

Publicar un comentario

Habla, di

¡Recomienda este blog!