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10 de abril de 2014

Ayer por la tarde

Ayer por la tarde aparqué junto a un cementerio desconocido.
Cuando regresaba hacia el coche por el camino en lo oscuro se me ocurrió, y se tensó el nudo-en-el-estómago, pero no le di importancia, que era extraño que nunca hubiera visto ese cementerio-barco con sus tumbas escalonadas. Tan hermoso. Sus bancales de muertos. La luz era la misma ahora de noche que cuando llegué de día. Ahogada, ligerísimos sepia y azul. Crepúsculo tan mate como temblor de gasa, soplo frontera de la sombra, frontera, salto, fino cabello de lo intocable. ¡Pero ahí estaba, podría zambullirme en él, qué intocable, podría zambullirme en él, podría zambullirme en él! Por la tarde había un colegio en su hora de gimnasia. Los niños sobre las lápidas, con sus pantaloncitos azules, hacían gimnasia muy serios y orgullosos, sus movimientos sin contundencia, romos, como si un dictador los estuviera observando. Unos metros más allá, aunque invisible, estaba el mar, que me daba ganas de llorar y tensaba el-nudo-en-el-estómago. No estaba sola, aunque no veía a nadie. ¿Quién iba? ¡Ah, de la interfaz! Parecía un sueño. Volvía de noche, digo, y tenía miedo, pero no demasiado. No sé de dónde venía ni a dónde iba y tampoco lo sabía anoche. No sabía nada, no sé nada, nada, no sé nada...

9 de enero de 2014

La rutina

La habitación está en penumbra al despertar. Sólo se cuela una luz viscosa por la cortina granate. Enciendo el foco que hay sobre la cama, la lámpara de leer. Luego, en la cocina, el neón me deslumbra un poco.
Salgo al gris océano del aire.
En el trabajo, luz de oficina. En verano no enciendo nunca, pero en invierno la agonía que entra por la ventana no alcanza. A medio día, cuando salgo del portal para ir a un recado, me acaricia un sol frío que me hace entrecerrar un poco los ojos mientras voy a la plaza del pescado, frente al mar, pero un poco más tarde empieza a llover y al rato es como si el recuerdo del sol perteneciera a otra vida. Todo se llena de agua suspendida, hay gotas microscópicas en las mejillas y en el pelo, como un aura, mientras camino al terminar mi trabajo entre los edificios altos y hogareños de la ciudad. Camino como si atravesara un pantano.
En casa, no enciendo. Disfruto aún de la penumbra. Pero a los cinco minutos necesito buscar algo pequeño, así que enciendo la lámpara de pie de la sala. No basta: enciendo la lámpara del techo. Cuando encuentro la nota que buscaba, apago de nuevo. Camino lentamente por la casa. Me siento en silencio mientras mi mirada se acostumbra a la oscuridad.
Luego llegan los otros y encienden las luces. Todas, parece.
Leo con el aplique de leer de encima de mi cama.
Apago. Me sumo en la oscuridad.

19 de marzo de 2011

Un borde de plumilla


Las gaviotas, los rayos de sol en el visillo y mi mano.
Salgo del sueño y me tiendo en la luz. Muy tenue
pulsa hoy el remolino.  Descansa.
Un borde de plumilla perfila la mañana.

Quiero un pétalo plano en mi lengua como una hostia.
Lanzaré un petirrojo muerto al aire
y observaré su sombra.

En el filo de tu voz, el valle.




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