27/6/17

Subir, bajar

Decidí subirme hasta Reykiavik, pero bueno, hubo ciertos impedimentos. Realmente me apetecía vivir del cuento y ser camarera, pero hubo ciertos impedimentos. El Océano, en primer lugar, se erizó y se hinchó de montañas repletas de sangre oscura, y pensé que el viento me azotaría la cara por ahí colgada. Ya se sabe que el viento barre Gran Bretaña y seguro que también Islandia. Por otra parte, resultó que yo tenía una pareja, pero no me acordaba mientras hacía mis planes. El caso es que llevábamos cuatro años juntos, pero claro, hay cosas que no se tienen en la cabeza cada maldito instante del día. De todos modos, mi pareja se mostró dispuesta a compartir conmigo aquel futuro de ociosidad. Y esa luz, por supuesto. La luz es fundamental. Preferiría trabajar como una bestia en un banco, por ejemplo, en una agencia de seguros, que vivir en Islandia sin esa luz inmóvil en la que descansar de camarera. ¡Quizá podría ver algún animal congelado, quizá alguno grande, más grande que un pájaro, quizá un caballo!

Total. Que justo cuando nos íbamos a ir, y yo empezaba la ascensión, decidí que no estaría mal hacerlo por etapas, descansando en Escocia. Porque la luz de Escocia también me va. Y en Escocia se puede poner una terracita al lado de un lago y dedicarse una a descansar de camarera.

Me dispuse a la ascensión. Me agarré bien de Bretaña (bloques de apartamentos de Brest), pisé con firmeza encima de mi casa, al borde de la cabezota cuadrada de España, y me elevé. Pero hete ahí que algo ocurrió en el último momento.

Mi madre, que me llamaba. Que qué hacía con la casa familiar. Debe de haber intuido que la estaba pisoteando. A mí me parece que la casa está un poco pervertida, y la impureza me disgusta tanto que siento tentaciones de despreciarla. Han construido en frente un parque acuático. En efecto, desde la galería se ve una suave hondonada con parterres de flores.

Le dije a mi madre:

- No sé. Estoy tan enfadada que no sé qué hacer. Cuando muráis ya no quedará nada de esto. ¿De qué vale una casa sola en medio de autopistas y centros comerciales? ¿Cómo puedo asomarme a esta galería y no ver el bosque vertical? ¿Qué dignidad es ésa?

- Bueno. La casa va a seguir aquí y eres la única heredera, así que si quieres guardar algo antes de subirte a Reykiavik…

- ¿Y si cuando vuelvo ya no estáis? Me daría pena, pero tengo que ser práctica.

- Bueno. La casa dura mucho. Volverás antes. Piensa un momento qué ocurriría si no la quisieras. La derribarían y todo sería nuevo.

Eso fue como un mazazo. Pude imaginarme por primera vez el mundo sin mi casa. Me di cuenta de que podría no estar allí cuando me bajara de Reykiavik, de que podrían haber eliminado ese resto de piedra, de moho, de polvo, que podrían librarse fácilmente de una casa que desentonaría. Eso me decidió.

- Tienes toda la razón. Nunca les daré esa satisfacción. Esta casa permanecerá. Me quedaré aquí y la mantendré.

- ¿Cómo la mantendrás?

- Erguida.

- ¿Sin caer?

- Sí, sin caer si no hay giros inesperados.

- Prométeme que nunca harás un hotel, que nunca permitirás que la restauren.

- Antes muerta. En pie, debajo de las agobiantes Islandia y Escocia. Amenazada por todo el hielo y el mar embravecido encima de ella. Sin sol. Iluminada por velas. La vieja casa en la topera. Desde la galería veré el polo y su luz de plata. Ahí, en medio, estropeando el conjunto, descascarillada, torcida, fea, con árboles enormes en el jardín tapiado. Con los restos del garaje de autobuses del año 12. Con el cartel de neumáticos Pirelli. El cristal roto de la cocina. Con la veleta sobre la torrecita amenazando a Islandia y Escocia y a quien se ponga por delante.

