Matthew Stone
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20 de febrero de 2019
13 de junio de 2017
Canción de amor de los caracoles
El olor de un ser que siempre ha estado solo, oliéndose a sí mismo en su estancia sin otros,
oliendo su acre mismidad.
y el olor de otro ser solo que sólo a sí mismo ha olido
se encuentran.
Se transforman en caracoles y se aman como caracoles, intercambiando partículas que se desprenden con el rozamiento.
En la siesta llega hasta ellos el olor dulzón de un guiso de carne, un regusto de vino,
y vuelven a amarse
abriéndose y penetrándose de la grandeza de todo lo que tienen por delante.
La despreocupación por la forma, los desayunos orgiásticos de las babosas, los frotamientos de los mil aromas.
9 de agosto de 2013
Del fuego
Quemé todo. Lo metí en la papelera y prendí fuego. Todo lo que había escrito durante muchos años y arrastraba conmigo ardió en un ritual valiente. Archivos larguísimos de texto sin forma, de masa amorfa. Odiaba la obligación que sentía de volver algún día a leer todo aquello, que había crecido desmesuradamente y que, aun guardando semillas y, seguramente, ideas interesantes, requeriría de muchísimas horas y días y semanas (y ¿meses? ¿años? ¿Y si lo único que hacía a partir de ese momento se reducía a volver una y otra vez a lo mismo, a mi yo pasado, a mis restos, a mis restos de mí?) de trabajo para revisarlo, eliminar la mayor parte y dejar alguna cosa sobresaliente o prometedora.
Los primeros meses me sentía ligera y limpia, lista para comenzar, pero desde hace unas semanas tengo cada vez más clara la impresión de haber perdido algo, una de esas pérdidas frecuentes que no asustan porque sabes que has perdido eso, lo que sea, en casa y que tarde o temprano aparecerá. Constantemente siento que lo voy a encontrar, aquella masa amorfa mía, en una pantalla cualquiera, en un archivo oculto detrás de algún árbol o enterrado en el humus.
Hoy volví a safesync y no pude entrar. Llamé a Irlanda para ver si era posible recuperar la cuenta medio año después. Ni siquiera les dije que previamente había quemado todo. Sé que no podrán. Es un último intento desesperado de... ¿qué? ¡Si estoy aquí, ahora!
Escarbo en las cenizas. Busco algo y no sé qué es. Aquella ligereza ya no la siento. Ahora es pérdida. Pérdida. Personas, personas niños recuerdos lugares lágrimas sueños. Todo muerto.
Los primeros meses me sentía ligera y limpia, lista para comenzar, pero desde hace unas semanas tengo cada vez más clara la impresión de haber perdido algo, una de esas pérdidas frecuentes que no asustan porque sabes que has perdido eso, lo que sea, en casa y que tarde o temprano aparecerá. Constantemente siento que lo voy a encontrar, aquella masa amorfa mía, en una pantalla cualquiera, en un archivo oculto detrás de algún árbol o enterrado en el humus.
Hoy volví a safesync y no pude entrar. Llamé a Irlanda para ver si era posible recuperar la cuenta medio año después. Ni siquiera les dije que previamente había quemado todo. Sé que no podrán. Es un último intento desesperado de... ¿qué? ¡Si estoy aquí, ahora!
Escarbo en las cenizas. Busco algo y no sé qué es. Aquella ligereza ya no la siento. Ahora es pérdida. Pérdida. Personas, personas niños recuerdos lugares lágrimas sueños. Todo muerto.
10 de noviembre de 2012
No ver y no oír
Nunca hemos hablado del no ver y del no oír.
Vemos. Vemos bultos y oímos sonidos amortiguados como si camináramos siempre entre blanduras. Filtramos lo superfluo. No vemos la superficie de las cosas. No vemos los granos ni las venitas rotas. No vemos lamparones en el mantel, excepto por una flor de vino. Todo es como lo queremos: inacabado, siempre naciendo. Porque las manchas de luz, oh, espléndida luz, el tinte, oh, esplendoroso tinte, eso, llega limpio de menudencias.
El mar. Un lienzo de mercurio que respira, un espigón oscuro. El rumor nos enerva.
Un árbol. Su dramatismo, las luchas que mantiene con sus ramas y con el viento, los nudos que lo atan.
El espacio. El grosor de columnas cuya altura se nos escapa, una estancia tan grande que no sabemos si estamos solos.
Un hombre. Una sombra curva, un trazo vertical, un caminar. La velocidad con que se acerca o se alejará, la intensidad con que se recorta del fondo. Para qué más. Qué has comido, el azúcar me gusta más que la miel. Nada de eso. Adivinamos su mirada estremecida. Empezamos a andar a su lado. No oímos más que su respiración, que se acompasa a la nuestra poco a poco hasta que no la distinguimos y el aliento es uno, de un solo hombre.
Solo nos ponemos gafas cuanto tenemos miedo. Para ver más.
Vemos. Vemos bultos y oímos sonidos amortiguados como si camináramos siempre entre blanduras. Filtramos lo superfluo. No vemos la superficie de las cosas. No vemos los granos ni las venitas rotas. No vemos lamparones en el mantel, excepto por una flor de vino. Todo es como lo queremos: inacabado, siempre naciendo. Porque las manchas de luz, oh, espléndida luz, el tinte, oh, esplendoroso tinte, eso, llega limpio de menudencias.
El mar. Un lienzo de mercurio que respira, un espigón oscuro. El rumor nos enerva.
Un árbol. Su dramatismo, las luchas que mantiene con sus ramas y con el viento, los nudos que lo atan.
El espacio. El grosor de columnas cuya altura se nos escapa, una estancia tan grande que no sabemos si estamos solos.
Un hombre. Una sombra curva, un trazo vertical, un caminar. La velocidad con que se acerca o se alejará, la intensidad con que se recorta del fondo. Para qué más. Qué has comido, el azúcar me gusta más que la miel. Nada de eso. Adivinamos su mirada estremecida. Empezamos a andar a su lado. No oímos más que su respiración, que se acompasa a la nuestra poco a poco hasta que no la distinguimos y el aliento es uno, de un solo hombre.
Solo nos ponemos gafas cuanto tenemos miedo. Para ver más.
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