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30 de junio de 2021
28 de diciembre de 2017
Te va a llegar
Subo la cuesta arrastrando los pies. Ya oscurece.
Una mujer borracha a la puerta del bar le dice a otra con ojos despavoridos y poniéndole la mano en el cuello: «Tía, tía, que te va a llegar, que a todos nos llega, que te va a llegar».
Una mujer borracha a la puerta del bar le dice a otra con ojos despavoridos y poniéndole la mano en el cuello: «Tía, tía, que te va a llegar, que a todos nos llega, que te va a llegar».
5 de enero de 2017
El señor Marcus
¡Es tan sencillo! Desde que conozco al Señor Marcus comprendo mejor porqué tengo que mantenerme dura en ocasiones y porqué en otras ocasiones puedo permitirme deshacerme, como por ejemplo en el otoño, o en los jardines románticos. Pero jamás en la ciudad, o en presencia de extraños que no sean capaces de compartir mi sentido del humor sin haber sido prevenidos con antelación. El Señor Marcus sí supo ver en mí. Entonces yo estaba llena de angustia por no saber aceptar mi odio. Tenía aquellas pesadillas terribles y creía que era una malvada, que había en mí un ser depravado esperando la primera oportunidad para salir. Él supo. Me acompañó a casa de Émile y esperó mientras yo le decía lo que le tenía que decir.
—Émile . No me gusta el olor a medicinas y a meadas que hay en tu casa.
—Eres tan dulce.
—Émile . No te debo nada por un favor que me hiciste sin que te lo solicitara. No me hiciste firmar un contrato. Perjudicaste a otros para hacerme un regalo que no pedí.
—Pero tú eres demasiado dulce…
—Émile . Cada noche sueño que acabo contigo a hachazos, así que es mejor que no vuelva por aquí.
—Oh, mi pequeña, tú eres tan dulce… no puedes decirme esas cosas. Tú aceptaste mi anillo. Yo he hecho mucho por ti.
—Émile . No acepté tu anillo, sólo me diste pena. Tómalo.
—Vienes protegida, pequeña. Eres tan dulce… ¿es ese hombre el que te ha convencido?
—Émile . Eres un gusano.
—¡Yo te he dado todo! ¡No eras nada! ¡Una basura!
Vino hacia mí con su boca babeante. Estaba aterrorizado, porque ahora tendría que dormir solo y sus enemigos vendrían a vengarse, no estando yo allí para protegerlo. La noche era caliente, ya había pasado el invierno de dolor.
Cuando salí de aquel lugar me sentí tan feliz que no sabía qué hacer. Salté y me subí a los árboles, desde donde saludé al señor Marcus mientras decía que a ver si sabía dónde había un monito que lo quería. Yo lo llamé siempre señor Marcus. Él protestaba, pero ni una sola vez dejé de llamarlo así. ¡Amor!
Esa noche nos amamos. En un cuarto vacío hicimos nuestras cosas. Yo escupí sobre mis pechos y él me lamió y también yo lo lamí a él. El señor Marcus siempre se insulta. Habla de sí mismo como “gusano de mierda”. Se llama a sí mismo “el gusano de mierda oledor de mierda”. Fantástico. No tiene nada de eso. Nada. Él es bueno y dulce. Dice que algún día va a escribir algo, no obstante, que pueda depositar con brusquedad sobre una mesa.
El Señor Marcus me llevó al circo y en un momento me escapé y me subí al trapecio. Todo el mundo se reía y al final recibí un aplauso. El Señor Marcus se asustó, pero luego se sintió muy feliz.
—Émile . No me gusta el olor a medicinas y a meadas que hay en tu casa.
—Eres tan dulce.
—Émile . No te debo nada por un favor que me hiciste sin que te lo solicitara. No me hiciste firmar un contrato. Perjudicaste a otros para hacerme un regalo que no pedí.
—Pero tú eres demasiado dulce…
—Émile . Cada noche sueño que acabo contigo a hachazos, así que es mejor que no vuelva por aquí.
—Oh, mi pequeña, tú eres tan dulce… no puedes decirme esas cosas. Tú aceptaste mi anillo. Yo he hecho mucho por ti.
—Émile . No acepté tu anillo, sólo me diste pena. Tómalo.
—Vienes protegida, pequeña. Eres tan dulce… ¿es ese hombre el que te ha convencido?
—Émile . Eres un gusano.
—¡Yo te he dado todo! ¡No eras nada! ¡Una basura!
Vino hacia mí con su boca babeante. Estaba aterrorizado, porque ahora tendría que dormir solo y sus enemigos vendrían a vengarse, no estando yo allí para protegerlo. La noche era caliente, ya había pasado el invierno de dolor.
Cuando salí de aquel lugar me sentí tan feliz que no sabía qué hacer. Salté y me subí a los árboles, desde donde saludé al señor Marcus mientras decía que a ver si sabía dónde había un monito que lo quería. Yo lo llamé siempre señor Marcus. Él protestaba, pero ni una sola vez dejé de llamarlo así. ¡Amor!
Esa noche nos amamos. En un cuarto vacío hicimos nuestras cosas. Yo escupí sobre mis pechos y él me lamió y también yo lo lamí a él. El señor Marcus siempre se insulta. Habla de sí mismo como “gusano de mierda”. Se llama a sí mismo “el gusano de mierda oledor de mierda”. Fantástico. No tiene nada de eso. Nada. Él es bueno y dulce. Dice que algún día va a escribir algo, no obstante, que pueda depositar con brusquedad sobre una mesa.
El Señor Marcus me llevó al circo y en un momento me escapé y me subí al trapecio. Todo el mundo se reía y al final recibí un aplauso. El Señor Marcus se asustó, pero luego se sintió muy feliz.
