9/12/17

Diario de nínfula

Mis diarios han sido motivo de sorna durante toda la vida. Sólo dejaron de interesar a mis hermanas cuando crecimos mucho. Nada gusta más a mis hermanos que recordarlos, sobre todo ante los niños. En éste son casi todo recuentos de actividad, anécdotas de chicos que me gustan, amigas, familia, colegio. Pero a veces me pongo un poco estupenda, además de repipi.

(12 años)

Nota a Fany -mayor-
Fany: si cuando seas mayor conservas este diario, solo quiero decirte algunas cosas.
Si eres una gorda llena de hijos, ignorante y cotilla, quiero que sepas que no hay nada que yo odie más. No voy a envejecer, sino que seguiré toda la vida siendo joven de espíritu. Mis planes son: no se que profesion seré, aunque a mi me gustaría ser actriz, dar la vuelta al mundo y saber mucho; no me pienso casar hasta los cuarenta años lo menos y lo que tengo muy claro, es que siempre estaré muy unida a mis padres, mis hermanas y toda mi familia.
***
Ah, estoy pensando que mi abuela no va a morir, pero, que si así ocurriera, me imagino mi sensación al leer este diario.
La quiero mucho, mucho, y lloraría mucho si se muriera, pero simplemente está enferma y...
¡Qué asco me doy! No se si es verdad, pero estoy utilizando a mi abuela para comprobar mis dotes de adivinación y en el fondo estoy pensando que se va a morir, pues soy muy pesimista, pero no quiero, no.
Parece que hoy tengo ganas de filosofar, pero no sé expresarme. Tengo tal revoltijo de ideas en la cabeza que...
A veces e pasa que estoy haciendo una operación donde hay que pensar mucho, y por un momento veo la solución, pero luego pienso para mi: "Es muy difícil, ya lo haré otra vez". Otras veces, por un segundo me imagino qué pasaría si yo no hubiera nacido y por menos de un segundo puedo imaginarme el vacío; que no existo; sin embargo, como ya dije, dura menos de un segundo.
***
Voy a ver si consigo acabar El señor de los anillos, que había empezado ya hace tiempo, porque llevo unos días que ni leo, ni escribo ni dibujo, ni estudio, ni nada; sólo hacer el vago.

(13 años)

En días como hoy, me encierro en mi, y siento ganas de leer y de escribir. Además, no sé si es que soy masoquista o qué, que me gusta, me siento limpia y natural, como si ya no existieran los coches de choque, las discotecas, los bares...
***
Me da por pensar estos días ¿qué haré? dedicarme a fumar, beber y porrearme o no hacer ninguna de las tres cosas y llevar una vida de ecologista empedernido? Creo que por ahora opto por la segunda cuestión, aunque hay momentos en que casi vence la otra. Espero que no. También puede ser divertido vivir sin beber y fumar.
También tengo otra gran duda sobre mi futuro. ¿Qué estudiar? ¿Qué ser?
Todavía no tengo una personalidad definida y esto me preocupa bastante; a veces me da por ser una hippi ecologista; otras por ser una moderna punk y otras por ser una elegante clásica, aunque esa es la que menos. Lo que sí tengo seguro es lo que referente al asunto de los chicos, del matrimonio y del estudio. Chicos, todos los que quiera, matrimonio nunca, y estudio mucho, lo que sea.

1/12/17

Veneno, ojo, temblor

Un hombre abrió la boca negra para ingerir la muerte como Cronos a su hijo. El ojo de pronto anciano brillaba de aceleración. De vértigo.

Uno de los dos Jordis lleva siempre puesta una máscara africana, emplumada, enorme.

No correré tras mis pensamientos. Los llamaré con voz encauzada en mármol. Los recogeré como recoge un samurai su temblor.

No mariposearé de mantra en mantra como en un puesto de bragas del mercado.

Amaré mi rutina como una tejedora sus muchas patas.

Buscaré la poca belleza. Piedras de grano violento que por dentro sean piedra, piedra más produnda.

24/11/17

Azul

Cayó de una patera al centro mismo de la tierra.
Llevaba en la mano la oreja de un amigo.
Susurraba.
Cayó de una patera en un agujero azul.

