sábado, 25 de febrero de 2012

Ven resplandores de colores en el cielo. Verde, rosa. Se oyen explosiones. Piensan que quizá algún almacén se ha incendiado.
Llueve como si nunca fuera a dejar de llover y todo el mundo se resguarda del frío en sus casas. Ni siquiera hay tráfico.
Ponen una chaqueta al bebé y suben en zapatillas al desván.
Desde allí, sobre los edificios aplastados por la humedad, la ciudad extendida como un charco, ven los fuegos artificiales que nadie parece tirar para celebrar ninguna fiesta, que nadie parece observar, aplaudir. Ningún murmullo de admiración.
Todo el mundo encerrado en sus casas y los fuegos solos sobre la ciudad entumecida.

jueves, 15 de diciembre de 2011

Desperté en medio de una fiesta congelada
Plena su magnificencia

Me zambullí en la gente y me volví carne
Una cola gigantesca de leopardo esta bestia
de mil cabezas

Hace sol y desde las ventanas
nos lanzan agua
Saltamos entre guirnaldas de papel

No deseo encontrarme

lunes, 24 de octubre de 2011

Soñé que yo era aquella mujer
de la falda de magnolia
que bailaba descoyuntada
entre las sombras.
Yo era bella y diabólica.

Transito y soy
un enorme pantano
curvo como un ojo
en que se refleja el cielo
siempre nublado.
La hierba infinita
caricia del viento.

Transito y dulce,
tan dulces esta pequeña
cabaña en lo salvaje,
el silencio y la no hambre.
Una sola historia gotea del alero
cuando ha llovido. Y no cansa.

Soy casi vieja
y no me importa.

La mujer descoyuntada,
su risa y el hombro desnudo,
ya no existen.

¿O soy yo el sueño?

viernes, 14 de octubre de 2011

Paraíso

Río de rojo fango y cielo nublado
amada mía, en el paraíso.
Traeré un mono para ti,
un monito de pelaje rojo.
Lo asaremos al fuego
antes de probar su carne.
Traeré pavos rojos para ti
y observaré cómo los limpias
entre el resto de las mujeres.
Esta pluma roja que te regalo,
luzla esta noche en la ceremonia,
antes de que yazamos enredados
en nuestra hamaca de cuerda.

Compartimos la grandeza de Dios
que nos ha regalado
el pulmón de puerco salvaje
para no morir nunca.
Porque vivimos en el paraíso.

¿Y si la selva es infinita?
He aquí este nido rojo de amor,
el cielo cargado como ubres,
tan cercano. Nuestra tribu,
los ancianos, los doce guerreros-cazadores,
las tejedoras y los niños que pululan.

Qué cerca del cielo.
El centro del universo.
¿Y si la selva es infinita?
Fuera no hay nada.

Si te bañas en el río te hundirás en el fango
y las pirañas rozarán tus piernas.
Cuando salgas, tu sangre será roja
en el centro del tiempo.

Todo está aquí en nuestro poblado
donde nunca sopla viento.

Nos columpiamos entrelazados en la hamaca
durante horas, acariciándonos con lentitud.
Me pregunto a veces por qué Dios
nos ama tanto. Por qué el paraíso.

miércoles, 29 de junio de 2011

Ella dijo: «cuando me disgusto
me da por limpiar».
Pensé que era hermoso,
tan simbólico y práctico.
Quiero intentarlo
ahora que se han ido todos.
Limpio la terraza esquivando
hojas negras de piano y lianas de contrabajo.
Riego y, justo, asoma el sol entre la maleza,
hermoso como un anuncio
de detergente.
El tambor de la lavadora, su fresco giro,
me mece, y el chillar, siempre el chillar del pájaro.
Lloro porque todo es bello como la lejía.

miércoles, 22 de junio de 2011

—No estaría mal. Desde luego que progresaría. Voy a poner una etiqueta a este pensamiento y así, cada dos por tres, no tendré más que repetir la etiqueta y ya sabré a qué me refiero. Porque me lo repito cada dos por tres, te digo, y me vuelvo a entusiasmar. Me agoto en puro entusiasmo.
—Hace mucho que yo tengo etiquetas para pensamientos repetitivos, pero no son lo mismo que un pensamiento desarrollado y disfrutado del tipo Cuando me toque la lotería, o A partir de mañana voy a, o Ni una copa más. Qué hermosos, los proyectos.
—Ya, tienes razón. La verdad es que el placer consiste en desenrollar con calma el pensamiento.
—Y creérselo. Sin que enmohezca.
—No lo olvidemos. Creérselo. Ay, qué lista es ella.
—Y tú, y tú. No es fácil engañarse durante tantos años.
—Ya, ya. Yo me engaño como los ángeles.
—Que sí. Que eres muy listilla.
—Ya. Pásame una aceituna, guapa.
—Bah.
—Venga.
—Como tú quieras.
—Vale.
—Churri.