Mi pareja estuvo de acuerdo en no vivir de camareros, o no vivir conmigo de camarera, más bien, y fue un alivio, que estuviera de acuerdo. Me pesaba Islandia y me pesaba Escocia, y algún día habría de escalar hasta allí. Necesitaba liberar mis hombros antes de morir. Pero ahora me quedaría en mi casa vieja. Aún tenía habitaciones por explorar, mazmorras, pasadizos, el enorme agujero en el salón principal, cuyo suelo se había hundido y bajo el que se veía un pozo cegado muy antiguo. Bajo el pozo había más cámaras secretas y más túneles. Podría ir hacia abajo, ya que no podía ir hacia arriba. Salir por el otro lado, quizá, y sentirme también ligera. ¿Qué hay al otro lado? ¿La Antártida? ¿Cómo es la luz de la Antártida? ¿Roja? El fuego del infierno funde el peso y se puede dar la vuelta a todo, ¿no? ¿No era así? ¿Y volver a salir por arriba? ¿Una pequeña purificación para Islandia?

Llueve tibio y pesado
el cielo de junio.
Sus pestañas llenas.

Viene hacia mí corriendo y cae.

Llueve lento y redondo.
La tarde refleja
su piel luminosa, el júbilo
de la lluvia, el semáforo rojo.

Viene hacia mí corriendo y cae.

Tiene un caracol en un tarro,
cristal lleno de espuma,
retorcido.

Viene hacia mí corriendo y cae.
La tarde redonda,
sus pestañas llenas.

20/6/17

Interné

“Hace poco Yahoo me llamó para pedirme permiso para subir uno de mis textos a la web. ¿Saben qué les contesté? Les dije que se fueran al infierno con Internet. Lo detesto. Es una distracción. No es real. Está en algún lugar en el aire”.
Ray Bradbury

No va tanto de Bradbury a los dos ancianos que me partieron el corazón hace ya mucho cuando uno preguntó a otro con vocecita: «Pero eso de interné ¿qué ye?» Probablemente la cita de Bradbury es de aquellos primeros tiempos.

12/6/17


El olor de un ser que siempre ha estado solo, oliéndose a sí mismo en su estancia sin otros,
oliendo su acre mismidad.
y el olor de otro ser solo que sólo a sí mismo ha olido
se encuentran.

Se transforman en caracoles y se aman como caracoles, intercambiando partículas que se desprenden con el rozamiento.

En la siesta llega hasta ellos el olor dulzón de un guiso de carne, un regusto de vino,
y vuelven a amarse
abriéndose y penetrándose de la grandeza de todo lo que tienen por delante.

La despreocupación por la forma, los desayunos orgiásticos de las babosas, los frotamientos de los mil aromas.

4/6/17

Un paso atrás

Voy vestida de dragón.
Mi alto casco empenachado,
Mi dolmán con alamares, la cintura alta.
En medio del baile,
Yo, que soy mujer y hombre, doy

Un paso atrás.
No soy yo.
No soy nadie.
Sólo observo.

Yo no soy este dragón de la guardia,
Mi cintura alta, mi alto penacho,
Mi apostura.

Soy este dragón de la guardia,
Pecho cruzado, cintura enfajada,
Casco con penacho.
Soy la apostura en el centro
Del remolino.

Observo cómo me observan.
Me eleva la excitación.
Revoloteos de faldas, plumas y abanicos,
Aire frío afuera, cognac y cigarros.
Giros, giros.

En pleno baile
Un paso atrás.

Tules, ojos entornados,
Las puntas de mi bigote,
La apostura, giros, giros.

En pleno baile
Un paso atrás.

El dragón de la guardia
Alta la cintura y pecho cruzado,
Casco empenachado.
Yo no soy.

Yo no soy este dragón.
No soy hombre ni mujer.
Soy lo que observa.
Un paso atrás.

2/6/17

Volar

«¡Volar
sobre el parque de la infancia!

Confía.
Yo confío.»

Nuestro padre falleció de madrugada, en paz, rodeado de amor. Vivió una vida plena y fue consciente.
En la foto de abajo, él sostenía la tierra y yo sostenía la tierra. Él hacía la grulla y yo hacía la grulla.
Porque se adentraba majestuoso en el mar, las aguas transparentes, yo a su espalda como una ranita, hasta que perdía de vista la costa, y yo nunca tenía miedo.
Porque le pedía, mi oreja en su pecho, que hablara para que vibrara el mundo.
Porque nos dio la poesía y la belleza, la integridad y la compasión.

Adiós, papá.
Nos vemos en nada.