22/11/17

Camino

Debemos caminar sin pensar porque haya sólo un camino. Un explorador no medita: camina absorto en la novedad, decidiendo, tomando todo en consideración, buscando señales, sospechando fieras o aguas. Un caminante del camino llano, del camino recto entre praderas, no piensa. Sólo camina. No se embebe de la misma forma que el explorador en el mundo. Su camino es interior. Se aquietan sus pensamientos mientras viaja al centro de sí.

7/11/17

Inteligencia

El hábito maestro, el que arrastraba con él todo lo bueno y hacía imposible lo malo, era madrugar. El arrepentimiento me llena. Pero el arrepentimiento es pura arrogancia: oh, qué bajeza de ti, haber caído, haber fracasado, haberte gastado en sufrir durante toda una vida. Deja que te atraviese, como dejas que el miedo o el dolor te atraviesen, para seguir a otra cosa. Relájate, no resistas. Basta de escabechinas.

Creo que me permitiré este experimento que, por sencillez y no poner títulos, llamaré "Diario". 

Magnífica novela de Cynthia Ozick, La galaxia caníbal. Sobre la inteligencia, en realidad. Me pregunto si no hay inteligencia que sigamos admirando una vez la hemos penetrado. Una vez que descubrimos en esa inteligencia clara  el resorte, la pata rota que todas las otras se ejercitan en compensar. Averiguamos cómo construye su andamiaje en torno a la debilidad, para ocultarla. Masas estelares que curvan el espacio tiempo. Quizá la inteligencia más alta es aquella que nada desvía de su trayectoria pura, ningún abandono infantil, ningún miedo a la oscuridad, ninguna confianza traicionada. 
La admiración pierde pureza cuando la inteligencia admirada pierde pureza. A cambio, se enriquece de amor. La lucha del niño por dejar de llorar es la que nos estremece. 

30/10/17

Las SS

«Por aquella época consideré la posibilidad de incorporarme a las SS. ¿Por qué? Porque un hombre de las SS tenía un aspecto mejor y hablaba mejor y caminaba mejor que los mortales corrientes. La razón era la estética, no la ideología. Una fuerte corriente erótica oculta me impulsaba mientras discutía el asunto con otros soldados. A menudo me olvidaba de ponerme a cubierto durante los combates. La razón no era el valor —soy un gran cobarde y me asusto fácilmente—, sino la excitación: llamas en el horizonte, disparos, voces confusas, ataques desde aviones en el aire y tanques en el suelo: era como un escenario y yo actuaba en consecuencia.»

Matando el tiempo, autobiografía de Paul K. Fereyabend

No conozco al autor, filósofo, ni he leído la obra, que, estoy segura, merece ser leída y quizá algún día lea, pero quizá no. Encontré la cita por ahí.

La copié porque expresa mi pensamiento. Siempre he dicho que si los nazis hubieran tenido otro uniforme no habría ocurrido lo que ocurrió. Pero eran sexies.

Los jóvenes, en general, y los imbéciles no tienen verdaderas ideas. Tienen imágenes, carcasas de ideas, la estética los mueve: gestos con las manos, palabras, ropajes, risitas, complicidades, cortes de pelo, formas de expulsar el humo, drogas preferidas, soniquetes. Por eso, por la estética de ciertas ideas, porque ciertos tópicos arropan y nos insertan en un grupo o una corriente (¡rebelde, fuerte, de puño o mano!), eligen la mayor parte de los jóvenes e imbéciles sus ideas, su ideología, ese entramado en que unas ideas arrastran a otras y en el que deberían producirse cortocircuitos (¡deberían, pero ni siquiera; la lógica no importa!) porque aparecen contradicciones: ¡aparecen los judíos, aparecen las mujeres de derechas, aparece el masoquismo, aparecen los transgénicos, aparecen los comunistas especuladores en propiedades, aparecen los funcionarios anarquistas, aparecen los ecologistas consumistas, aparecen los sometidos manipuladores!
En fin. Últimamente tengo ganas de insultar. Qué le voy a hacer.