miércoles, 15 de junio de 2011

Primitivo, ligero

Salimos de buen humor. Me gustaba especialmente la carretera por la que conducía hacía el campamento de los niños, que iban detrás, dormidos. Había sol y brisa entre las hojas de los árboles. Estaba pensando que nos libraríamos de ellos —los miré por el espejo, iban dormidos— durante diez días, cuando vimos al hombre, salido de la nada, corriendo ante nuestro coche como un animal, con el pelo y la barba largos y algo encogido en el cuerpo que producía disgusto, nos, me producía disgusto, como si corriera agazapado, poco erguido. Un hombre primitivo, ligero. No volvía la cabeza para mirar atrás e, incluso, se permitía, como los perros, desviarse a veces de la línea recta, dar unos extraños pequeños rodeos, el esquivador de balas. Luego vimos por el espejo retrovisor que se acercaba un coche rojo y lujoso en el que iban dos hombres de aspecto chulesco. Perseguían al solitario, evidentemente. No sabíamos qué hacer. Somos gente pacífica y, además, íbamos con los niños, que dormían. Intenté dar cierta ventaja al perseguido desacelerando nuestro coche e impidiendo el paso a los de atrás, pero eran impacientes y nos pitaron, así que volvimos a acelerar.
Entonces el hombre desapareció ante nuestros ojos. No lo habíamos atropellado, porque no sentimos que algo se tronchara bajo nosotros como cuando pasas sobre un gato y rompes sus piernas o su columna. Tenía que haberse enganchado, con pasmosa habilidad, al motor. Los niños se habían dormido, pero mi mujer abrió la boca de repente y se la tapó con una mano y yo sentí un espasmo como cuando voy a vomitar de nervios. No podíamos frenar de golpe o los de detrás se estamparían contra nosotros, pero intentaría detenerme en la primera oportunidad. Y los otros seguían pitando y queriendo adelantar en aquella carretera tan estrecha. Los árboles que se sucedían apretadamente a ambos lados parecían ocultar un paisaje distinto, incongruente, un paisaje de otro mundo, o eso me dio por pensar. Por fin vi un pequeño apartadero, encendí el faro intermitente y me desvié. Tenía mucho más miedo del perseguido que de los perseguidores, así que hice señas sacando la mano por la ventanilla para que se detuvieran, pero no me hicieron caso.
Tanto mi esposa como yo nos quedamos en silencio, escuchando. Los niños estaban dormidos. Tardé un rato en decidirme a salir a investigar. Ella se quedó en el coche, apoyada la mejilla en una de sus manos, sumida en cavilaciones. No había nadie bajo el coche, lógicamente, ni sangre en el parachoques, ni ninguna marca. La miré, moviendo la cabeza, con gesto de terror. Se había dormido también.

sábado, 19 de marzo de 2011


Las gaviotas, los rayos de sol en el visillo y mi mano.
Salgo del sueño y me tiendo en la luz. Muy tenue
pulsa hoy el remolino.  Descansa.
Un borde de plumilla perfila la mañana.

Quiero un pétalo plano en mi lengua como una hostia.
Lanzaré un petirrojo muerto al aire
y observaré su sombra.

En el filo de tu voz, el valle.



 

miércoles, 2 de marzo de 2011


Remuevo la marmita con una larga garcilla de madera.
Se ha ido la luz y solo entra por el ventanuco —ya no ventana—
una corriente grisácea de mañana.

miércoles, 23 de febrero de 2011


En los últimos tiempos se queda ensimismada a veces, con una ubre en la mano, o una palada de estiércol, o mismamente poniendo un poco de tocino a hervir con verdura. Ensoñada.

Aquella luz ultraterrena, el silencio, la quietud. Tenía una ventana al lado de la cama y observaba el cielo y los árboles y muchas casas desperdigadas por los campos. Tantas casas, tan juntas. Le llevaban la comida a la cama. La lavaban. Benditas piedras en la vesícula. ¿Cómo haría aquella vez para conseguirlas?

lunes, 21 de febrero de 2011


Hay dos arbolitos cuajados de brotes blancos, así que no puedo dejar de emocionarme. Un grupo de frutales desnudos ha atrapado el arco iris un poco más allá. Son tan delicados que se elevan sobre la loma. La carretera mojada, el arco iris en el suelo, el arco iris en los árboles. Todo es un arco iris. Incluso las cumbres nevadas.

