Mostrando entradas con la etiqueta prosecilla. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta prosecilla. Mostrar todas las entradas

9 de abril de 2025

Menudos orientales perfeccionistas deben elegir para meter los bastoncillos en sus cajas. Absolutamente perfeccionistas, si se puede decir. Están tan ajustados que no sobra un milímetro entre el borde de ninguno y el interior de la pared de cartón. Colocan ex ac tamente los extremos algodonosos uno sobre otro, exac tísimamente, y, lo peor, los fustes o palitos o… Como si en una serrería estuvieran los troncos ahí bajo la lluvia y cubiertos de verdín y todo pero perfectamente ordenados. Como esos bosques de repoblación, tan poca cosa que ni bosques se pueden llamar. Como los manojitos de pelos injertados en el frontal del cajero. Todo lo no natural es así de simétrico. Los troncos de los bastoncillos, ¡ay!, están casi perfectamente paralelos o sea paralelos vete a saber si perfectamente que hay quien dice que es imposible la perfección en el paralelismo o paralelaje uno y otro y otro y venga y otro como un bosque tumbado apretado y oscuro. Inconcebible el tipo de ser que requiere esa perfección. Da miedo, si te paras a pensarlo.

1 de junio de 2016

Títulos

Hay que empezar a poner títulos, esto no puede ser. De ahí surgen todos tus males, de la falta de títulos, o tú qué te crees, ¿que la vida es así, un día tras otro sin empaquetar ni nada, todo a la buena de Dios, manga por hombro? Al aire la lleva, ¿eh? Con razón. Desde mañana mismo quiero título en todo: en los días, en los paseos, en los riachuelos que atravieses, en las parejitas bobas con que te cruces, en los amamantadores de perros que salgan al paso, quiero un título en las nubes y en las horas o dos horas o tres, si es el caso y el título las unifica, quiero título en las semanas y los meses. Ya sabes. Y con garbo. Maldito amorfo.

25 de febrero de 2016

Hijo de puta

Cuando hijo de puta entró en la habitación sentí una hilaridad incontenible y estallé. Es tan delicado, con sus mofletitos rojos.
-Hola, hijo de puta. ¿Qué tal andas? –le dije, haciéndome la campechana. –Ay… -suspiré, como le había visto hacer a él, intentando dejar de reír, suplicando que no hablara.
Sospechaba de mi risa. Siempre sospecha de mí y se pone paranoico, con razón, cuando no puedo dejar de reírme en su presencia. Se pone trascendente, lo cual no hace sino empeorar todo el asunto.
-Bien –y miró al suelo. –Pensando en lo malos que son los humanos unos con otros.
¿Ese hombre quería matarme? Me deslicé al suelo apoyada en la pared, sujetándome la barriga. Dios, hacía mucho que no me reía así. Pegaba patadas al aire. Puñetazos en la pared. Sólo era capaz de decir con un hilo de voz estrangulada: “basta, basta, cállate, hijo de puta”. Le suplicaba, de rodillas, hecha un feto. Ahora se me caían las lágrimas.
-Hay personas que no piensan en las generaciones que nos sucederán.
Maldito sádico. No podía soportarlo más. Me arrastré como pude hasta la puerta y luego escaleras abajo, huyendo de él.
Se asomó a la ventana:
-¡Los objetos no dan la felicidad!
El último ataque tuvo lugar en un charco. Dios mío, cuánto hacía que no me reía así. Vino a mi lado, se agachó y, descubriendo por fin su verdadera naturaleza, me susurró al oído:
-Si pudiera actuar con el cerebro y no con el corazón que se me sale del pecho otro gallo cantaría.
Yo sólo podía rogar, gemir, entre los estertores de mi risa:
-Una ambulancia, una ambulancia –pero me hundía en el agua sucia. Me hundía…
Arriba, el cielo y las siluetas temblorosas de los edificios. –Adiós, hijo de puta…

18 de febrero de 2016

Cagliostro

Fue un lío entre Cagliostro y eso que echan los niños al nacer, como restos de nada del estómago, algas marinas y limo (de ahí de donde vienen, tan hondo) y bueno, eso es el meconio, pero yo pensaba que era cagliostro y no, el calostro, calostro, es la leche primera que se echa al parir, que es un agua pura y perfecta para su boca y que sabe a fondo marino. Bueno, también cuando rompes aguas huele a fuente. Piensas que te has meado pero no; es agua de fuente, un poco caliente pero con un perfume no desagradable. Y eso, tanto fluido la vida, ya se sabe lo del semen, lo sabe cualquiera: también sabe a mar. Fluidos y viscosidad. Aún más: los bebés están llenos de granitos porque su piel es grasienta. Vienen rebozados en algo gris y cuando salen disparados, agarrándose a sí mismos en medio del espacio, al extremo del cordón, la enfermera los para en el aire como un portero, enfermeras de reflejos perfectos, pequeños astronautas de barro, de ojos cerrados. Tanto fluido. Cagliostro. ¿Por qué lo habrán llamado así? Es cómico. Me lo imagino con zapatos rococó y... Joseph Balsamo, meconio, semen. Mierda. Sangre.