22/10/17

Ancianas


Sumados mis años a los de aquella vieja en cuya sala -sala que bañaba un sol clarísimo y sin brillo- oí el tictac de un reloj por primera vez, hacen ciento setenta. ¿Imaginas, cielo? Si me echo encima toda su memoria, supongamos, y tengo derecho, aunque ella no supiera nunca que una niña de dos años guardó su imagen en blanco y negro -ropas negras, pelo y piel blancos, tapete de ganchillo blanco- un año tras otro tras otro tras otro hasta su propia ancianidad. Ahora. De su niña a mi anciana, ciento setenta años. Su sonrisa quedó suspendida sobre mí durante tanto tiempo que parecía congelada. Había una escalera en su salón que llevaba a un desván. Mi abuela hablaba con ella con respeto. Estaba sentada en una mecedora. Es demasiado perfecto el cuadro, lo sé, pero así es: tenía postura de mecedora, con las manos en el regazo, y cuando oí el tictac del reloj se me ocurrió que el suave balanceo de la mecedora era un movimiento mecánico, que la anciana era como la bailarina de una caja de música -había una sobre la chimenea de mi abuela- y que pronto sonarían en aquel silencio terrible notas de una dulzura insoportable. La habitación me pareció angustiosamente tranquila y clara. Era un reducto de luz, un huevo de claridad mate. Olía, además, a eucalipto y desde entonces asocio el olor a eucalipto con la vejez. Mi abuela hablaba muy alto para que la vieja oyera, pero, aparte de eso, mantuvieron una conversación de personas adultas. Ni se reía de ella, ni la trataba con condescendencia, ni la reñía. He visto después que mucha gente tiende a tratar así a los ancianos, como si no fueran ya individuos enteros y se les pudiera hablar como a niños. Y he visto a muchos ancianos aceptar gustosos el papel, desde luego. Pues bien, cielo. Si yo tengo ochenta años, y tenía dos o tres años cuando entré en la habitación del tiempo, y la anciana guardiana tenía ochenta o noventa, podemos sumar unos ciento setenta. Eso nos pone en el año 1847. Imagina. Vestían con corsé y enaguas y faldas. Y cuando se retiraba el sol sólo tenía un candil. Gran oscuridad. Gran claridad. Frío en invierno. Agua pura. Cielo estrellado sin contaminación lumínica. Estruendo de pájaros, furor de insectos. Tienes que estudiar ese año. Ese siglo. ¿Has escuchado el silencio, cielo? Mira, esta app imita el sonido de un reloj de péndulo. Dentro de un rato dará la hora. Te he visto buscar el origen del tictac. Nunca lo habías oído. Te estás adormilando y no importa, porque tú no entiendes mis palabras. Espero que recuerdes esta habitación blanca, mi pelo recogido en un moño. Te sorprende la ausencia de motores y sirenas, lo sé. Dice tu madre que en Colombia también vivía en una casa silenciosa, en un pueblo. Y que a ti te gustará estar aquí conmigo mientras hace las tareas de casa. Atiende, pequeña. Aquella anciana no era mi sangre, así que no es necesario que tú lo seas para que yo me convierta en medida para ti. Sumando tus años a los que yo cargo serán, dentro de ochenta años, doscientos cincuenta. Año 2097. Todo será tan distinto como no puedo imaginar y, a la vez, todo será exactamente lo mismo. Habrá pueblos y barrios viviendo en el Neolítico y otros creerán que la tecnología los ha salvado, aunque no sabrán de qué, y temerán a la muerte mucho más que sus abuelos. Pequeña mía. Me adormilo ahora. Dile a tu madre que puede traerte siempre que quiera. Que traiga tus juguetes y los eche ahí en una esquina. Yo di un beso a la anciana cuando mi abuela se despedía, ¿sabes? Al salir la vida volvió a su ritmo normal, las voces se hicieron eficientes, todo tenía una finalidad. Pero nunca olvidé a la anciana del tiempo, del huevo de claridad.

23/9/17

Claritas est quidditas

Las tres condiciones de la belleza

Integridad, armonía y resplandor son las tres condiciones de la belleza. (...)   Pasemos a la tercera cualidad. Durante mucho tiempo no entendí lo que quería decir santo Tomás, pero ya he logrado desentrañar la metáfora que utiliza (es muy infrecuente que recurra al lenguaje figurado). Claritas est quidditas. (...) Este momento lo denomino epifanía. Primero percibimos el objeto como una cosa íntegra; luego como una estructura compleja y organizada: como una cosa, en rigor. Finalmente, una vez comprobada la perfecta articulación de sus partes, lo reconocemos como esa cosa; su alma, su esencia se nos revela de pronto, más allá de su apariencia. El alma del objeto más común resplandeceante nosotros. El objeto alcanza entonces su epifanía. (Joyce, SH, pp. 212-213).