El cielo se abre y el sol, ah, mete su manaza y llega hasta mi corazón, y lo acoge y lo arrulla. Giro y subo sobre el valle, tan caliente en el puño del sol que podría gritar. El río, abajo, cinta plateada, las casitas, que han sido derramadas al azar, el sol , que me ciega, que arremete contra un cordero negro y contra un cordero blanco. El arco iris. Los arbolitos esperanzados, ciegos de sol.

martes, 8 de febrero de 2011


El poema no cesa de morir.
Tiene dos líneas y muere, y nace
como este día espiral.
Surgen estancias a su paso y ya son viejas.
Se deshace entre los dedos.
El poema.

sábado, 5 de febrero de 2011

Segregamos un hilo blanquecino. Con él tejemos la mañana.

Ligera resaca. Sensibilidad exacerbada. Un rayo de sol.

Nada me devora.

Mimosas ofuscadas de tibieza se abrirán, erradas. Volverá el frío.

Volverá el frío, ansioso, y encontrará polen.

Agua clara sobre guijarros. Dedos rectos del sol. Y el amor, y su murmullo.

En la placenta, la caracola. Me enrosco.

El sol entra y no me toca. Mantengo caliente la cama. Te espero.

Todo fulge.

Mío eres, Señor.

Hay en el agua seres de viento.

Soy de río. Renacuajos en mi mano, un temblor de hojas, y esas columnas oblicuas que abrazo en el agua.

El caballito del mar no existe. Es un ser mitológico, un delicado Dios.

Es el ritmo del silencio. Nada en él.

Erizarte con una hoja de hierba, de cumbre a valle.

Pescaré sanguijuelas con las piernas desnudas.

Mira mi dentadura, y entra en mí.

Lluvia de agujas en el pinar, y la boca abierta.

(Serie de tuits, mañana de hoy).

jueves, 3 de febrero de 2011

Un pájaro de clara sombra viene conmigo.
Lo hallé en la loma al despertar
y me ha seguido.
Mira su amable juego en la arena, su gracia disipada
siempre hacia afuera como una fuente.
Besa el agua, y la arena bajo el agua
y la roca bajo ella, y los tristes ríos de magma.
Es delicado: tiembla ante tus ojos.

Que no te espante.
Que se callen los hombres, sus risotadas
llenas de llanto. No son mansos.

Mira este pájaro de clara sombra
que refresca en ti el aire. ¿No ardía tu piel?

Mira su juego.

El temor se deshoja ante su baile.

lunes, 31 de enero de 2011

Y pensar que nunca había dormido en un coy hasta hace dos meses. Observa a los demás, en los suyos, como una floración de larvas iluminada por el candil. Los crujidos del barco y el fragor del mar, un solo son. «Uno se acostumbra a todo en dos días», susurra. «Mejor aquí que bajo tierra.» Se remueve en su vaina, y cierra los ojos. Lo que no entiende es por qué no transcurre el tiempo, y porqué solo él despierta brevemente de cuando en cuando.

domingo, 30 de enero de 2011

El ascensor no se detuvo en la planta primera, donde yo había dejado el coche. Vi que había sido llamado desde la planta más baja, y mi corazón dio un vuelco. La cuarta planta subterránea, y ni yo ni nadie había necesitado aparcar nunca más abajo de la segunda. ¿Por qué habían construido un aparcamiento tan grande, tan profundo? Supuse que un empleado del centro comercial estaría trabajando allí y querría subir, sencillamente, pero ese pensamiento no evitó que el miedo me sacudiera de pies a cabeza en una oleada ardiente, y mis piernas empezaran a temblar mientras intentaba inútilmente detenerlo en la segunda o la tercera planta. El tiempo se alargó mientras bajaba. Busqué algo con que defenderme llegado el caso, pero solo llevaba una bolsa con un abrigo que había comprado, muy rebajado porque ya era el final de marzo, para el siguiente invierno.

Cuando se abrieron las puertas no vi a nadie. Negrura. Pulsé inmediatamente la planta 0, pero las puertas siguieron abiertas y el ascensor inmóvil. No respondía. Quizá hubiera una alarma arriba y estuviera programado para bajar a lo más hondo por razones de seguridad. Ese pensamiento, lógico, me tranquilizó un poco y, al cabo de un rato, me asomé o, más bien, penetré la oscuridad, primero las manos y después el cuerpo, pensando que quizá encontrara una garita de mantenimiento con trabajadores afanados y ruidosos dentro, pero no la vi. No vi nada.

