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3 de abril de 2019

Él

Nos encantaban los colchones de agua, a mi padre y a nosotras, aunque nunca he probado ninguno.
Nos encantaba el puntillismo. Nos enseñó a dibujar árboles, a pintar árboles, haciendo las hojas con puntitos. Algo tan simple y cómo los demás niños se sorprendían, como si fuera magia.
Nos encantaban los Carmina Burana. Perdón: nos encantaba Carmina Burana de Carl Orf, es decir, que fue el primero disco que tuvimos junto al Rock salvaje de Tequila. Los compramos todos juntos en Galerías Preciados al día siguiente de tener instalado el tocadiscos con los enormes bafles. Bailábamos uno y otro, Carmina Burana y rock salvaje, todo salvaje, en el salón con las cinco ventanas abiertas. Papá imitaba movimientos de ballet mientras nos reíamos y mi madre se llevaba las manos a la cabeza. Se veía lo que hacíamos en toda la plaza.
Nos encantaba ver películas de Tarzán porque sabíamos ya disfrutar de sus recuerdos, los de él. Reíamos con Chita porque reía él.
Nos encantaba. Todo lo que hacía.

16 de septiembre de 2014

Monstruos

- En primer lugar el sistema de seguridad de la casa hace imposible que ninguna forma de vida, o nada que se mueva, esté aquí si yo no he metido el código genético como elemento amigo. Las alarmas de dispararían, por los sensores que hay en las paredes, techo, y suelo, y despertarían a todo el vecindario.
- Pero no se ven...
- Claro. Están camuflados, es alta tecnología. ¿Quieres que los malos los vean para advertirles de que hay la alarma?
- Ah, claro. ¿Y los sensores detectan también los monstruos transparentes? ¿Las sombras?
- Todo lo que se mueva, esté o no vivo.
- Pero ¿detectan también lo que está en mi imaginación?
- No, pero sabes que lo que está en tu imaginación tienes que controlarlo tú.
- Pero no puedo.
- La única forma de luchar contra el miedo, que son los monstruos, es no mirarlos. Si los miras, crecen. Si no los miras, se van haciendo cada vez más pequeños hasta que desaparecen.
- Pero ellos están ahí y no puedo no verlos.
- La única forma de no mirarlos no es repitiéndose "no tengo que mirarlos", sino mirando otra cosa. Si ves un monstruo, tienes que pensar en algo bueno y divertido como la casa de Doraemon y Novita, que se va haciendo más y más pequeña.
- Sí, ¡qué gracioso fue eso!
- Claro. Tienes que pensar en cosas graciosas para debilitar a los monstruos. No te ocurre a ti solo. En realidad todo el mundo tiene miedo y ve monstruos, ¿sabes?
- ¿Ah, sí?
- Sí. Los mayores también.
- ¿Y también están en su imaginación?
- Sí.
- ¿Y saben luchar contra el miedo?
- Bueno, unos mejor y otros peor. Tienes que dejar que el miedo pase a través tuyo. Te tengo que enseñar el poema del miedo. El miedo mata el alma.
- Aunque quiera, no puedo. Yo no pienso los monstruos. Se piensan solos. Ellos vienen a mi imaginación cuando quieren y no puedo echarlos ni me dejan pensar en otra cosa. No me gusta la imaginación. No quiero la imaginación.

25 de febrero de 2014

Tristeza

Esto es lo que me ocurre desde que he dejado la droga:
Tengo ganas de hablar sin constricción. Como de quitarme el corsé (ah, otro día cuento lo del corsé). De destarabicarme, que se dice cuando se trata de un niño o que digo yo por no hablar de euforia cuando se trata de mí.

He dicho ahora en otra ventana que "A mí me parece muy realista. Es ir quitándose de encima las tareas domésticas, enfrentándose a las mezquindades laborales, a las pequeñas fealdades de amigos o amantes, a las decepciones de la difícilmente construida pequeña ilusión, al insomnio y el cansancio del cuerpo, a las articulaciones humedecidas por la lluvia, a la factura de la luz, a las minucias cotidianas, en fin, lo que desgasta, engrisece, quita ganas" y me he puesto alegre de pronto. Es lo que tiene la parodia, que hace imposible volver a mirar con inocencia, sin distancia, sin doblez. Ahora todo eso, la factura de la luz, la mezquindad, las calles negras de hollín y lluvia de la infancia, carece de importancia. Hoy me han despertado a besos. Me han abrazado con timidez y arrobo. He sentido una nariz minúscula y fría en mis labios. Y tengo proyectos. Qué más da lo feo.

Cuando era pequeña oía la sirena de la fábrica y el ruido de los coches en los charcos, bajo mi ventana, en las mañanas de invierno. A la tristeza que puede imaginar un niño no alcanzará un adulto. Es tristeza pura, no egoísta, no producto de una situación personal. Es una tristeza del aire, de las fachadas. La tristeza de una tienda de telas con dependiente de nariz larga y roja (la luz es naranja), de una pared de cocina de azulejos blancos (la mujer deja el cuchillo y enciende un cigarro), de partido de fútbol radiado en un autobús iluminado que cruza la noche húmeda. La sospecha de que la vida pueda ser eso.

No me basta tampoco la otra ventana, la de brevedades. Al infierno.

A quien se aburra, que Dios lo ayude.

10 de marzo de 2013

Hoy me has dado mi cuerpo


Hoy me has dado mi cuerpo.
Que agradezco y tiendo al sol. Cuerpo sano, cuánto te amo, con qué pasión te abrazo.
Hay personas que no entran en el mar ni suben a las cumbres. Hay personas que viven sin cuerpo y de pronto descubren que están enfermas.
El cuerpo es amable como la variedad de todas las ramas en la piel. Miren, si no, ahora, qué calor dentro y en la piel qué agradable frío que quiere entrar hasta el hueso y no puede y entre tanto enerva y estremece.
No, el desprecio del cuerpo no es más que un alardeo de rico, de engranaje que no chirría, o un olvido de lo que cualquier niño sabe: disfrutar de la existencia.
El cuerpo en el mar, ¿entienden? El agua fría que muerde y azota; sienes de menta, pómulos de viento, el mordisco, el mordisco del mar, eso, cuánto lo echarán de menos el primer día que se les ocurra recordar la infancia y de pronto consideren imposible entrar a ser mordidos por el mar porque se sienten viejos, gordos, pesados, enquistados y, aunque no sea cierto, no bajarán a la playa a ser mordidos, pero llorarán. Llorarán de nostalgia del cuerpo y del viento, mar, sol, el triunvirato infantil de la alegría. Añadan si lo desean olor a eucalipto. Madre, empezarán a llorar. Madre, madre mía. Ahora llorarán por su madre. Porque el mar, el sol, el viento y su madre no están con ustedes. Y se mesarán las barbas floridas en las que caerán lágrimas dulces y gordas como las primeras gotas de la tormenta. Lloren y salgan al menos al parque y tiéndanse sobre la tierra, la tierra bajo el lomo, la tierra enorme abajo y el cielo arriba y a los lados y abajo, porque usted flota con la tierra en la inmensidad, y va rápido, más rápido que un coche caro, tan rápido que no es capaz de imaginarlo y no se sabe a dónde, no se sabe a dónde, porque no hay sentido en el infinito.


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