Comentario:

Porque la cosa se embellece cuando la amamos y amarla es atenderla. No toda cosa, sólo la bella. Algo que, por más atención que le dediquemos, no resplandece, es feo.
Feo es lo que, por más atención que le dediquemos, no resplandece. Bello es lo contrario. Y el mundo está lleno de belleza. Hay que saber verla. Se puede entrenar.
Hay quien ve belleza por todas partes y quien sencillamente no ve belleza alguna en el mundo.

19/9/17

Las tres condiciones de la belleza, James Joyce

Las tres condiciones de la belleza (...) Integridad, armonía y resplador son las tres condiciones de la belleza.
Primero percibimos el objeto como una cosa íntegra; luego como una estructura compleja y organizada: como una cosa, en rigor. Finalmente, una vez comprobada la perfecta articulación de sus partes, lo reconocemos como esa cosa; su alma, su esencia se nos revela de pronto, más allá de su apariencia. El alma del objeto más común resplandece ante nosotros. El objeto alcanza entonces su epifanía. (SH, pp. 212-213).
(Claritas es quidditas. Santo Tomás. Esencia.)

El otro día estuve pensando en mi novela. ¿Cuánto tiempo llevo con ella? ¿Vale la pena seguir? (Carta a Stanislaus Joyce, Roma, 10 de enero de 1907, en Selected Letters, p. 143).

He leído ese capítulo varias veces. Tardé cinco meses en escribirlo. Cada vez que termino un episodio caigo en una apatía total de la que parece imposible que salgamos yo y el maldito libro. (Carta a Harriet Shaw Weaver, Zúrich, 20 de julio de 1919, en Selected Letters, p. 240).

La imaginación no es sino la reelaboración de lo recordado. (Cita de Vico, en Ellmann, op. cit., p. 661).

La poesía no tiene apenas en cuenta los ídolos de la gente común, ni la sucesión de las épocas, ni el espíritu de su época, ni la misión de su comunidad. La tarea esencial del poeta es la de librarse de la influencia de los ídolos que lo corrompen totalmente. (CW, p. 135).

El hombre de genio no se equivoca. Su error es deliberado: el umbral de una revelación. (U, p. 182).

La poesía no tiene apenas en cuenta los ídolos de la gente común, ni la sucesión de las épocas, ni el espíritu de su época, ni la misión de su comunidad. La tarea esencial del poeta es la de librarse de la influencia de los ídolos que lo corrompen totalmente. (CW, p. 135).

El escritor no debería escribir nunca sobre lo extraordinario. Eso es tarea del periodista. (Ellmann, op. cit., p. 457).

Nadie desconfiaba tanto como él del fervor de los patriotas. Como artista no sentía
sino desprecio por toda obra que no hubiese surgido de la disposición más estable del
espíritu. (SH, p. 204).

Sabatini, Federico (ed.), Sobre la escritura, James Joyce. Disponible: https://drive.google.com/drive/folders/0B1Uk0OUWn7NxVVllQjAtNGFTMDA