Entonces se apagaron las luces del ascensor y contuve un grito de terror. Volví atrás y me agazapé un rato. Poco a poco pude ver algún brillo: agua. Se había filtrado y hacía charcos de superficies quietas. Me di cuenta de que una luz, natural, iluminaba tenuemente la oscura superficie y los perfiles de las columnas, que parecían troncos. Temblaba, aunque no hacía frío. Llegué a pensar que ir en busca de la luz sería menos terrible que seguir allí quieta, acorralada, y empecé a caminar vadeando aquella noche. Sobre mí se oía un zumbido hueco, como la digestión de una bestia de metal. También oía el eco de mi chapoteo, y mi respiración agitada. Aquel lugar debía de ser enorme. Mis ojos se acostumbraron a la oscuridad y también la luz se hizo más clara: los grandes conductos del aire acondicionado y la ventilación, las cañerías, todo estaba roto, comido por el moho; grandes masas, panales azulados como formaciones calcáreas en estalactitas. Cuánto tiempo caminé, no lo sé. Se me hizo eterno. Poco a poco se me quitó el miedo a las ratas. El suelo era blando, pero nada se movía en él, y me pareció, además, que se inclinaba, que insinuaba hondonadas, como la orilla del mar tras la marejada. El agua me llegaba ya a la cintura. Desde luego, la erosión del trabajo del hombre había sido tremenda en aquel aparcamiento. Arriba, todos con sus compras, atareados, nerviosos, sin ver la luz del sol, y abajo esta vida que devoraba los cimientos. De pronto, grité, y mi grito pareció excitar aún más a la bandada de murciélagos que había surgido veloz de la negrura. Revolotearon sobre mí y cuando sentí que algo me tocaba la cabeza me agaché y me sumergí completamente. Luego desaparecieron. Sabía que estarían colgados del techo, boca abajo, que probablemente lo cubrirían entero y en cualquier momento podían enloquecer todos de nuevo, a la vez. Caminé aún más despacio, intentando no hacer ruido.

Tras un tiempo que no podría precisar vi la puerta al fondo, aquella boca de la luz. Me pareció que en vez de salir a la luz iba a entrar en la luz, como si la oscuridad tuviera en su seno una pequeña bolsa de luz y yo me dirigiera a ella. Me extrañaba que estuviera abierta, pero más extraño era todo aquello. Busqué una explicación: probablemente la cuarta planta tenía un acceso más alejado, directo desde el exterior, quizá en previsión de una futura carretera que habría de ser construida y nunca lo fue, o de una zona que estaría empezando a ser urbanizada con altos edificios antes de que la crisis los hubiera dejado como insectos corroídos. Yo no entendía de esas cosas, pero algo así sería: proyectos, planes, ingeniería. Pensé, incluso, que aquel sótano abandonado tenía que ser peligroso para la estructura del centro comercial. Era muy extraño, de todos modos. Según me acercaba a la entrada me di cuenta de que el trabajo de la erosión había sido mayor ahí. Las paredes parecían vivas. Recordé que en algunos túneles de la autopista el revestimiento semejaba el tubo digestivo de un inmenso gusano e imaginé que la capa de humedad y mugre, sobre una superficie similar, daría esta impresión orgánica. Había vegetación real en los bordes. Por un momento creí que aparecería en medio de un parque temático, que saldría por la boca de una cueva de cartón piedra y me aplaudiría la gente. Se me ocurrían toda clase de pensamientos locos. El agua cada vez cubría menos. Ya solo me llegaba a los tobillos.

Por fin alcancé la salida. Tenía ganas de correr. Lo primero que vi fue el cielo, bienaventuranza. Chapoteé un poco más para salir a un prado. El suelo no estaba aplanado. No parecía un parque. No sabía qué pensar. Ante mí, campos inmensos, un bosque azul a la izquierda, nubes que se deslizaban y dejaban pasar el sol o lo cubrían y cuyas sombras se perseguían sobre aquellas ondas de hierba, largos cabellos que la brisa agitaba. Caminé un poco, disfrutando de la caricia en mis piernas. El viento fresco me hacía bien. Era hermoso, aquel lugar, este lugar. Nunca había visto nada así, tan puro. Fui hacia la derecha, porque de aquel lado parecía poder contemplarse algo abajo, como si hubiera un valle. Imaginé que vería la ciudad bajo mí, aunque no podía comprender cómo, habiendo bajado, estaba ahora tan arriba. Pero ya no me sorprendía como al principio. Cuando llegué a aquel límite divisé un paisaje de montañas azules y lilas que se sucedían hasta el horizonte, las más lejanas con sus cumbres aún nevadas.