28 de enero de 2016

Turbias e iluminadas

Mojar un pie. Calzado. Mojar un pie y reír. Luego entrar hasta la cintura y sentir en las ingles el agua fresca. Las ropas son deliciosas pegadas al cuerpo, piel muerta nuestra y ya no nuestra. Los muslos, las nalgas, la barriga. De pronto nos hundimos hasta el cuello y salimos rápidamente. La piel muerta de las prendas roza los pezones endurecidos. Volvemos a agacharnos y metemos la cabeza bajo el agua. Oh, la cabeza bajo el agua, el mundo desaparecido, la ceguera clara, el ahogo, el tiempo detenido del mar sin tiempo. Estas aguas son turbias e iluminadas y en ellas buceamos como mantas. Esta es toda la música que precisamos.

Animales modernos

No hay animales como los de antes. Terribles, sucios, venidos del más allá. Con bocas como cuevas. 

12 de septiembre de 2015

Miedo y vértigo

El miedo y el vértigo van juntos. Por eso hay que detenerse ante el miedo, porque hay movimiento en el miedo, proyección siempre en el miedo, una atracción en el miedo. Si nos detenemos, si anulamos el futuro, el tiempo, el miedo no existe.
Me quitaron una vez el miedo diciéndome que no existía. Que era boba. Que no existía. "¡Fuera, miedo! Vete. No existes."
Felicidad de lo fácil. Quiero hacer eso con todo. "¡No existes, fuera, imbécil, aparta de mi camino!"

9 de septiembre de 2015

Restos hasta el hartazgo

Aun mientras voy escribiendo siento el caballo embridado que levanta el lomo de alegría y quiere correr y jugar, pero he de calmarlo, he de decirle que se enfríe, susurro, que se enfríe, susurro a su oído con una mano acariciando en amplio abanico lento su cuello poderosísimo. Sé tanto de haberlo visto en películas y leído en libros.
Cómo pretendéis que olvide todo lo que sé de las películas y los libros. No puedo. Forma parte de mí la manera de acariciar un caballo tumbándome hacia adelante y abrazando su cuello poderoso. Es tan mío como que venga una olita pequeña y sin provocar la menor desesperación derribe mis fortines de arena convirtiéndolos en cosa blanda y siga yo con mi paleta añadiendo arena mojada que se desmorona rezumando para hacer entonces una montaña en vez de una muralla. Así de mío es tirarme hacia adelante y susurrar y abrazar con los brazos enteros, fíjate bien, no mezquinamente con las manos, abrazar con todo el cuerpo, el cuello de mi caballo, aunque yo nunca haya montado en caballo, que soy de ciudad grande y las únicas bestias que he montado no tenían cuatro patas. Que una vez me subieron a un burrito gris casi blanco y se me desbocó por el camino del río transparente, y nos saludaban los niños de uniforme a los que rebasábamos.
Vais comer restos hasta el hartazgo.

19 de agosto de 2015

Dieciséis años


Han pasado dieciséis años: un parpadeo, una tos, un trajinar, un rayo, un duermevela, una iluminación, un olvido.

29 de abril de 2015

Abollarse

Trabajo en una oficina a ras de calle —ras, menuda palabrita: ¡RAS! Sigo—. Hay una plaza de aparcamiento a unos tres metros de mi mesa. No veo, porque el escaparate-cristal es opaco, pero oigo con gozo culpable el abollarse de la carrocería blanda de estos coches de hoy en día que son como de papel. Es un crujido lento y perfecto y no, no sé por qué tantos coches se estrellan tan, tan despacio al aparcar aquí, qué trampa mortal oculta esta plaza aparentemente inofensiva para las carcasas conchas de centollo satinadas de los cochecitos de hoy en día. Creo que es una esquina del aire.
Una esquina del aire.

24 de octubre de 2014

A gatas

Aquí puedo escribir cada día un poco y publicar y nadie lo verá si no cae de manera milagrosa por el engendro metiendo en el buscador palabras clave tan azarosamente elegidas que existan, casi, solo en este texto bobo.