5/5/17

Demasiado yo

Creo que hago bien dejando el blog. Soy demasiado yo. No quiero ser yo. (...) Me ha ayudado exhibirme, me ha afirmado, pero creo que no es bueno para mi evolución como escritora.
(La que viste y se aturde, 2006)

Es decir, antes de las redes sociales, las que matan lo que es sólo mío, lo que no tiene nombre, lo que vive en la noche.
¡He de huir!

22/4/17

Agua por la que matan

Aquí estamos de nuevo
de rodillas, la frente al suelo,
permitiendo que nos traspasen mareas
de esa agua por la que matan.

Casi absoluto el silencio.
No quiera yo poseer la belleza.

21/4/17

Visión

Máquina biológica, impulsos deterministas, alimento, sexo, poder. Eso es el hombre sin una visión de la existencia, de la vida universal, que es lo que diferencia al humano del estado de existencia animal. «Tengo un sueño» de King significa «Tengo una visión».
La visión es el conectar con un conocimiento y el propósito particular de la existencia en uno mismo, descubrir la función de uno en la existencia. Para qué he nacido, que espera la vida de mí, a qué debo dedicarme, en qué debo enfocarme: la visión da sentido a la existencia. La visión es una experiencia estructuradora de sentido. Los seres humanos hemos dejado de tener un sentido de la existencia. Hoy día el sistema pone el sentido en el consumo y la producción. Nos estamos volviendo autómatas. Parte del automatismo. Eso ciega la conciencia. Se vuelve opaca y neblinosa. No hay sentido de la propia existencia.

22/3/17

Órgano

La única habitación interior de mi casa es el cuarto de baño. 
Hay un conducto de ventilación estrecho y vertical hasta el tejado. Una vena de aire en el edificio.
Es un órgano. 
El viento en él suena como música. 
Arrastra nieve de la estepa y polvo del desierto. 
Ululan trompas de los ángeles en lo alto, en el oro del paraíso.
Yo entro y me siento en el suelo del cuarto de baño a escuchar.
Veo montañas púrpura y salmón, mares que se levantan.
Porque todo el cielo está en esa pequeña habitación interior.
El costoso avance, cuerpo inclinado, mejillas mordidas por lo inmenso.
El fuego protegido, el frágil parapeto en el linde del bosque, y ya oscurece.
La tundra. Todo en la pequeña habitación, la enterrada en ladrillo.
La emparedada. La madriguera. En la entraña del cielo se gesta la tormenta.
En la entraña del órgano yo escucho.

5/1/17

El señor Marcus

¡Es tan sencillo! Desde que conozco al Señor Marcus comprendo mejor porqué tengo que mantenerme dura en ocasiones y porqué en otras ocasiones puedo permitirme deshacerme, como por ejemplo en el otoño, o en los jardines románticos. Pero jamás en la ciudad, o en presencia de extraños que no sean capaces de compartir mi sentido del humor sin haber sido prevenidos con antelación. El Señor Marcus sí supo ver en mí. Entonces yo estaba llena de angustia por no saber aceptar mi odio. Tenía aquellas pesadillas terribles y creía que era una malvada, que había en mí un ser depravado esperando la primera oportunidad para salir. Él supo. Me acompañó a casa de Émile y esperó mientras yo le decía lo que le tenía que decir.

—Émile . No me gusta el olor a medicinas y a meadas que hay en tu casa.
—Eres tan dulce.
—Émile . No te debo nada por un favor que me hiciste sin que te lo solicitara. No me hiciste firmar un contrato. Perjudicaste a otros para hacerme un regalo que no pedí.
—Pero tú eres demasiado dulce…
—Émile . Cada noche sueño que acabo contigo a hachazos, así que es mejor que no vuelva por aquí.
—Oh, mi pequeña, tú eres tan dulce… no puedes decirme esas cosas. Tú aceptaste mi anillo. Yo he hecho mucho por ti.
—Émile . No acepté tu anillo, sólo me diste pena. Tómalo.
—Vienes protegida, pequeña. Eres tan dulce… ¿es ese hombre el que te ha convencido?
—Émile . Eres un gusano.
—¡Yo te he dado todo! ¡No eras nada! ¡Una basura!

Vino hacia mí con su boca babeante. Estaba aterrorizado, porque ahora tendría que dormir solo y sus enemigos vendrían a vengarse, no estando yo allí para protegerlo. La noche era caliente, ya había pasado el invierno de dolor.