Me senté. Dos águilas danzaron ante mí.

miércoles, 26 de enero de 2011

No se había acostado con él por eso. Probablemente lo hubiera hecho de todos modos. Sobre todo porque nunca había dormido en un buen hotel; para verlo por dentro. Además, el hombre tenía tanto mundo que le interesó. Conocía a muchísima gente importante. ¡Hasta un concejal! No recordaba el nombre del concejal, pero incluso a ella, que no leía la prensa, le sonaba familiar. Lo de su mujer era tan horrible, por otra parte, que su sentido de justicia la había empujado a darle un poco de amor. Se le veía tan desesperado de repente, cuando hablaba de su situación familiar, de su soledad real. Decía que todos sus amigos no conseguían darle una parte mínima del calor humano que necesitaba, del cariño real, del contacto físico que era, después de todo, el que necesitaban los humanos: caricias, sonrisas, besos. Qué mujer tan mezquina, tan… no tenía palabras para describirla. Era muy desgraciado, pobre hombre. Desde luego, la felicidad instantánea que la sonrojó cuando él habló del dueño de los supermercados Luxx como de su amigo íntimo y aseguró que, si iba de su parte, le darían trabajo, había tenido algo que ver. En definitiva, habían sido varias las razones que la habían decidido a no hacer nada, o sea, a dejarse hacer. Era lo lógico. Además, no le apetecía volver andando a casa a las seis de la mañana. Era muy peludo, y tenía algo de panza. Su tercer hombre, un dormilón. Pero bueno: la invitó a desayunar. Y le regaló jaboncitos pequeños, y champús, y acondicionador, todo con la marca del hotel.
Se lo contó a sus amigas, que abrieron los ojos con esa mezcla de esperanza y envidia que ella había previsto. Si a ella le había pasado, bien podía ocurrirles a ellas, que la fortuna las tocara un día con sus dedos de diamantes.
El encargado del supermercado Luxx en el que entró fue muy seco. O no vio en su cara la alegría y las ganas de trabajar duro, o lo vio pero no le importó. Dijo que quién coño era ese, y que si era amigo íntimo del dueño que fuera a Madrid a hablar con él, que allí no les interesaba. Ella se las arregló para no llorar y el hombre pareció recapacitar, y la hizo rellenar una solicitud y meterla en una caja amarilla junto a otras muchas. Habría al menos cincuenta. Todas tenían la misma forma y estaban cubiertas con boli azul, como la suya. Dijo que llevara un par de fotos la próxima vez que pasara por allí.
Cuando salió del supermercado había empezado a llover. Se sintió mareada. Había algo en su garganta que no la dejaba tragar saliva bien. No quería molestar al hombre, pero estaba cerca de su hotel y, llena de temor —ojalá no pensara que era una pesada o una interesada—, se dirigió a verlo. Esperó en la acera durante una hora, sin saber si debería entrar o no y, finalmente, ocurrió: él salió. Llevaba una gabardina color nata y un paraguas. Era un hombre bastante elegante. Un poco viejo, pero eso lo hacía más elegante. Lo saludó, intentando parecer alegre. Había estado llorando, pero no se había tocado los ojos para que no se le corriera el rímel. Él no parecía contento.
—Vaya. Cómo tú por aquí —, o sea, no fue desagradable, pero tampoco agradable. Fue neutro, como esperando a ver, serio, con prisa. No sabría explicar cómo fue la mirada y cómo fue la voz. Ya no sabía interpretar nada.
Ella le explicó sin dar más vueltas lo que había ocurrido. Tenía que ayudarla. Entonces él la tomó por el hombro y la volvió a invitar a desayunar. El zumo de naranja era delicioso, y él pidió otro para ella y sonrió mientras la veía bebérselo de un trago y le limpió el labio superior con el pulgar. Le explicó que había hecho lo correcto. Que él se iba a Madrid y allí le comentaría lo suyo al dueño y él, «por vía interna», localizaría el supermercado, y apuntó el nombre de la calle en una agenda muy gorda que llevaba debajo del brazo, y ellos se encargarían de todo. Que esperara tranquila, que no podía prometerle nada, pero que estaba seguro de que, la próxima vez que necesitaran a alguien, para cubrir una baja por ejemplo, la llamarían. Al despedirse le dio un golpecito en el cachete y la llamó «preciosidad».
Se quedó más tranquila, había dejado de llover, y volvió a casa soñando con la habitación que alquilaría, cerca del supermercado, para no perder tiempo en los desplazamientos, cuando la llamaran. Metía la punta del paraguas en los charcos al caminar, haciendo olas. Iba a ahorrar algo, se decía, aunque fueran treinta euros al mes. Para cuando lo necesitara. Los supermercados Luxx eran bastante bonitos. El uniforme era granate y azul, como de azafata, y sentaba bien. Se preguntó si tendría una taquilla para ella sola. «Eso sería casi como tener una casita allí dentro», sonrió, imaginando la taquilla con su nombre o, al menos, su número. Llegaría a su habitación cansada y dormiría bien, profundamente. Se compraría un portátil pequeñito. Y leería novelas. No quería embrutecerse. Todo sería pequeñito y mono, lo que tuviera. Barato, sencillo, y precioso. Además, cuando vieran que sabía escribir a máquina y que era trabajadora, quién sabe. La suerte estaba a la vuelta de la esquina.

