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30 de enero de 2024

Para escribir es imprescindible que hayan arraigado en la conciencia las grandes verdades fundamentales, y que la obra se oriente hacia una o hacia todas. Los que no saben hablar del orgullo, del honor, del dolor, son escritores sin trascendencia y su obra morirá con ellos o antes que ellos. Goethe y Shakespeare han resistido a todo porque creían en el corazón humano. Balzac y Flaubert también. Son eternos.

William Faulkner

21 de diciembre de 2023

Anotar el mal

Pero es verdad que escribir no consiste en levantar la mano hacia el cielo. 

Escribir no consiste para nada en bendecir. 

Escribir es bajar la mano al suelo o a la piedra, o al plomo, o a la piel, o a la página, y es anotar el mal.

 

P: Quignard, Las lágrimas, cit. Damiano

27 de febrero de 2023

Una luz poderosa en un mundo agujereado por Mi mano.

El ángel, la nave, el augur. El mago. Todos aliados para el bien de los humildes, los que habitaban los barrios bajos de la ciudad. Aún eran de madera, inflamables en ardores como la imaginación de una joven.

Solo podían rezar y a quién iban a rezar si no a mí, pensaba yo hasta que los vi arrodillarse mirando al cielo, al suyo, no a donde yo estaba, en un plano oblicuo, en una dimensión que ellos no percibían, no podían ver. Rezaban al cielo que yo había dibujado, un cielo sin profundidad, aunque ellos creían verla, la profundidad. Allí, boquiabiertos, daban gracias a la nave, que era pura apariencia sin motor, que solo estaba allí por Mi mano. Incluso el ángel y el mago estaban allí por Mi mano.

Avivé las llamas, que subieron tan alto que se podían ver desde el campanario del confín. Un monje hizo sonar las campanas, pero no había bomberos. Todos corrían sin orden, como zombies, con las manos abiertas en busca de algo esperanzador que hacer, pero no había nada. Se arrodillaban mirando al cielo, a su cielo, sin verme a Mí. No dejaban de hacer lo mismo, no había evolución, ni siquiera las casas dejaban de arder. Todo tenía que hacerlo yo.

Decidí dejarlos descansar. Se me ocurrió matarlos a todos, pero no lo hice. Dibujé una lluvia gruesa de trazos largos, densa, tibia, dulcísima. Todos bajaron las manos. Sus lágrimas se confundían con la lluvia. Se abrazaban. Yo sonreí, beatífica yo. 

 
Daniel Martín Díaz 

1 de marzo de 2019

Como muchos antes que yo, creo en las coincidencias y a veces también en el don de clarividencia de los novelistas (la palabra «don» no es exacta porque sugiere una especie de superioridad; no, eso forma parte del oficio: el esfuerzo de imaginación imprescindible en la profesión, la necesidad de fijar la atención en los pequeños detalles —y eso de manera obsesiva— para no perder el hilo y dejarse llevar por la pereza, toda esa tensión, esa gimnasia cerebral pueden sin duda provocar a la larga fugaces intuiciones «concernientes a sucesos pasados y futuros», como dice el diccionario Larousse en la entrada «Clarividencia».

Patrick Modiano en Dora Bruder

19 de septiembre de 2017

Las tres condiciones de la belleza, James Joyce

Las tres condiciones de la belleza (...) Integridad, armonía y resplador son las tres condiciones de la belleza.
Primero percibimos el objeto como una cosa íntegra; luego como una estructura compleja y organizada: como una cosa, en rigor. Finalmente, una vez comprobada la perfecta articulación de sus partes, lo reconocemos como esa cosa; su alma, su esencia se nos revela de pronto, más allá de su apariencia. El alma del objeto más común resplandece ante nosotros. El objeto alcanza entonces su epifanía. (SH, pp. 212-213).
(Claritas es quidditas. Santo Tomás. Esencia.)

El otro día estuve pensando en mi novela. ¿Cuánto tiempo llevo con ella? ¿Vale la pena seguir? (Carta a Stanislaus Joyce, Roma, 10 de enero de 1907, en Selected Letters, p. 143).