10/9/17

Mi amor ha venido a mi

Mi amor ha venido a mí. Lo llamé yo con un estúpido truco, una especie de sortilegio que, sorprendentemente, funcionó. Oí su voz en la habitación de al lado.
Era más alto y más delgado, pero tenía el pelo tan corto como la última vez. Decía: ¿dónde has estado? Me observaba con tristeza y cierta desconfianza, pero luego, en el abrazo, nos fundimos. No puso reparo. Tenía rizos rubios entonces y su peso era perfecto. No se puede imaginar. Qué felicidad loca.
Pero había prisa. No perdí el tiempo en preguntas inútiles sobre la existencia y la muerte. Sólo quería volver a verlo. Insistí. Quería certezas. Él parecía casi resignado. Cansado. Yo no cabía en mí de felicidad. Lo entreveía, no lo reconocía de continuo. Siempre que lo veo está así. Un poco triste, un poco zombie. Verdoso. Con ojeras. Qué esfuerzo reconocerlo. Así, como si saliera del fondo un instante y abriera los ojos mirando al cielo para volver a hundirse, verlo, saber que es él. Felicidad. Abrazo. Cuerpo. Manos en mi cara, mejilla en mi cuello. Incluso hablaba: ¿Dónde has estado? Giros, giros. Abrazo, abrazo.
Tenía su palabra. Creía que podría, sí. ¿En un mes? Sí. Eso creía. Sabia mucho más de lo que decía. Estaba ocupado, pero para mí hubo compasión y, aun más, amor. No sólo resignación y pasividad, no. Él me quiere. ¡él me quiere! Él es mío y yo soy suya. Tenía su abrazo. Aún lo tengo. Es todo lo que quiero.     

1/9/17

Paz de los ojos en blanco

Contemplan aterrados lo que aman porque lo perderán.
He entendido ahora, de pronto, a esos desgraciados que sufren cuando aman.
Lo he entendido justo ahora, por la paz. Preciosa como un renacuajo en la palma mojada de un niño, una columna de sol, silencio con restos rosas al atardecer.
La gratitud me ocupa entera y me desmaya. Estoy enamorada de la paz.
Pero suenan tambores a lo lejos. Me temo tanto. La ceguera, la repetición terca de lo mismo.
Además, no debo ser demasiado feliz porque el mundo está lleno de sufrimiento y puedo ser castigada. Si no sufro yo, podrían ser castigados otros. Otros. Los que amo. Beso el suelo, aprieto los ojos, rezo o como se llame, lo que sea. ¿Se acercan los tambores? Remonta el tam tam.
¡Ah, pero esta paz! Perfecta. Un poco muerta, que la perfección es muerte. Los vencejos anidan en los tubos de ventilación de los edificios en este patio terraza que parece una cala al fondo de un acantilado rojo.
El sol recorta unas fachadas sobre otras. Hace geometrías intensas.
Una sábana es agitada por la brisa en un tendedero.
La temperatura es perfecta. Mediados de agosto. Puedo atravesar la sombra con mi mano, el aire ensombrecido con mi mano: lo penetro. El sol aún ilumina el cielo.
Se pondrá pronto.
¡Esta paz!
Cómo puedo apresarla.
Qué ejercicios de estiramiento y fuerza he de hacer para que se quede, qué hábitos asentar, qué rutina implementar, qué sacrificar y a qué dioses, a qué profesional...
Cómo puedo no perderla.
Se irá. Me dejará. Me abandonará por otro.
Lloro.
Es tan perfecta.
Me pone los ojos en blanco.
Cuánto te añoro, paz de los ojos en blanco, y aún no te he perdido.

12/8/17

Los dioses y los budas


He soñado que los dioses se habían reunido encima de esta casa.
Puedo oír sus voces.
¿No es acaso un bendito acontecimiento?
Los dioses y los budas no me abandonarán. Es algo casi demasiado bueno como para ser verdad.

(El abuelo agonizante en Diario de mi decimosexto año, relato de La bailarina de Izu, de Yasunari Kawabata.)

2/8/17

Vírgenes

Setenta vírgenes de rizos entrecanos y gafas se han reunido para renovar su propósito de mantenerse incógnitas durante otro año más. Están contentas alrededor de un viejo al que ni la mitra ensalza. Impenetradas. Miro la foto de las señoras agostadas en rama, sus tobillos gruesos. Pienso que no se lo van a poner difícil.
Pero luego imagino. Otro año más. Otro año más sin conocer eso que el mundo desea y en cuya busca vuelve siempre, animal ciego que horada con la cabeza. Imagino esa piel incólume de las vírgenes ajadas, esos anillos de carne nunca refregados, esos labios que no han sido retorcidos, no han comido, no han hozado. Fieras sencillas sueltas desprendidas enteras a las que el aire no hiere. Imagino. No han gemido de anticipación al ser abiertas por dos manos. No saben del rojo henchimiento, del dulce tragar. Desconocen la crecida y los jugos del derretirse. No saben cómo se cae despacio, muy despacio y deshaciéndose, en otro que en ti entra deshaciéndose, ese amor único. No saben del desvanecimiento en el sin fondo de peces abisales, eléctricos. De las sacudidas.
Imagino la entereza. La angustia de la completud. Espíritus igualmente lisos, inmaculados, cerrados a la penetración y al parto. Sin deseo, y sólo atrofiando el deseo pueden sostenerse esas sonrisas, cómo se camina día tras día. Qué mueve. Se reposa sobre alféizares a ver pasar el mundo, se habla en voz baja con hombres romos, hombres sin brazos, en mañanas y tardes que tienen la textura de una viñeta infantil.
Angustia de la completud. He sido cruel.
Iría a ellas y yo misma las desvirgaría, las ensuciaría de esperma y barro. Todo por acabar con esa tersura, ese desconocimiento de toda caída. Al menos las abrazaría. Les haría sangre. Las mordería. Cómo no romperse alguna vez en la vida, cómo amar sin abrirse, sin romperse para dar entrada, para dar salida.

