19/9/17

Las tres condiciones de la belleza, James Joyce

Las tres condiciones de la belleza (...) Integridad, armonía y resplador son las tres condiciones de la belleza.
Primero percibimos el objeto como una cosa íntegra; luego como una estructura compleja y organizada: como una cosa, en rigor. Finalmente, una vez comprobada la perfecta articulación de sus partes, lo reconocemos como esa cosa; su alma, su esencia se nos revela de pronto, más allá de su apariencia. El alma del objeto más común resplandece ante nosotros. El objeto alcanza entonces su epifanía. (SH, pp. 212-213).
(Claritas es quidditas. Santo Tomás. Esencia.)

El otro día estuve pensando en mi novela. ¿Cuánto tiempo llevo con ella? ¿Vale la pena seguir? (Carta a Stanislaus Joyce, Roma, 10 de enero de 1907, en Selected Letters, p. 143).

He leído ese capítulo varias veces. Tardé cinco meses en escribirlo. Cada vez que termino un episodio caigo en una apatía total de la que parece imposible que salgamos yo y el maldito libro. (Carta a Harriet Shaw Weaver, Zúrich, 20 de julio de 1919, en Selected Letters, p. 240).

La imaginación no es sino la reelaboración de lo recordado. (Cita de Vico, en Ellmann, op. cit., p. 661).

La poesía no tiene apenas en cuenta los ídolos de la gente común, ni la sucesión de las épocas, ni el espíritu de su época, ni la misión de su comunidad. La tarea esencial del poeta es la de librarse de la influencia de los ídolos que lo corrompen totalmente. (CW, p. 135).

El hombre de genio no se equivoca. Su error es deliberado: el umbral de una revelación. (U, p. 182).

La poesía no tiene apenas en cuenta los ídolos de la gente común, ni la sucesión de las épocas, ni el espíritu de su época, ni la misión de su comunidad. La tarea esencial del poeta es la de librarse de la influencia de los ídolos que lo corrompen totalmente. (CW, p. 135).

El escritor no debería escribir nunca sobre lo extraordinario. Eso es tarea del periodista. (Ellmann, op. cit., p. 457).

Nadie desconfiaba tanto como él del fervor de los patriotas. Como artista no sentía
sino desprecio por toda obra que no hubiese surgido de la disposición más estable del
espíritu. (SH, p. 204).

Sabatini, Federico (ed.), Sobre la escritura, James Joyce. Disponible: https://drive.google.com/drive/folders/0B1Uk0OUWn7NxVVllQjAtNGFTMDA

10/9/17

Mi amor ha venido a mi

Mi amor ha venido a mí. Lo llamé yo con un estúpido truco, una especie de sortilegio que, sorprendentemente, funcionó. Oí su voz en la habitación de al lado.
Era más alto y más delgado, pero tenía el pelo tan corto como la última vez. Decía: ¿dónde has estado? Me observaba con tristeza y cierta desconfianza, pero luego, en el abrazo, nos fundimos. No puso reparo. Tenía rizos rubios entonces y su peso era perfecto. No se puede imaginar. Qué felicidad loca.
Pero había prisa. No perdí el tiempo en preguntas inútiles sobre la existencia y la muerte. Sólo quería volver a verlo. Insistí. Quería certezas. Él parecía casi resignado. Cansado. Yo no cabía en mí de felicidad. Lo entreveía, no lo reconocía de continuo. Siempre que lo veo está así. Un poco triste, un poco zombie. Verdoso. Con ojeras. Qué esfuerzo reconocerlo. Así, como si saliera del fondo un instante y abriera los ojos mirando al cielo para volver a hundirse, verlo, saber que es él. Felicidad. Abrazo. Cuerpo. Manos en mi cara, mejilla en mi cuello. Incluso hablaba: ¿Dónde has estado? Giros, giros. Abrazo, abrazo.
Tenía su palabra. Creía que podría, sí. ¿En un mes? Sí. Eso creía. Sabia mucho más de lo que decía. Estaba ocupado, pero para mí hubo compasión y, aun más, amor. No sólo resignación y pasividad, no. Él me quiere. ¡él me quiere! Él es mío y yo soy suya. Tenía su abrazo. Aún lo tengo. Es todo lo que quiero.     

1/9/17

Paz de los ojos en blanco

Contemplan aterrados lo que aman porque lo perderán.
He entendido ahora, de pronto, a esos desgraciados que sufren cuando aman.
Lo he entendido justo ahora, por la paz. Preciosa como un renacuajo en la palma mojada de un niño, una columna de sol, silencio con restos rosas al atardecer.
La gratitud me ocupa entera y me desmaya. Estoy enamorada de la paz.
Pero suenan tambores a lo lejos. Me temo tanto. La ceguera, la repetición terca de lo mismo.
Además, no debo ser demasiado feliz porque el mundo está lleno de sufrimiento y puedo ser castigada. Si no sufro yo, podrían ser castigados otros. Otros. Los que amo. Beso el suelo, aprieto los ojos, rezo o como se llame, lo que sea. ¿Se acercan los tambores? Remonta el tam tam.
¡Ah, pero esta paz! Perfecta. Un poco muerta, que la perfección es muerte. Los vencejos anidan en los tubos de ventilación de los edificios en este patio terraza que parece una cala al fondo de un acantilado rojo.
El sol recorta unas fachadas sobre otras. Hace geometrías intensas.
Una sábana es agitada por la brisa en un tendedero.
La temperatura es perfecta. Mediados de agosto. Puedo atravesar la sombra con mi mano, el aire ensombrecido con mi mano: lo penetro. El sol aún ilumina el cielo.
Se pondrá pronto.
¡Esta paz!
Cómo puedo apresarla.
Qué ejercicios de estiramiento y fuerza he de hacer para que se quede, qué hábitos asentar, qué rutina implementar, qué sacrificar y a qué dioses, a qué profesional...
Cómo puedo no perderla.
Se irá. Me dejará. Me abandonará por otro.
Lloro.
Es tan perfecta.
Me pone los ojos en blanco.
Cuánto te añoro, paz de los ojos en blanco, y aún no te he perdido.
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