Cuando salí de aquel lugar me sentí tan feliz que no sabía qué hacer. Salté y me subí a los árboles, desde donde saludé al señor Marcus mientras decía que a ver si sabía dónde había un monito que lo quería. Yo lo llamé siempre señor Marcus. Él protestaba, pero ni una sola vez dejé de llamarlo así. ¡Amor!

Esa noche nos amamos. En un cuarto vacío hicimos nuestras cosas. Yo escupí sobre mis pechos y él me lamió y también yo lo lamí a él. El señor Marcus siempre se insulta. Habla de sí mismo como “gusano de mierda”. Se llama a sí mismo “el gusano de mierda oledor de mierda”. Fantástico. No tiene nada de eso. Nada. Él es bueno y dulce. Dice que algún día va a escribir algo, no obstante, que pueda depositar con brusquedad sobre una mesa.

El Señor Marcus me llevó al circo y en un momento me escapé y me subí al trapecio. Todo el mundo se reía y al final recibí un aplauso. El Señor Marcus se asustó, pero luego se sintió muy feliz.

23/12/16

Autopromoción

Amistad recién aceptada y...

—Hola, amiga. Éste es mi poema de hoy. Espero que disfrutes tanto de mi poema al leerlo como yo al escribirlo.
—¿Te refieres al de la delectación armoniosa en tus pupilas?
—Sí.
—Bueno, yo no me voy a correr al leerlo como tú al escribirlo.
—Entiendo. Pues espero que disfrutes CASI tanto como yo, entonces.
—Bueno. Muy bonito, pero no hace falta que me los mandes por privado.
—Es para que disfrutes. Has dicho que era muy bonito.
—No tanto como para leerte más a ti que a cualquier otro poeta de la historia de la humanidad.
—Entiendo.
— :) Bien.
—Te mandaré menos. Cada dos o tres días.

Fea

Se volvió tan fea como un charco de nieve derretida. De repente no sé que hizo con su vida pero empezó a meter la pata y se puso fea. Lo tuvo todo en sus manos. Todo lo tuvo la muy imbécil. Podía haber conseguido lo que hubiera querido. Pero se volvió fea como un árbol al lado de una cantera. Yo le dije tendrás lo que desees, tienes 10 años para conseguirlo. Y ella lo tiró todo por la borda. Emitía luz cuando caminaba. Pero estaba contaminada, y no lo vi hasta que fue demasiado tarde. Ahora se ha vuelto fea, fea como una tarde de domingo. Se ha casado con uno del pueblo que tiene una tienda de calefacciones. Me desgarra verla tan fea. No quiero. Me niego a verla tan fea. Cerraré los ojos. Fuera, hija. No quiero verte.