20/7/17

Oleada

Como cuando la selva entera sigue a Tarzán, su grito que atraviesa la noche, los golpes en su pecho que resuenan en la noche, la selva unida por el hombre (blanco: finjamos no verlo, hundámonos en la noche, en la selva); 
así, sí, como cuando cabezas recortadas contra la luna, cabezas de leones y de hienas, de panteras y de simios, cabezas asomando acumuladas (¡vivas, no disecadas!) se agolpan en oleada tras el hombre; 
así, como esa selva que se abalanza, me siguen a mí horas, días, años 
y todas las particiones del futuro y me hacen sombra
y se abalanzan.  
Así corro, apremiada por la selva, así corro y corro y corro ante la ola gigantesca del tiempo que se curva y muestra el ribete blanco de abrirse porque está a punto, lista y deseosa de tragarme.

18/7/17

Abades





Yo con esto lloro y me expando de gozo.
No puedo evitarlo. He de declarar mi amor.
Leí en 2010 o 2011 Abades en extrañas circunstancias.
Nos fuimos a Santillana, ciudad medieval, a una feria de libros artísticos que se celebraba dentro de una basílica helada. Yo llevaba mi capita negra. Estaba transida de dolor y amor aquel año, aquellos años, aquella vida. Estaba aquella vida quebrada de dolor. Era un grito y un gemido. Da lo mismo.
El frío me penetraba lentamente y reblandecía mis huesos, así que salía al césped a tirarme al sol con Abades. Salía del olor de la piedra al olor de la tierra. Salía y me tiraba al suelo con este libro que creía haber cogido al azar de la librería y otro que también creí coger al azar, pero que tan perfecta compañía hacía al primero que no, no pudo ser azar. Un librito sobre pintura romántica de Acantilado, de Rafael Argullol. Los leí a la vez. Salía al pequeño prado junto a la basílica y leía mientras el sol lamía lentamente mis huesos de espuma, y me expandía un poco. A veces había niños que se me lanzaban encima y me cabalgaban llorando. Otras turnaba a mi marido en la oscuridad de piedra para que él viera el sol. Se protegía los ojos al salir, como un vampiro. Vendimos muy poco. Cuando yo estaba erguida los que pasaban no se atrevían a mirarme porque espantaba. Pero me tendía sobre la tierra no del todo seca, sobre su exhalación. Me tendía sin tiempo. Abades es medieval, romántica, postmoderna, y su belleza deja los ojos en blanco. El mar estaba cerca y había un sol que no quemaba. Mis huesos, como el monte Saint-Michel en que levanta su abadía Éble en el libro, estaban hechos de agua y arena, y mi alma era de aire y fuego blanco. Todo lo había llevado la riada y los elementos se habían fundido en un caos claro y no se separaban. Como el paisaje sin forma que contempla el monje de Friedrich de la portada de no sé qué edición de Abades, así nos deshacíamos y fundíamos yo y el mundo, dulcemente podridos, blandos, amantes. Y cuando vuelvo a tomar como hoy el libro y lo empiezo me fundo otra vez y me deshago, dulcemente podrida, blanda, amante.