29 de agosto de 2014

Para escuchar. Felicitación para Avaritus

Chirbit - Felicitación Avaritus - Estefaniag - share audio easily

Texto:
Avaritus, tú no naciste de cualquier manera. Llegaste con la potencia de un planeta a punto de estallar. Saliste disparado como un astronauta, abrazado a ti mismo, gordito rebozado en barro y replegado al final de un cordón por el que hasta entonces habías respirado. Fue como lanzarte desde muy alto al mar. Fiumm, disparado Yo vi a una enfermera de reflejos perfectos atraparte en el aire como el mejor portero de la historia y me doy cuenta ahora de que por eso eres portero, mi firme, serio, belga, apache y divertido Avaritus, mi amor de los espacios siderales, dime, dónde estabas, de dónde has venido, ¿me enseñarás el camino? Felís, felís cumpleaños.

6 de agosto de 2014

Espuma

Sin garra y humor se convierte uno en chicle y, sin embargo, qué necesaria la blandura, qué eficiente. Ah, fue Kundera, claro, quien lo dijo, que los traductores lo hacían fluido y lo mataban. Quién quiere fluidez. Sólo queremos trozos de fresa en la nata, estrellas en el caldo, estremecimientos en la tarde. Muerte al fluido de revista quincenal, muerte a la autoayuda a muerte.
Lucha, cobarde, lucha, se dice. Tan bruto que jamás se rinde. Mira cómo luchan, qué locos. Mira cómo sangran.
Una paloma picotea una miga.
Te ablandas y todo se ablanda y enternece a tu alrededor.
Las babosas negras tendidas en el camino tras la tormenta,
el mundo irrompible.
Te llevaré del cristal a la espuma, mundo loco, loco mundo.

22 de julio de 2014

Cerveza

Ha dormido tres horas y, sin embargo, suena. Hay una especie de hilo, algo que une y no se rompe sin haber siquiera comenzado a existir, algo que va del aún no del todo oscuro pasado al entrevisto como sol en corriente tímido futuro y permite la existencia; cierta tensión, cierta no molicie absolutamente laxa charco somerísimo. Un paso entre una piedra y otra en el río, entre musgo y agua, una zancada. Y puede que haya sido el juego de esta tarde con su amigo, el que empezó con el camarero celoso que hablaba griego y terminó en un invernadero. Lo no esperable, lo descoyuntado bobo, lo surrealista. Su amigo pensaba en ello cuando mucho después dijo que le gustaba el absurdo. Pero ha dormido sólo tres horas y se siente débil y se promete una vez más no volver a cenar jabalí a medianoche. Es obvio que a su organismo le disgustan el puerco salvaje, al menos un puerco entero para cenar, y que beba directamente del tonel levantándolo con las manos cascadas regurgitantes. Sólo ha dormido tres horas. No. ¡No! Dentro de poco no podrá abrir sin ayuda la puerta del castillo si sigue así. Dentro de poco, si sigue comiendo jabalí tras jabalí y bebiendo tonel tras tonel de cerveza, perderá toda chispa, no podrá levantar vuelo un instante ni imaginar una historia, vendrá un gato cualquiera, le pedirá que se convierta en ratón y no verá la triquiñuela.

31 de enero de 2014

Corro

Veo desde la terraza en la loma verdísima del parque un grupo de niños y adultos que se alejan cogidos de las manos. Manitas de niño en manos de adulto en un corro de risas nerviosas que se desplaza, adentro, afuera, arriba, abajo, y los niños tienen que correr más porque sus piernas son más cortas, pero con las risas no pueden y los adultos los levantan en volandas y los arrastran, cada vez más rápido, como un carrousel borracho porque los niños están borrachos de risa y velocidad, sus piernas arrastradas hacia atrás por la inercia, el pelo de sus cabezas arrastrado hacia atrás, sus mejillas temblorosas como las de los atletas en cámara lenta, los niños ya no pueden reír, dejan de reír y se callan, todo es velocidad, viento en la cara, tampoco los adultos ríen ya, ni siquiera oyen a los adultos ni ven el suelo bajo sus pies o la ciudad alrededor, no ven nada, sólo giran y giran en el corro y el viento no los deja llorar.

9 de enero de 2014

La rutina

La habitación está en penumbra al despertar. Sólo se cuela una luz viscosa por la cortina granate. Enciendo el foco que hay sobre la cama, la lámpara de leer. Luego, en la cocina, el neón me deslumbra un poco.
Salgo al gris océano del aire.
En el trabajo, luz de oficina. En verano no enciendo nunca, pero en invierno la agonía que entra por la ventana no alcanza. A medio día, cuando salgo del portal para ir a un recado, me acaricia un sol frío que me hace entrecerrar un poco los ojos mientras voy a la plaza del pescado, frente al mar, pero un poco más tarde empieza a llover y al rato es como si el recuerdo del sol perteneciera a otra vida. Todo se llena de agua suspendida, hay gotas microscópicas en las mejillas y en el pelo, como un aura, mientras camino al terminar mi trabajo entre los edificios altos y hogareños de la ciudad. Camino como si atravesara un pantano.
En casa, no enciendo. Disfruto aún de la penumbra. Pero a los cinco minutos necesito buscar algo pequeño, así que enciendo la lámpara de pie de la sala. No basta: enciendo la lámpara del techo. Cuando encuentro la nota que buscaba, apago de nuevo. Camino lentamente por la casa. Me siento en silencio mientras mi mirada se acostumbra a la oscuridad.
Luego llegan los otros y encienden las luces. Todas, parece.
Leo con el aplique de leer de encima de mi cama.
Apago. Me sumo en la oscuridad.

