En la isla de Jersey, entre septiembre de 1853 y diciembre de 1855, Víctor Hugo entrevistó a unas cuantas personas notables: Shakespeare, Galileo, el Océano, la Sombra del Sepulcro, la Novela, Aníbal, Leopoldina, Moisés, Chateaubriand, Jesucristo, la Muerte. Las actas de aquellas entrevistas, que levantó Auguste Vacquerie, han llegado hasta nosotros. Es la mejor antología de entrevistas que conozco.
Hugo consigue conversar con esos interlocutores poco disponibles recurriendo, como es sabido, a una mesa parlante o, para ser exactos,, como es sabido, a una mesa parlante o, para ser exactos, a un veladorcito de tres pies “comprado en Saint-Hélier en una tienda de juguetes para niños”, redondo y colocado encima de una mesa cuadrada. A las preguntas de Hugo, el velador responde golpeando con la pata según un código: resulta un tanto largo y trabajoso, pero no más ni menos que cuando respondemos a una entrevista por correo electrónico.
Por una parte, pues, tenemos a los entrevistados, todos esos magnos hombres que son otros tantos torbellinos; por otra, el equipo técnico de Hugo, semejante a un equipo de televisión, con script y perchista: Adèle, su mujer, y Adèle, su hija; su hijo, François-Victor, traductor de Shakespeare; su otro hijo, Charles, ese melancólico con quien tiene una cita la locura, el médium de la operación, en cuya ausencia la mesa está muda; Vacquerie y demás comparsas.
Se tratan temas de envergadura.
Victor Hugo es un buen entrevistador.
Les hace a todos y a cada uno las preguntas a las que pueden responder de forma específica. Le pregunta a André Chénier “si se progresa en la tumba”, si un monárquico vivo puede convertirse en un muerto republicano. Le pregunta a Chateaubriand si Napoleón-el-pequeño cuenta con capacidades literarias. Antes de darle la palabra acerca del Napoleón estratega, le pregunta a Aníbal el nombre de las legiones romanas que destrozó en la batalla de Cannas, y Aníbal, con ese porte meditativo y trascendental que le vemos en el único retrato que lo representa, recita sin un solo fallo: “Vindicatrix, prima; secunda, victrix; fulminatrix, tertia; fulgurans, quarta; vorax, quinta; sexta, vultur; maxima et ultima… (palabra ilegible)”; le pregunta a la Muerte si volveremos a besar algún día a las niñas a quienes perdimos.
Nos morimos de risa.
Me pregunto si acertamos al hacerlo. ¿Hugo risible? ¿Por qué? ¿Porque llora a su hija e intenta volverla a la vida por todos los medios? ¿Porque prefiere charlar con muertos competentes que con imbéciles vivos? ¿Porque, de luto y desterrado, fabrica alegría y hermosura y triunfa, por la parte que le toca, sobre las sombras que apresan el mundo?
...
Así comienza el prólogo de Michon a
Pierre Michon
Llega el rey cuando quiere
Conversaciones sobre literatura.
.
Cómo no adorarlo, si en su belleza aparece como una brasa la bondad.
Mostrando entradas con la etiqueta Hugo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Hugo. Mostrar todas las entradas
12 de noviembre de 2018
7 de enero de 2016
Buen gusto, sobriedad, simplicidad
«El buen gusto es una precaución adoptada por el buen orden. Los escritores sobrios son el equivalente de los electores obedientes. La inspiración es sospechosa de libertad; la poesía es un poco extra-legal. Hay, pues, un arte oficial, hijo de la crítica oficial.
[...] La sobriedad en poesía es pobreza; la simplicidad es grandeza. Dar a cada cosa la cantidad de espacio que necesita, ni más ni menos, he aquí la simplicidad. Simplicidad es justicia. Toda la ley del gusto queda contenida aquí. Cada cosa en su lugar y dicha con su palabra. Bajo la única condición de que sea mantenido un cierto equilibrio latente, y conservada una cierta proporción misteriosa, la más prodigiosa complicación, bien en el estilo, bien en el conjunto, puede ser simplicidad. Sólo la alta crítica, que tiene como punto de partida el entusiasmo, penetra y comprende estas sabias leyes. La opulencia, la profusión, la irradiación resplandeciente, pueden ser simplicidad. El sol es simple.
[...] Cualquiera que sea la abundancia, cualquiera que sea el enmarañamiento, incluso cuando es turbio, confuso e inextricable, todo lo que es verdadero es simple.
Esta simplicidad, que es profunda, es la única que el arte conoce.»
Victor Hugo sobre Shakespeare en 'Manifiesto romántico'.
Recogido por Sergi Bellver en facebook.
[...] La sobriedad en poesía es pobreza; la simplicidad es grandeza. Dar a cada cosa la cantidad de espacio que necesita, ni más ni menos, he aquí la simplicidad. Simplicidad es justicia. Toda la ley del gusto queda contenida aquí. Cada cosa en su lugar y dicha con su palabra. Bajo la única condición de que sea mantenido un cierto equilibrio latente, y conservada una cierta proporción misteriosa, la más prodigiosa complicación, bien en el estilo, bien en el conjunto, puede ser simplicidad. Sólo la alta crítica, que tiene como punto de partida el entusiasmo, penetra y comprende estas sabias leyes. La opulencia, la profusión, la irradiación resplandeciente, pueden ser simplicidad. El sol es simple.
[...] Cualquiera que sea la abundancia, cualquiera que sea el enmarañamiento, incluso cuando es turbio, confuso e inextricable, todo lo que es verdadero es simple.
Esta simplicidad, que es profunda, es la única que el arte conoce.»
Victor Hugo sobre Shakespeare en 'Manifiesto romántico'.
Recogido por Sergi Bellver en facebook.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)