11/7/17

Hierba que se inclina

Era un camino estrecho entre hierba que se inclinaba. Flores blancas y azules se inclinaban también. Se inclinaban los senderos y temblaban un poco. Era un camino estrecho hacia una casita escondida. Caminaba y oía su respiración y el ruido de sus pasos. Cuando llegó al pequeño claro ya no había sol, pero todo estaba aún caliente y naranja, salía el calor de la tierra y de la piedra. Atravesó el río saltando de roca en roca, y sus pies hicieron un ruido seco y hogareño sobre ellas. Caminó hacia la casita, de cuyas ventanas laterales salían arbustos de flores blancas y arbustos con bolitas rojas. En una de las ventanas del frente, en el alfeizar, colocó cuidadosamente los cacharritos que había llevado en la mochila: cazuelitas, platitos, cuchillitos, tenedorcitos. Era una cocinita casi completa, de aluminio, perfecta. Dispuso la mesa para ocho comensales y después escuchó el silencio del bosque que la rodeaba, las ramas que crujían y susurraban. Caminó alrededor de la casa, observando la vegetación del interior, los huecos en que podría acuclillarse y dormir encogida en medio de la espesura en medio de la casa en medio del bosque. Se sentó en el suelo y se abrazó las rodillas.
Esperó durante una hora, pero no llegaron.
Tendría que volver con su padre que estaría con seguridad enfadado por haber tenido que esperarla. A lo mejor la había estado buscando. A lo mejor había alarmado a toda la gente del bar y todos la estaban buscando.
Dudó si recoger los cacharritos o dejarlos allí y finalmente prefirió dejarlos. Así se congraciaría con ellos. Volvería, y quizá, si ahora habían estado observándola, se atreverían a desvelarse la próxima vez. Pensarían que era una buena niña, una niña dulce y generosa, paciente, no amenazante, que merecía quedarse a vivir con ellos. Pero ya era de noche.

27/6/17

Subir, bajar

Decidí subirme hasta Reykiavik, pero bueno, hubo ciertos impedimentos. Realmente me apetecía vivir del cuento y ser camarera, pero hubo ciertos impedimentos. El Océano, en primer lugar, se erizó y se hinchó de montañas repletas de sangre oscura, y pensé que el viento me azotaría la cara por ahí colgada. Ya se sabe que el viento barre Gran Bretaña y seguro que también Islandia. Por otra parte, resultó que yo tenía una pareja, pero no me acordaba mientras hacía mis planes. El caso es que llevábamos cuatro años juntos, pero claro, hay cosas que no se tienen en la cabeza cada maldito instante del día. De todos modos, mi pareja se mostró dispuesta a compartir conmigo aquel futuro de ociosidad. Y esa luz, por supuesto. La luz es fundamental. Preferiría trabajar como una bestia en un banco, por ejemplo, en una agencia de seguros, que vivir en Islandia sin esa luz inmóvil en la que descansar de camarera. ¡Quizá podría ver algún animal congelado, quizá alguno grande, más grande que un pájaro, quizá un caballo!

Total. Que justo cuando nos íbamos a ir, y yo empezaba la ascensión, decidí que no estaría mal hacerlo por etapas, descansando en Escocia. Porque la luz de Escocia también me va. Y en Escocia se puede poner una terracita al lado de un lago y dedicarse una a descansar de camarera.

Me dispuse a la ascensión. Me agarré bien de Bretaña (bloques de apartamentos de Brest), pisé con firmeza encima de mi casa, al borde de la cabezota cuadrada de España, y me elevé. Pero hete ahí que algo ocurrió en el último momento.

Mi madre, que me llamaba. Que qué hacía con la casa familiar. Debe de haber intuido que la estaba pisoteando. A mí me parece que la casa está un poco pervertida, y la impureza me disgusta tanto que siento tentaciones de despreciarla. Han construido en frente un parque acuático. En efecto, desde la galería se ve una suave hondonada con parterres de flores.

Le dije a mi madre:

- No sé. Estoy tan enfadada que no sé qué hacer. Cuando muráis ya no quedará nada de esto. ¿De qué vale una casa sola en medio de autopistas y centros comerciales? ¿Cómo puedo asomarme a esta galería y no ver el bosque vertical? ¿Qué dignidad es ésa?

- Bueno. La casa va a seguir aquí y eres la única heredera, así que si quieres guardar algo antes de subirte a Reykiavik…

- ¿Y si cuando vuelvo ya no estáis? Me daría pena, pero tengo que ser práctica.