jueves, 20 de enero de 2011

Si me quedara ciega de repente, aún podría saber, por la cualidad de las voces que vienen de vez en cuando de la calle, qué día hace. A veces esas voces llegan entre humedad baja, llovizna tan fina que no se ve, partículas que se sostienen en el aire. Otras veces resuenan mates, como cuando las nubes, densas, están en lo alto, y no amenazan lluvia. De vez en cuando sé que ha salido el sol, porque una frase como «¿A dónde vas?» es de pronto sonora como un triángulo. Y hay días gloriosos, de suave brisa y cielo azul, en que, mientras unas pocas nubes se persiguen en lo alto, las voces vibran y bailan por mi calle.
En días así, aún sin ver, saldría a la calle. Subiría tocando la pared de mi derecha hasta el parque y allí, me tumbaría en el prado, bajo un árbol. Sabría donde hay un árbol aislado por el susurro de las hojas y porque bajo él estaría aún más fresco. Me descalzaría y dejaría que la hierba acariciara mis pies y mis manos, y que el viento enfriara mis mejillas, que quizá estarían calientes de la subida. A lo lejos, oiría las voces de los niños en los columpios, y el mar de fondo de los motores. Imaginaría, ante mí, la ciudad y, tras ella, el océano y el cielo. Del otro lado, las grandes chimeneas de las fábricas lejanas y, más lejos aún, las montañas que, quizá, mostrarían sus cumbres todavia nevadas. Si no pudiera ver, todo eso seguiría ahí.

martes, 18 de enero de 2011

El soldadito de plomo aún siente la pierna que le falta.
También cree que la bailarina sigue viva.
No sabe que hace mucho un niño pelirrojo la derritió en la chimenea.
Conoció el dolor.
El soldadito la imagina girando sobre sí misma, con los brazos extendidos, y sonríe.
La música de la caja de la bailarina era suave como lluvia en cristal.
Lleva ciento cincuenta años encallado en un risco invertido.
Aún recuerda cuando cayó, despacio como en un sueño.
Nada se mueve ahí abajo, en la fosa abisal.
Solo muy raramente se acercan seres luminosos como farolillos.
Al ver la luz piensa que podría llorar de belleza si el mar no hubiera devorado casi todo su rostro.
No tiene ojos, pero ve la luz.
Es paciente. Espera despertar.

lunes, 17 de enero de 2011

Ya no zumban abejas en mi pelo.

Solo mariposas alucinadas,
lanzadas a la luz como a un abismo,
hacen en mí sus nidos de ceniza.

Cuando me duermo escupen en mis ojos
un veneno que traen desde la luna.

Luego pienso en abejas en mi taza.

Recuerdo amaneceres fieros, rojos,
de tierra removida con estruendo.
Convoco a mis ejércitos. Perfumes,
aguijones, rocío, ya es la hora.

Niño del aire, líbrame del mal.

lunes, 20 de diciembre de 2010

Fluidos

Fue un lío entre Cagliostro y eso que echan los niños al nacer, como restos de nada del estómago, algas marinas y limo (de ahí de donde vienen, tan hondo) y bueno, eso es el meconio pero yo pensaba que era Cagliostro y no, el calostro, calostro, es la leche primera que se echa al parir, que es un agua pura y perfecta para su boca, y que mi marido siempre se empeña en probar, materialista sí, pero flotando en ocasiones, y que sabe a fondo marino. Bueno, también cuando rompes aguas huele a fuente. Piensas que te has meado pero no; es agua de fuente, un poco caliente pero con un perfume no desagradable, y eso, tanto fluido la vida, ya se sabe lo del semen, lo sabe cualquiera: también sabe a mar. Fluidos y viscosidad. Aún má,: los bebés están llenos de granitos porque su piel es grasienta, vienen rebozados en algo gris y cuando salen disparados, agarrándose a sí mismos en medio del espacio, al extremo del cordón, la enfermera los para en el aire como un portero, enfermeras de reflejos perfectos, pequeños astronautas de barro, de ojos cerrados. Tanto fluido. Cagliostro. ¿Por qué lo habrán llamado así? Es cómico. Me lo imagino con zapatos rococó y… Joseph Balsamo, meconio, semen. Mierda. Sangre.

