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16 de febrero de 2023

La hierba

Una vez saqué patatas de la tierra negra. Fui con los vecinos de los abuelos. Era amiga de sus hijos y por aquel entonces los niños del campo también trabajaban. Una partida a la yerba. A la siega. Por las altas montañas hasta Santa Yocaya. No hacía sol. Mundito interior en una campana de cristal. Mundito ondulado y recorrido por caminos invisibles. Yo no participé en la siega, pero me dejaron sacar patatas del surco bajo la luz blanca, en la ladera inclinada, junto a la cabaña. Era como si las arrancara. Regresé tumbada sobre el heno acopiado en un carro del país, de los que cantaban, con otros niños. El carro estaba tan cargado que apenas si cabía por las caleyas pendientes y enredadas y las ramas nos tocaban la cara. Los hombres guiaban a las vacas entre las piedras irregulares con gritos tronantes: ¡Uó, Morica! Me metí una hierba en la boca sabiendo que repetía un gesto ancestral. Que participaba en un rito ancestral que pinto ahora en alabanza.

3 de abril de 2019

Él

Nos encantaban los colchones de agua, a mi padre y a nosotras, aunque nunca he probado ninguno.
Nos encantaba el puntillismo. Nos enseñó a dibujar árboles, a pintar árboles, haciendo las hojas con puntitos. Algo tan simple y cómo los demás niños se sorprendían, como si fuera magia.
Nos encantaban los Carmina Burana. Perdón: nos encantaba Carmina Burana de Carl Orf, es decir, que fue el primero disco que tuvimos junto al Rock salvaje de Tequila. Los compramos todos juntos en Galerías Preciados al día siguiente de tener instalado el tocadiscos con los enormes bafles. Bailábamos uno y otro, Carmina Burana y rock salvaje, todo salvaje, en el salón con las cinco ventanas abiertas. Papá imitaba movimientos de ballet mientras nos reíamos y mi madre se llevaba las manos a la cabeza. Se veía lo que hacíamos en toda la plaza.
Nos encantaba ver películas de Tarzán porque sabíamos ya disfrutar de sus recuerdos, los de él. Reíamos con Chita porque reía él.
Nos encantaba. Todo lo que hacía.

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