12 de agosto de 2013

Vio indios

En medio del bosque atlántico, profundo, fluvial, blando, misterioso, primitivo, prerromano. Vemos un tronco de un árbol que tan enorme es que sus hojas se pierden en lo alto y no sé su raza o especie o título de cartelito si hubiere. Quiero enseñarle que de un lado hay musgo y del otro no, respondiendo ello a que uno está en un sentido cardinal y el otro en el contrario, pero no recuerdo qué sentido es cuál y este tronco tiene musgo por todas partes.
-¿Cuántos años tendrá este árbol?
Me fijo en que dice árbol y yo no he hablado de árbol sino de tronco.
-No sé. Cien. Doscientos.
-Oh.
-Qué.
...
...
-Vio indios.

25 de abril de 2013

Venganza oculta

Se disimula la maldad y camufla en la maleza, que se vuelve noche antes que el cielo. Así, caben la duda o la compasión debida a una historia de maltrato, a un desequilibrio mental o locura, a la desgracia que se ha agarrado a un ser como una sanguijuela. Todo ello es impureza.

Este mal es muy puro. El hombre disfruta hiriendo desde la oscuridad. Cuando deja caer las gotas en la comida de la víctima (ofensor la llama él) su mirada se enturbia de placer. Intensamente se embarga de imaginación. Es mejor que unos momentos más tarde, cuando la ve palidecer o enrojecer y, quizá, levantarse mareada y un poco aturdida de la mesa. Venganza lo llama él.

La venganza oculta es peor que la venganza descubierta. La venganza oculta se complace en el dolor del otro sin darle un sentido. El otro es una rata que chilla y no sabe de dónde ni por qué ha recibido un golpe. No hay respeto, solo odio sin medida, desatado. El vengador disfruta hiriendo. Cortando, abriendo un cuerpo, abalanzándose sobre la carne.

10 de marzo de 2013

Hoy me has dado mi cuerpo


Hoy me has dado mi cuerpo.
Que agradezco y tiendo al sol. Cuerpo sano, cuánto te amo, con qué pasión te abrazo.
Hay personas que no entran en el mar ni suben a las cumbres. Hay personas que viven sin cuerpo y de pronto descubren que están enfermas.
El cuerpo es amable como la variedad de todas las ramas en la piel. Miren, si no, ahora, qué calor dentro y en la piel qué agradable frío que quiere entrar hasta el hueso y no puede y entre tanto enerva y estremece.
No, el desprecio del cuerpo no es más que un alardeo de rico, de engranaje que no chirría, o un olvido de lo que cualquier niño sabe: disfrutar de la existencia.
El cuerpo en el mar, ¿entienden? El agua fría que muerde y azota; sienes de menta, pómulos de viento, el mordisco, el mordisco del mar, eso, cuánto lo echarán de menos el primer día que se les ocurra recordar la infancia y de pronto consideren imposible entrar a ser mordidos por el mar porque se sienten viejos, gordos, pesados, enquistados y, aunque no sea cierto, no bajarán a la playa a ser mordidos, pero llorarán. Llorarán de nostalgia del cuerpo y del viento, mar, sol, el triunvirato infantil de la alegría. Añadan si lo desean olor a eucalipto. Madre, empezarán a llorar. Madre, madre mía. Ahora llorarán por su madre. Porque el mar, el sol, el viento y su madre no están con ustedes. Y se mesarán las barbas floridas en las que caerán lágrimas dulces y gordas como las primeras gotas de la tormenta. Lloren y salgan al menos al parque y tiéndanse sobre la tierra, la tierra bajo el lomo, la tierra enorme abajo y el cielo arriba y a los lados y abajo, porque usted flota con la tierra en la inmensidad, y va rápido, más rápido que un coche caro, tan rápido que no es capaz de imaginarlo y no se sabe a dónde, no se sabe a dónde, porque no hay sentido en el infinito.


Alguien ha leído este blog


Me he enterado de que alguien ha leído este blog y me ha hecho una ilusión bárbara.
Tanto es así que quizá.
Además sería una forma de.

Como si la diversión pudiera ser pura.

Bárbara, malvada, diversión.

¡Recomienda este blog!