martes, 7 de diciembre de 2010

Oh, teta mía


Tiene 14 meses. O por ahí. Ha llorado muchas veces antes. Ha llorado porque quería chupar de la teta gigante que entra por la puerta cuando él llora y se mete en su boca y de la que absorbe un líquido que lo tranquiliza. La teta también susurra, a veces con gracia, y es caliente y, al fondo, hace «bum, bum, bum», un sonido que lo mece y lo arroba y él conoce bien. La teta gigante. No sabe si el pezón es su boca o no es su boca. Solo sabe que a veces tiene que gritar para que llegue. Ha llorado por eso. Porque quiere leche. O simplemente el olor de la teta, la voz de la teta.
También lloró tiempo atrás, con los malditos cólicos, agudos como alambre. Un malestar que no era suyo, porque no sabía dónde estaba ni qué era, porque ni sabía que tenía una barriga dura y tensa como la piel de un tambor. Era una desazón que compartía con la enorme camada del dolor, que él no conocía, que él no conoce. La vida entera mama de ese dolor que no es de nadie.
Pero lo de hoy es distinto. Hay otros dos niños. Son, como él, pequeños. No hablan con sentido y apenas si pronuncian bien una palabra. Piden cosas moviendo las manos hacia ellas y hacen ruidos. Ruidos, sí. Como él. Gu, ga, pr, fd, gú.
Hay un adulto que se los lleva. Los lleva a los tres a la vez en su amplio pecho. Increíble pero sí: los tres. Como se caiga uno se la va a cargar. Se los lleva a los tres a un lugar lleno de movimiento, y los deposita en el suelo, entre hierba y flores que la brisa agita. Él, el niño de 14 meses, se aleja un poco. El hombre está recostado y los observa con una sonrisa. Él no conoce al hombre. Este tiene barba en la cara, y el que vive con él y juega con él y también huele bien y tiene una voz agradable pero no tanto como la teta, no tiene barba. Este hombre es otro. Un hombre que no es el hombre. Otro hombre distinto. Desde luego no es la teta, pero es que ni siquiera es el hombre.
Los otros dos bobos se quedan sentados. Apenas si saben caminar, pero él sí sabe, aunque caiga a veces. De todos modos, con el pañal no se hace daño, a no ser aquella vez que sangró por el labio. Pero camina bien. Y como sabe caminar no puede hacer otra cosa que no sea caminar, como es lógico. Si sabes, lo haces. Camina. Camina. El hombre queda atrás. Camina. Se queda quieto. Mira atrás y ve al hombre, que lo mira con una sonrisa. Está muy lejos, ese hombre que no es el hombre. Que no es la teta. Que tiene barba.
Luego mira en torno. La brisa agita todo. Todo. La hierba, las flores amarillas y blancas. Las ramas de los altos árboles, que parecen querer acercarse a él, al niño, para tocarlo. Hay voces. Voces de agua, en una corriente —enorme, terrible, inimaginablemente grande— de agua no muy lejos de donde él se encuentra, detenido por el movimiento y las voces. El viento mueve sus rizos y mueve la hierba que le llega más arriba de la rodilla.
No están el hombre ni la teta, ni sus voces ni su calor, y todo aquel sonido, y todo aquel movimiento… mira a lo alto. Las copas de los árboles se mueven, recortadas contra el cielo, y en el cielo las nubes se persiguen, rápidas, sin reír. De pronto, una nube tapa el sol y todo se oscurece. Los colores se hacen más intensos, y las voces callan un poco. Y todo eso, todo, ¿en torno a qué? ¿dónde? ¿alrededor de qué remolino?
El niño de 14 meses comienza a llorar, pero muy poco a poco. Primero vuelve a mirar hacia el río oculto por la maleza, a escucharlo, a intentar comprenderlo. Luego, mira las copas de los árboles y el cielo con las nubes, y nota que, al desaparecer el sol su piel se ha enfriado, y tuerce el gesto. Su barbilla se contrae y sus ojos se abren. ¿Dónde está esa teta o incluso el hombre? Se levanta una ráfaga de viento y reaparece el sol que lo deslumbra, y entonces llora, llora porque no sabe qué pasa, dónde pasa. Dónde pasa todo eso, dónde ocurren las voces, la agitación, el incansable movimiento.
El hombre sin barba va hacia él riendo, pero él no tiene ninguna gana de reír porque hasta el hombre sin barba está en algún lugar y él no sabe cuál es ese lugar, porqué ese lugar existe, porqué es diferente del lugar que el niño ocupa, o si ocupa alguno. Quiere su teta y llora llamándola:
—Mamá….
El hombre sin barba, aún riendo, da unas zancadas y pega una voz, y ¡allí viene la teta, su voz aplacando el viento, y la luz, y el ruido, y llega y exhala su perfume y su sonido… ¡ Y se lo lleva. Ah, Dios. Dios. Dios. Qué miedo he pasado, teta. Qué miedo tan tremendo he pasado, teta, y no sé porqué. Ocurría algo y no sé dónde, había voces y no sabía dónde, ni qué.
Oh, teta querida, dáteme. Dáteme. Dámete.

