Mostrando entradas con la etiqueta lectura. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta lectura. Mostrar todas las entradas

18 de julio de 2017

Abades





Yo con esto lloro y me expando de gozo.
No puedo evitarlo. He de declarar mi amor.
Leí en 2010 o 2011 Abades en extrañas circunstancias.
Nos fuimos a Santillana, ciudad medieval, a una feria de libros artísticos que se celebraba dentro de una basílica helada. Yo llevaba mi capita negra. Estaba transida de dolor y amor aquel año, aquellos años, aquella vida. Estaba aquella vida quebrada de dolor. Era un grito y un gemido. Da lo mismo.
El frío me penetraba lentamente y reblandecía mis huesos, así que salía al césped a tirarme al sol con Abades. Salía del olor de la piedra al olor de la tierra. Salía y me tiraba al suelo con este libro que creía haber cogido al azar de la librería y otro que también creí coger al azar, pero que tan perfecta compañía hacía al primero que no, no pudo ser azar. Un librito sobre pintura romántica de Acantilado, de Rafael Argullol. Los leí a la vez. Salía al pequeño prado junto a la basílica y leía mientras el sol lamía lentamente mis huesos de espuma, y me expandía un poco. A veces había niños que se me lanzaban encima y me cabalgaban llorando. Otras turnaba a mi marido en la oscuridad de piedra para que él viera el sol. Se protegía los ojos al salir, como un vampiro. Vendimos muy poco. Cuando yo estaba erguida los que pasaban no se atrevían a mirarme porque espantaba. Pero me tendía sobre la tierra no del todo seca, sobre su exhalación. Me tendía sin tiempo. Abades es medieval, romántica, postmoderna, y su belleza deja los ojos en blanco. El mar estaba cerca y había un sol que no quemaba. Mis huesos, como el monte Saint-Michel en que levanta su abadía Éble en el libro, estaban hechos de agua y arena, y mi alma era de aire y fuego blanco. Todo lo había llevado la riada y los elementos se habían fundido en un caos claro y no se separaban. Como el paisaje sin forma que contempla el monje de Friedrich de la portada de no sé qué edición de Abades, así nos deshacíamos y fundíamos yo y el mundo, dulcemente podridos, blandos, amantes. Y cuando vuelvo a tomar como hoy el libro y lo empiezo me fundo otra vez y me deshago, dulcemente podrida, blanda, amante.

31 de mayo de 2016

En el Waingunga

Bagheera se levantó y se desperezó, llenando de pavor a unas gacelas que comían cañas no lejos de ella. Habló con voz tan negra como su pelaje, riendo para sí.
–Criaturas hermosas… no tembléis. Cuando decida cuál de vosotras será mi cena de esta noche no os daré tiempo para sufrir.
–Huid, huid por aquel lado –se decían unas a otras.
–Criaturas hermosas… Gracias por permitirme veros huir de mí –siguió diciendo para sí misma. –Sería un placer devoraros, pero he decidido seguir una nueva dieta…
Miró hacia lo alto, hacia unos frutos rojos e hinchados que colgaban de una rama no demasiado alejada. Subió por el tronco inclinado de un árbol y llegó tan arriba como pudo. Desde allí estiró la pata y con las zarpas intentó alcanzar los frutos. Falló un par de veces, pero la siguiente vez consiguió hacer caer el racimo, que hizo ruido al llegar al suelo. Bajó con la elegancia de que presumía y se sentó con las patas delanteras recogidas bajo su pecho, cual esfinge, frente a los frutos. Los miró con los párpados medio caídos durante un buen rato. Se relamió, intentando animarse a sí misma. Pensó, con palabras:
–Qué magnífico racimo de fruta.
Pero no sintió el interior cosquilleo que le producía la vista de una gacela.
–Qué color tan intenso.
Pero no sintió la saliva deslizándose por las comisuras de su boca como un río.
–Qué perfume embriagador.
Pero tuvo que decirse a sí misma que “embriagador” era una hipérbole, como mínimo. Dejó caer la barbilla sobre su pata y miró tristemente al racimo.
–Esta ranita siempre está intentando dominarme… Esta ranita enamorada de las gacelas me causa mucha congoja. Tanto la quiero a la ranita, a mi Mogwli, y tanto miedo me da su mirada de Hombre, que le he prometido algo triste como la mañana después de que la Flor Roja devore el bosque. Pero no me siento arder con estos frutos ante mí, no…
–¿Qué haces, Bagheera, viejo pedazo de noche? –dijo Mogwli, caminando hacia ella. - ¿Qué miras con tanto interés?
–Miro este estupendo racimo de fruta que me he de zampar ahora mismo de un bocado…
–Me alegro de que estés cogiendo gusto a la fruta, Bagheera.
–Sí, yo también me alegro… me siento limpia y buena –continuó. Mas el tono de su voz no reflejaba la alegría que decía tener en su corazón.
–Voy al lago, a pescar. ¿Quieres cenar una trucha conmigo, Bagheera? He prometido también cazar algo para Akela.
–No, ranita. Lo que yo quiero no necesito ayuda para cazarlo...
–Luego te veré, Bagheera… –se despidió Mogwli, con su cuchillo colgando del cuello como el colmillo de un tigre.
Bagheera olisqueó en torno mientras se decidía a hincar el diente en la fruta. Bullía el aire a aquella hora con millones de mosquitos y criaturas apenas visibles. Era estruendosa la selva. Alrededor suyo, en el suelo, una alfombra roja de frutos como el que se disponía a comer, mas ya podridos, le recordaba que pronto llegaría la estación de las aguas, en que la caza escasea.
–Ahora, es ahora cuando las gacelas son más… más….
Se puso a pensar en los muchos veranos que podía recordar y sintió un oscuro y agudo aguijón clavarse bajo su corazón. La fruta olía a hombre, a mercado. Así había olido cuando fue prisionera en su juventud, allá en Oodeypore. Allí, dentro de la jaula en que la mantuvieron cautiva, rodeada de aquel olor a hombre, deseó, casi constantemente, casi exclusivamente, poder correr tras una gacela. Tuvo miedo de no regresar jamás a la selva y soñó con las gacelas bebiendo en el río Waingunga y huyendo de ella, costado contra costado.
Se relamió, se levantó lentamente, y pensó:
–La ranita tendrá que perdonarme quiéralo o no.
Y se encaminó, silenciosa, por donde aquéllas habían huido.

30 de mayo de 2016

Cada noche te leo

Monito:
Cada noche te leo. Anoche perdimos La isla del Tesoro. Desapareció. Así que empecé a leeros El bosque animado. No decías nada, atento como siempre. Cuando tuve que ir a consolar a Gatito, que lloraba en la otra habitación, te levantaste y preguntaste muy serio con tu voz de pífano:
—Pero, en este libro, ¿va a pasar algo y van a hablar o son todo esas tonterías del bosque?
Te gusta escucharme, aunque no entiendas mucho de lo que oyes. Pero necesitas un poco de acción, ¿verdad? Por supuesto, Monito.
Esta noche tendrás acción.
¡Recomienda este blog!