- Bueno. La casa dura mucho. Volverás antes. Piensa un momento qué ocurriría si no la quisieras. La derribarían y todo sería nuevo.

Eso fue como un mazazo. Pude imaginarme por primera vez el mundo sin mi casa. Me di cuenta de que podría no estar allí cuando me bajara de Reykiavik, de que podrían haber eliminado ese resto de piedra, de moho, de polvo, que podrían librarse fácilmente de una casa que desentonaría. Eso me decidió.

- Tienes toda la razón. Nunca les daré esa satisfacción. Esta casa permanecerá. Me quedaré aquí y la mantendré.

- ¿Cómo la mantendrás?

- Erguida.

- ¿Sin caer?

- Sí, sin caer si no hay giros inesperados.

- Prométeme que nunca harás un hotel, que nunca permitirás que la restauren.

- Antes muerta. En pie, debajo de las agobiantes Islandia y Escocia. Amenazada por todo el hielo y el mar embravecido encima de ella. Sin sol. Iluminada por velas. La vieja casa en la topera. Desde la galería veré el polo y su luz de plata. Ahí, en medio, estropeando el conjunto, descascarillada, torcida, fea, con árboles enormes en el jardín tapiado. Con los restos del garaje de autobuses del año 12. Con el cartel de neumáticos Pirelli. El cristal roto de la cocina. Con la veleta sobre la torrecita amenazando a Islandia y Escocia y a quien se ponga por delante.

Mi pareja estuvo de acuerdo en no vivir de camareros, o no vivir conmigo de camarera, más bien, y fue un alivio, que estuviera de acuerdo. Me pesaba Islandia y me pesaba Escocia, y algún día habría de escalar hasta allí. Necesitaba liberar mis hombros antes de morir. Pero ahora me quedaría en mi casa vieja. Aún tenía habitaciones por explorar, mazmorras, pasadizos, el enorme agujero en el salón principal, cuyo suelo se había hundido y bajo el que se veía un pozo cegado muy antiguo. Bajo el pozo había más cámaras secretas y más túneles. Podría ir hacia abajo, ya que no podía ir hacia arriba. Salir por el otro lado, quizá, y sentirme también ligera. ¿Qué hay al otro lado? ¿La Antártida? ¿Cómo es la luz de la Antártida? ¿Roja? El fuego del infierno funde el peso y se puede dar la vuelta a todo, ¿no? ¿No era así? ¿Y volver a salir por arriba? ¿Una pequeña purificación para Islandia?

Llueve tibio y pesado
el cielo de junio.
Sus pestañas llenas.

Viene hacia mí corriendo y cae.

Llueve lento y redondo.
La tarde refleja
su piel luminosa, el júbilo
de la lluvia, el semáforo rojo.

Viene hacia mí corriendo y cae.

Tiene un caracol en un tarro,
cristal lleno de espuma,
retorcido.

Viene hacia mí corriendo y cae.
La tarde redonda,
sus pestañas llenas.

20/6/17

Interné

“Hace poco Yahoo me llamó para pedirme permiso para subir uno de mis textos a la web. ¿Saben qué les contesté? Les dije que se fueran al infierno con Internet. Lo detesto. Es una distracción. No es real. Está en algún lugar en el aire”.
Ray Bradbury

No va tanto de Bradbury a los dos ancianos que me partieron el corazón hace ya mucho cuando uno preguntó a otro con vocecita: «Pero eso de interné ¿qué ye?» Probablemente la cita de Bradbury es de aquellos primeros tiempos.

12/6/17


El olor de un ser que siempre ha estado solo, oliéndose a sí mismo en su estancia sin otros,
oliendo su acre mismidad.
y el olor de otro ser solo que sólo a sí mismo ha olido
se encuentran.

Se transforman en caracoles y se aman como caracoles, intercambiando partículas que se desprenden con el rozamiento.

En la siesta llega hasta ellos el olor dulzón de un guiso de carne, un regusto de vino,
y vuelven a amarse
abriéndose y penetrándose de la grandeza de todo lo que tienen por delante.

La despreocupación por la forma, los desayunos orgiásticos de las babosas, los frotamientos de los mil aromas.

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