jueves, 4 de noviembre de 2010

Fantasmas

No tengas miedo.
No es nada.
Son fantasmas.

Les gusta abrazar a los vivos.
El roce de la carne los enciende.

Con los ojos cerrados esperan
a que pases a tientas
por el oscuro pasillo y
cada noche
te atraviesan.

Ya ves.
El éxtasis.

(2008)

jueves, 21 de octubre de 2010

Partida en domingo

Partida cómico dramática en domingo.
El cielo era un nervioso mar de nieve sucia.
Bocadillos de queso y jamón y mandarinas.
Recorrieron un puente sin suelo y un río de luz.
Cuando fue derramado el sol en sus ojos,
silenciosos los cerraron, sonriendo.
Al poco un niño cayó al agua y graznaron cuervos.
Huyeron de unas gotas gordas, dulces como lágrimas.

martes, 19 de octubre de 2010

Arriba.

Una hormiga en un palo que un niño sujeta con torpeza. Un minúsculo autómata de luto va hacia arriba, y actúa sin esperar un resultado de sus actos, como el sabio hindú. Siempre hacia arriba. El niño inclina el palo hacia el otro lado cuando la hormiga ha llegado al extremo, y ella comienza su camino en sentido contrario. El niño ríe, primero. Luego, se queda muy serio, concentrado en la hormiga durante minutos. Su mano es gordezuela aún, y rosada. El palo no tiene corteza, y está seco; su superficie es lisa e imperfecta. El niño toma la hormiga entre el dedo índice y el pulgar y la aplasta.
El padre del niño siempre sube. A lo alto de las torres, a las montañas. Una vez subió con el niño en ascensor hasta el último piso del edificio más alto de su ciudad, y lo sentó sobre los hombros para que él mirara por la ventana alta de la escalera.
-¿Qué ves?
-Nada.
-¿Cómo que nada? Tienes que ver algo.
-El mar. Y tejados. Y fábricas. Y montañas.
-¿Te gusta?
-No lo sé. Bájame.
Luego el padre estaba serio.
Otra vez subieron por una carretera muy estrecha que no estaba asfaltada. A sus lados había zarzales, y el suelo era de gravilla. Curvas y curvas. El coche avanzaba tan despacio que el niño pensó que se detendría y tendrían que retroceder hacia abajo, marcha atrás. Al cabo de un rato papá se detuvo en una curva. De un lado no había zarzas ni árboles.
-Mira, este es mi pueblo. El pueblo de mis padres.
El niño miró el pueblo alargado como una línea en un valle muy estrecho y boscoso. Entre un mar de nieba se entreveía la hilera de edificios viejos de ladrillo rojo de la fábrica, una carretera paralela a la fábrica, un río paralelo a la carretera, casi oculto entre árboles, y un rastro de edificios pobres, que se engrosaba a trechos, paralelo al río.
A sus pies, el hollín pegajoso sobre el césped descuidado, sobre las cruces, sobre las lápidas, un cementerio encastrado entre muros de la fábrica como en el fondo de un hoyo.
-Pero yo siempre quiero ir arriba, ¡arriba!
Papá miraba a lo alto. Sobre ellos, por encima del ahusado mar de niebla, las cumbres estaban doradas por el sol del mediodía.

lunes, 13 de septiembre de 2010

Percibo movimiento en los márgenes
Sin desplazar la mirada.
Cálido manto de noche en mi piel.
Pienso en mis armas, las engraso, las compruebo,
Porque llegará el día. Llegará.