He leído ese capítulo varias veces. Tardé cinco meses en escribirlo. Cada vez que termino un episodio caigo en una apatía total de la que parece imposible que salgamos yo y el maldito libro. (Carta a Harriet Shaw Weaver, Zúrich, 20 de julio de 1919, en Selected Letters, p. 240).

La imaginación no es sino la reelaboración de lo recordado. (Cita de Vico, en Ellmann, op. cit., p. 661).

La poesía no tiene apenas en cuenta los ídolos de la gente común, ni la sucesión de las épocas, ni el espíritu de su época, ni la misión de su comunidad. La tarea esencial del poeta es la de librarse de la influencia de los ídolos que lo corrompen totalmente. (CW, p. 135).

El hombre de genio no se equivoca. Su error es deliberado: el umbral de una revelación. (U, p. 182).

El escritor no debería escribir nunca sobre lo extraordinario. Eso es tarea del periodista. (Ellmann, op. cit., p. 457).

Nadie desconfiaba tanto como él del fervor de los patriotas. Como artista no sentía
sino desprecio por toda obra que no hubiese surgido de la disposición más estable del
espíritu. (SH, p. 204).

Sabatini, Federico (ed.), Sobre la escritura, James Joyce. Disponible: https://drive.google.com/drive/folders/0B1Uk0OUWn7NxVVllQjAtNGFTMDA

1 de junio de 2016

Títulos

Hay que empezar a poner títulos, esto no puede ser. De ahí surgen todos tus males, de la falta de títulos, o tú qué te crees, ¿que la vida es así, un día tras otro sin empaquetar ni nada, todo a la buena de Dios, manga por hombro? Al aire la lleva, ¿eh? Con razón. Desde mañana mismo quiero título en todo: en los días, en los paseos, en los riachuelos que atravieses, en las parejitas bobas con que te cruces, en los amamantadores de perros que salgan al paso, quiero un título en las nubes y en las horas o dos horas o tres, si es el caso y el título las unifica, quiero título en las semanas y los meses. Ya sabes. Y con garbo. Maldito amorfo.

28 de enero de 2016

Era el ejercicio de compartir y no borrar y apenas si corregir el que había decidido la ayudaría en su propósito de fortalecimiento de la actitud literaria. Tendría que comenzar cada día por la última frase del día anterior para que no hubiera unidad en el fragmento, para que fuera sólo fragmento el fragmento, no brevería, no mini o micro o petite relato relatito. Esperaba que nadie leyera lo que relataba para no sentir la pulsión de corregir, pues su ejercicio implicaba un fortalecimiento del carácter en la zona que se encuentra hipertrofiada en el sinvergüenza común, también llamado caradura, expresión que incide en la blandura de la vergüenza y su honradez, pero también en lo que necesita un escritor para decir alguna falsedad verdadera: hacer muchas higas. El ejercicio la obligaría y no deseaba ya más que obligarse, por otra parte, sin que casi importara ya a qué. Pensó en dos maripossa de plata, pero no. Más normas concurrían: sólo muy ocasionalmente y por gran necesidad porque no hubiera otra manera de dar sentido a algo podría haber discurso interior. En general habría de describir acciones y hacer observaciones desde el exterior con la voz de alguien que sabe más que el personaje. A eso lo llamaba «asumir el mando», el de una instancia que no es personaje ni autor y no tiene nombre ni ha de justificarse ante nadie, ni siquiera ante sí misma, que no sueña con mariposas de plata ni piensa en mariposas de plata ni piensa en nadie que las piense, que simplemente las crea. Murió, por tanto, su sostén y quedaron flotando dos mariposas de plata en medio del aire transparente de la hora de la siesta de la habitación. Entraba entrechocar de cubiertos del patio de luces por la ventana. 

1 de febrero de 2014

No hay vuelta atrás. Imposible corregir si el hilo se rompe, si se coagula la sangre, si la nube suena a cristal. El último recurso de quien desea seguir, sin fuerzas, con el aguanieve en la cara: improvisar y no poder corregir. Porque sea tarde, porque a la tarde se le olvidara dorar, porque la noche tejiera con bramante basto.
Nunca he dormido en un coy. Parecen una floración de larvas estos muchachos iluminados por el candil, y el rechinar de la madera se confunde con el fragor del mar.
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