Ayer por la tarde aparqué junto a un cementerio desconocido.
Cuando regresaba hacia el coche por el camino en lo oscuro se me ocurrió, y se tensó el nudo-en-el-estómago, pero no le di importancia, que era extraño que nunca hubiera visto ese cementerio-barco con sus tumbas escalonadas. Tan hermoso. Sus bancales de muertos. La luz era la misma ahora de noche que cuando llegué de día. Ahogada, ligerísimos sepia y azul. Crepúsculo tan mate como temblor de gasa, soplo frontera de la sombra, frontera, salto, fino cabello de lo intocable. ¡Pero ahí estaba, podría zambullirme en él, qué intocable, podría zambullirme en él, podría zambullirme en él! Por la tarde había un colegio en su hora de gimnasia. Los niños sobre las lápidas, con sus pantaloncitos azules, hacían gimnasia muy serios y orgullosos, sus movimientos sin contundencia, romos, como si un dictador los estuviera observando. Unos metros más allá, aunque invisible, estaba el mar, que me daba ganas de llorar y tensaba el-nudo-en-el-estómago. No estaba sola, aunque no veía a nadie. ¿Quién iba? ¡Ah, de la interfaz! Parecía un sueño. Volvía de noche, digo, y tenía miedo, pero no demasiado. No sé de dónde venía ni a dónde iba y tampoco lo sabía anoche. No sabía nada, no sé nada, nada, no sé nada...
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10 de abril de 2014
10 de marzo de 2013
Hoy me has dado mi cuerpo
Hoy me has dado mi cuerpo.
Que agradezco y tiendo al sol. Cuerpo sano, cuánto te amo, con qué pasión te abrazo.
Hay personas que no entran en el mar ni suben a las cumbres. Hay personas que viven sin cuerpo y de pronto descubren que están enfermas.
El cuerpo es amable como la variedad de todas las ramas en la piel. Miren, si no, ahora, qué calor dentro y en la piel qué agradable frío que quiere entrar hasta el hueso y no puede y entre tanto enerva y estremece.
No, el desprecio del cuerpo no es más que un alardeo de rico, de engranaje que no chirría, o un olvido de lo que cualquier niño sabe: disfrutar de la existencia.
El cuerpo en el mar, ¿entienden? El agua fría que muerde y azota; sienes de menta, pómulos de viento, el mordisco, el mordisco del mar, eso, cuánto lo echarán de menos el primer día que se les ocurra recordar la infancia y de pronto consideren imposible entrar a ser mordidos por el mar porque se sienten viejos, gordos, pesados, enquistados y, aunque no sea cierto, no bajarán a la playa a ser mordidos, pero llorarán. Llorarán de nostalgia del cuerpo y del viento, mar, sol, el triunvirato infantil de la alegría. Añadan si lo desean olor a eucalipto. Madre, empezarán a llorar. Madre, madre mía. Ahora llorarán por su madre. Porque el mar, el sol, el viento y su madre no están con ustedes. Y se mesarán las barbas floridas en las que caerán lágrimas dulces y gordas como las primeras gotas de la tormenta. Lloren y salgan al menos al parque y tiéndanse sobre la tierra, la tierra bajo el lomo, la tierra enorme abajo y el cielo arriba y a los lados y abajo, porque usted flota con la tierra en la inmensidad, y va rápido, más rápido que un coche caro, tan rápido que no es capaz de imaginarlo y no se sabe a dónde, no se sabe a dónde, porque no hay sentido en el infinito.
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