Esto es lo que me ocurre desde que he dejado la droga:
Tengo ganas de hablar sin constricción. Como de quitarme el corsé (ah, otro día cuento lo del corsé). De destarabicarme, que se dice cuando se trata de un niño o que digo yo por no hablar de euforia cuando se trata de mí.
He dicho ahora en otra ventana que "A mí me parece muy realista. Es ir quitándose de encima las tareas domésticas, enfrentándose a las mezquindades laborales, a las pequeñas fealdades de amigos o amantes, a las decepciones de la difícilmente construida pequeña ilusión, al insomnio y el cansancio del cuerpo, a las articulaciones humedecidas por la lluvia, a la factura de la luz, a las minucias cotidianas, en fin, lo que desgasta, engrisece, quita ganas" y me he puesto alegre de pronto. Es lo que tiene la parodia, que hace imposible volver a mirar con inocencia, sin distancia, sin doblez. Ahora todo eso, la factura de la luz, la mezquindad, las calles negras de hollín y lluvia de la infancia, carece de importancia. Hoy me han despertado a besos. Me han abrazado con timidez y arrobo. He sentido una nariz minúscula y fría en mis labios. Y tengo proyectos. Qué más da lo feo.
Cuando era pequeña oía la sirena de la fábrica y el ruido de los coches en los charcos, bajo mi ventana, en las mañanas de invierno. A la tristeza que puede imaginar un niño no alcanzará un adulto. Es tristeza pura, no egoísta, no producto de una situación personal. Es una tristeza del aire, de las fachadas. La tristeza de una tienda de telas con dependiente de nariz larga y roja (la luz es naranja), de una pared de cocina de azulejos blancos (la mujer deja el cuchillo y enciende un cigarro), de partido de fútbol radiado en un autobús iluminado que cruza la noche húmeda. La sospecha de que la vida pueda ser eso.
No me basta tampoco la otra ventana, la de brevedades. Al infierno.
A quien se aburra, que Dios lo ayude.
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1 de abril de 2009
desear
Hacía sol.
Recordó el pasado: el tiempo pasado. El tiempo gramatical pasado. El de las historias.
Volvió la magia, con esa humildad emocionante de dios niño.
En susurros: aún nos atrevemos a desear más. Se levantó y se volvió a acuclillar. Luego se arrodilló y metió la nariz en la tierra. El cielo aún estaba enrojecido al anochecer, las venas hinchadas en ese ojo inclemente. No, no, no. En susurros.
Más. Un poco más. Aún la tensión no ha cecido, aún hay un temblor de terremoto, de dinosaurio que se remueve, y esos anochecheres rojos.
Un poco más, deseamos. Un poquito sólo.
Una brisa de paz, de flojera, de abandono. Que vaya todo bien. Y no nos olvidemos del dinero, que hace un sonido inquietante y molesto cuando es demasiado poco. Y no nos olvidemos de esto, ni de lo otro. Ni de las noches del cielo rojo... ése es el título de una novela de Burroughs que leí muy joven. No entendía nada, pero ah, me encantó.
Hacía sol. Leía en un merendero. Olía a crema bronceadora y de fondo oía las voces de mis tías entre el susurro de los avellanos.
Recordó el pasado: el tiempo pasado. El tiempo gramatical pasado. El de las historias.
Volvió la magia, con esa humildad emocionante de dios niño.
En susurros: aún nos atrevemos a desear más. Se levantó y se volvió a acuclillar. Luego se arrodilló y metió la nariz en la tierra. El cielo aún estaba enrojecido al anochecer, las venas hinchadas en ese ojo inclemente. No, no, no. En susurros.
Más. Un poco más. Aún la tensión no ha cecido, aún hay un temblor de terremoto, de dinosaurio que se remueve, y esos anochecheres rojos.
Un poco más, deseamos. Un poquito sólo.
Una brisa de paz, de flojera, de abandono. Que vaya todo bien. Y no nos olvidemos del dinero, que hace un sonido inquietante y molesto cuando es demasiado poco. Y no nos olvidemos de esto, ni de lo otro. Ni de las noches del cielo rojo... ése es el título de una novela de Burroughs que leí muy joven. No entendía nada, pero ah, me encantó.
Hacía sol. Leía en un merendero. Olía a crema bronceadora y de fondo oía las voces de mis tías entre el susurro de los avellanos.
30 de julio de 2008
Verano de 2008
Caminaba mal con las sandalias. Decidí bajar a la arena y quitármelas. Caminé con ellas en la mano a lo largo de la playa hasta la escalera 10, donde me esperaban. La carne de las personas que corrían a veces en pos de una pelotita bajo el sol suave, sus carnes, como olas color arena, se movían. También estaban por allí el viento. El cielo.
Sobre todo el agua.
Me sentí feliz.
Increíblemente pesada. Pegada a la arena. Sobre las patas.
El viejo pensamiento de la fealdad de la gente surgió de nuevo, pero ahora me produce una gran ternura. Somos tan feos todos.
Mi hermana dijo una vez:
-Pero nadie es tan monstruoso como nosotras.
Ternero y Gatito estuvieron escarbando un pozo. Una piscina. Una charca. Su lago. Querían hacer pis y yo les aseguré que su pis en el Océano era tanto como una gota. Tuve que decirles que infinito menos pis igual a cero. Qué más da que no tenga sentido si a mí me sirve. Ternero balbucea siempre de infinito. Sabe que no hay nada mayor, le encanta el infinito, por influencia de su gran hermano, Monito. Me lamieron, revolcándose en su lago. Gritaron.
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Sobre todo el agua.
Me sentí feliz.
Increíblemente pesada. Pegada a la arena. Sobre las patas.
El viejo pensamiento de la fealdad de la gente surgió de nuevo, pero ahora me produce una gran ternura. Somos tan feos todos.
Mi hermana dijo una vez:
-Pero nadie es tan monstruoso como nosotras.
Ternero y Gatito estuvieron escarbando un pozo. Una piscina. Una charca. Su lago. Querían hacer pis y yo les aseguré que su pis en el Océano era tanto como una gota. Tuve que decirles que infinito menos pis igual a cero. Qué más da que no tenga sentido si a mí me sirve. Ternero balbucea siempre de infinito. Sabe que no hay nada mayor, le encanta el infinito, por influencia de su gran hermano, Monito. Me lamieron, revolcándose en su lago. Gritaron.
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