10/11/16

La soledad sonora

La soledad sonora


Sabía que no tenía que haber bebido cerveza. Lo sabía, y cuanto más nerviosa estaba
más ganas tenía de beber más cerveza. Cuando llegó al hospital imaginó que el médico
asentía mirándola con compasión. Mientras esperaba miraba el césped desde la ventana,
agarrando la mano de su madre y recitando a San Juan de la Cruz.
—Los valles las montañas
los prados solitarios nemorosos
las ínsulas extrañas
Había en la sala de espera dos tíos altos que eran pareja, fijo, y dos putas con dos tíos.
Uno de ellos, carranco, con pantalones blancos de pana, golpeaba en la entrepierna, con
un llavero, a una de ellas, que se reía como una rata. Parecían sans-culottes. A una de
las chicas, la más flaca, incluso le faltaban varios dientes. Uno decía:
—Pues si el Sida se pilla por no usar condón yo debo estar hasta las pestañas - y se reía.
—Dios qué asco -dijo su madre.
Entró uno de los dos tíos altos. No se sabía el poema entero así que dejaba que por su
mente pasaran versos sueltos y, de ellos, alguna palabra cayera de sus labios.
— Levantes de la aurora.
— ¿Qué?
— Nada.
— Soledad sonora.
Enamora.
Que voy de vuelo.
— ¿Hueles a cerveza?
— Pacerá el amado entre las flores.
— ¿Pero qué susurras?
— Nada.
— ¿Hueles a cerveza?
— ¿Cómo voy a oler a cerveza?
— pareció.
Cuando salió el tío intercambió una mirada con el que lo esperaba en la sala. Hizo un
pequeño gesto afirmativo con la cabeza y, en vez de dirigirse a él, se fue a la salida. El
otro se levantó y lo siguió.
Entró una de las putas, la más gorda. Ésta era felliniana. Alguien le había comentado a
ella que había putas guapísimas. Éstas debían de ser muy baratas, pensó sorprendida.
Debían de ser regaladas. A lo mejor ni siquiera eran putas.
—a dónde te escondiste, amado
y me dejaste con gemido
— algo?
—no.
piña.
en cuevas de leones
Salió la puta felliniana y dijo, agarrándose el bolso.
—¡Hala, venga! ¡A correla!
— el tema? Ya era hora, hombre de Dios -dijo el del llavero.
Se fueron.
— López -dijo la enfermera, mirando a la sala ya casi vacía.
Ella entró. Tenía los ojos llorosos.
—Siéntate.
Temblaba.
—Bueno, aquí tenemos... el resultado es negativo.
—¡¿Cómo?! -se le encogió el corazón. Se detuvo.
—Que es negativo.
—¡Ay!
—¿Qué?
—¿Cómo que es negativo?
—Pues... que no hay nada. Que no tienes el virus.
—¿El sida?
—Sí.
—¡Ay! —dijo, y se le escapó el aire del pecho. No pudo, por más que lo intentó, evitar que
le cayeran dos lágrimas.
—Pero bueno, mujer. ¿Lloras por eso?
—Sí —rió ella.
—¿Pero tanto miedo tenías?
—Sí.
—A ver, ¿pero tú qué haces, para tener tanto miedo? ¿Tantas relaciones tienes?
—Bueno...
No podía decir que no había prácticamente ninguna probabilidad. Que no salía de casa.
Que vivía en Internet. Que era medio virgen y que, desde luego, jamás había compartido jeringuilla
con nadie. Era vergonzoso. Tenía que inventar algo.
—Un chico que no conocía muy bien...
—Ay, Dios. Bueno, anda. Pues puedes estar tranquila.
—Bien —sonrió ella.
—Y ya sabes. Siempre con preservativo, ¿de acuerdo? Lo mejor es tener relaciones
estables.
—Vale.
—Hala, ya puedes irte.
—. Hasta luego.
Cuando salió sonrió a su madre, que la miraba malhumorada. No dejaba de sonreír.
—Qué boba eres.
— mosto de granadas gustaremos -sonreía mirando por la ventana.
—Vamos, anda. A mí no me líes más, eh, te lo advierto. Es la última vez que me arrastras
a un médico con cosas de éstas.
—Vale.
El canto de la dulce Filomena
con llama que consume y no da pena.

1/11/16

Difuntos

Antes hacía siempre sol en difuntos. Nos perseguíamos entre las tumbas. Nuestras amigas pelirrojas venían desde la lejana ciudad en que vivían y la alegría nos llenaba. Nos veíamos en el cementerio. Nos saludábamos desde nuestras respectivas tumbas y a los dos minutos ya estábamos juntas. Había brisa y cantaban los pájaros. Sonaban algunas toses en medio de la tarde seca.

Íbamos, intentando no hacer ruido, a ver los mausoleos neoclásicos de las antiguas familias ricas de la villa, que parecían pequeños palacios para jugar. Después íbamos a la zona de los niños, que no tenían lápida. Eran sólo unas elevaciones de la hierba, del tamaño de bebés que durmieran de lado, o boca arriba, a veces con una cruz, algunas incluso con una foto. Mirábamos las fechas con ojos asombrados.

El cura daba la misa desde el panteón de Concha Heres, un edificio enorme y de formas onduladas situado sobre un promontorio, al que algunas veces íbamos también a contar historias de terror. Nunca me dieron miedo los cementerios. Yo sólo tenía miedo en mi casa, de noche. Como tú, Monito.

Últimamente siempre llueve en difuntos. Planeo un alegre paseo hasta el cementerio con vosotros, para que juguéis entre las tumbas blancas, pero siempre hay una llovizna espesa flotando a la altura de nuestras cabezas y no puedo ir. Aún no nos hemos acostumbrado al cambio de hora y llega la noche cuando nos levantamos de la siesta y parece que hay que apagar las luces porque el mundo cierra los párpados.

21/8/16

10/8/16

Otro tiempo

Mi padre contaba (el imperfecto es porque en mi recuerdo no deja de ocurrir, lo veo al tren entrando, entrando, entrando) una anécdota poética de una sola palabra sobre los trenes. Sobre el tren. El Vasco. Muy bella. Sencilla. Bella.
Llevaron a uno a verlo, uno de una aldea. A conocer el tren.
Esperaron en un prado. La mañana de verano, las varas de hierba, el olor a hierba, la hierba, el zumbido de las abejas, la tierra negra y húmeda, el vapor, la calima, la boina. Vendría el tren del mar, del Espigón, y soplaba de allí brisa que parecía oler a mar y entraba en su camisa blanca de domingo, empapada, refrescándolo.
Vino la máquina, el humo, el ruido, el poderío más bello que la Victoria de Samotracia.
Todo esto me lo estoy inventando.
Pero no esto: lo que dijo. La palabra. Dijo el mozo después de que el tren fuera de frente a la montaña (y entrara en el túnel, quizá entre maleza o vegetación, pero él nada sabía de túneles), dijo llevándose las manos a la cabeza, después de que no ocurriera el choque atroz, después de esperar el cataclismo y que no llegara:
«¡Sumióuse!»
Es una anécdota de una sola palabra.
Se sumió. Se sumió la bestia de hierro en la montaña, sin choque, como un cuchillo en una mantequilla.
Recordaré la anécdota a mi padre y le pediré que me la vuelva a contar. Porque ese «¡Sumióuse!» tiene que ser con su voz que replica la maravilla de la experiencia. Heredada también para él, pero suya. Y mía. Y de quien lea.

Ríos de terror

Pensaba de pequeña que la carne nervuda que no se podía masticar, aquellos filetes atravesados por nervios duros, era de animales que habían muerto presas del pánico. Ríos de terror. Ríos plateados de terror. Que la carne tierna era de animales que habían muerto en paz.
Porque acabo de ver que decía Damiano que decía Canetti: "Todos esos sentimientos inútiles, como los de los animales antes de ser sacrificados."
Todos esos sentimientos inútiles.
Como los nuestros antes de caer de rodillas, rendidos. Ríos plateados de terror.

26/7/16

Samurai, Ternero


Dejemos esto claro, Ternero:

Yo no rompí tu nave por verte llorar. Es cierto que me da placer verte llorar cuando lloras porque quieres un bocadillo de nocilla y no puedes esperar a que me seque las manos, o cuando lloras porque te decimos que no existías cuando fuimos con Monito al Parque del Barco Pirata. Ni siquiera cuando, para consolarte, decimos que ibas en la barriga. Es cierto: tu boca cuadrada y tus ojos como dos rayitas en medio de esa cara colorada y redonda despiertan mis deseos caníbales y no puedo evitar achucharte.

Pero dejemos esto claro: no rompería tu nave tan sólo por verte llorar. Es porque te pregunté, desesperada, cómo se apagaba ese sonido como de despegar con ráfagas de ametralladora y explosiones, y me dijiste que sólo “hay que epedá”, y epedé, te lo juro, epedé mucho tiempo, varias lunas me pareció, y no lo soporté más. Cuando todos gritabais a la vez agitando las espadas sobre vuestras cabezas creí que un efecto así de dramático provocaría un silencio maravilloso. Ese silencio imaginado me cegó: por eso arrojé la nave contra la pared con aquella furia de samurai entonando en japonés.

¡Pero normalmente os morís de risa cuando hago de samurái!
No llores más, Ternero. abrázame.

22/7/16

Cuerpo

La anciana de pelo blanco va al fisio. Es su placer. Prefiere gastarse en dinero en un buen masaje que en cualquier otra cosa. Se da un baño perfumado antes. Se pone sus mejores enaguas y sus prendas interiores más finas. Se prepara con tiempo. Camina recogida como una monja, con las manos sobre el estómago y en ellas la cartera. Cuando llega a la consulta se sienta en la sala de espera. El chico es moreno y fuerte. Tiene una sonrisa bonita y las manos calientes. Sonríe mientras la masajea suavemente porque su piel es fina como papelillos de liar y porque sabe que ella va para sentir el calor de unas manos, sangre que fluye por otras manos, vibración de otras manos en su cuerpo.
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