23 de diciembre de 2016
Fea
Se volvió tan fea como un charco de nieve derretida. De repente no sé que hizo con su vida pero empezó a meter la pata y se puso fea. Lo tuvo todo en sus manos. Todo lo tuvo la muy imbécil. Podía haber conseguido lo que hubiera querido. Pero se volvió fea como un árbol al lado de una cantera. Yo le dije tendrás lo que desees, tienes 10 años para conseguirlo. Y ella lo tiró todo por la borda. Emitía luz cuando caminaba. Pero estaba contaminada, y no lo vi hasta que fue demasiado tarde. Ahora se ha vuelto fea, fea como una tarde de domingo. Se ha casado con uno del pueblo que tiene una tienda de calefacciones. Me desgarra verla tan fea. No quiero. Me niego a verla tan fea. Cerraré los ojos. Fuera, hija. No quiero verte.
28 de mayo de 2016
Diálogos de amor
I.
-No elaboras sentidos. No construyes nada. No haces nada con este amor. Eres estéril.
-¿Y qué demonios quieres que haga con el amor?
-Construir algo, una teoría, un diamante, paladearlo, hacerlo tuyo.
-¡Es mío!
-No. Es como si vivieras sobre la Tierra pero no fueras consciente de su generosidad. Y no me mires así.
-¿Cómo te miro?
-Con ojos de loco. Enfadado.
-¿Y cómo quieres que te mire?
-No quiero que me mires. Quiero que hables. Que digas algo. Eres como un trozo de madera. ¿No quieres nada?
-Te quiero a ti.
-¿Y cómo puedo saber yo eso? Querrías a cualquiera que cumpliera las mismas funciones.
-Sólo existes tú. Déjame en paz,
II.
-¿Qué me miras con ojos de loco?
-Voy a arder de pureza.
-¿Y qué quieres que haga yo?
-Nada. Esto es cosa mía. No te puedo querer así.
-¿Cómo?
-Duele. Demasiada pureza la de este amor.
-¡Y qué quieres que haga yo?
-Tengo que hacerlo real. Ensuciarlo un poco.
-Ensucia lo que te dé la gana.
De la otra le gustaron las nalgas especialmente. Más que las de ella. Y volvió. Más real, según él. Más tranquilo.
-No elaboras sentidos. No construyes nada. No haces nada con este amor. Eres estéril.
-¿Y qué demonios quieres que haga con el amor?
-Construir algo, una teoría, un diamante, paladearlo, hacerlo tuyo.
-¡Es mío!
-No. Es como si vivieras sobre la Tierra pero no fueras consciente de su generosidad. Y no me mires así.
-¿Cómo te miro?
-Con ojos de loco. Enfadado.
-¿Y cómo quieres que te mire?
-No quiero que me mires. Quiero que hables. Que digas algo. Eres como un trozo de madera. ¿No quieres nada?
-Te quiero a ti.
-¿Y cómo puedo saber yo eso? Querrías a cualquiera que cumpliera las mismas funciones.
-Sólo existes tú. Déjame en paz,
II.
-¿Qué me miras con ojos de loco?
-Voy a arder de pureza.
-¿Y qué quieres que haga yo?
-Nada. Esto es cosa mía. No te puedo querer así.
-¿Cómo?
-Duele. Demasiada pureza la de este amor.
-¡Y qué quieres que haga yo?
-Tengo que hacerlo real. Ensuciarlo un poco.
-Ensucia lo que te dé la gana.
De la otra le gustaron las nalgas especialmente. Más que las de ella. Y volvió. Más real, según él. Más tranquilo.
7 de abril de 2016
Cuento de terror
—Mami, me he atascado, mami, ayúdame.
—Sal de ahí.
—Pero me he atascado.
—Shsh. Tranquilo. Sal. Poco a poco. Ven.
Se refería a su mente. Aunque quizá estaba atrapado entre dos sillas. Su voz era fina y su llamada apremiante.
3 de marzo de 2016
Demonios
Sin duda, creo en los demonios, los que hablan al oído.
Ese ángel que se les enfrenta no tiene mas que luz.
Ellos tienen historias. Conflictos. Se ceban en la posibilidad.
En la angustia de la irreversibilidad.
Sí, creo en el diablo, el que se mira a sí mismo.
No tenemos más que mirarnos para volvernos demonios.
Nos miramos a nosotros mismos desde afuera, pobres diablos, como si fuéramos autores de una historia y protagonistas de esa misma historia. Es más: como si hubiera una historia.
La historia, el arma del diablo.
Los ángeles sólo tienen eternidad.
¿De verdad ofreciste tu alma? No lo creo.
Conceder los deseos es la segunda arma del diablo.
Lo tiene fácil. Luego los demonios se crean historias en nuestro oído espantado.
Desde luego que creo en el diablo.
En la angustia de la irreversibilidad.
Sí, creo en el diablo, el que se mira a sí mismo.
No tenemos más que mirarnos para volvernos demonios.
Nos miramos a nosotros mismos desde afuera, pobres diablos, como si fuéramos autores de una historia y protagonistas de esa misma historia. Es más: como si hubiera una historia.
La historia, el arma del diablo.
Los ángeles sólo tienen eternidad.
¿De verdad ofreciste tu alma? No lo creo.
Conceder los deseos es la segunda arma del diablo.
Lo tiene fácil. Luego los demonios se crean historias en nuestro oído espantado.
Desde luego que creo en el diablo.
10 de abril de 2014
Ayer por la tarde
Ayer por la tarde aparqué junto a un cementerio desconocido.
Cuando regresaba hacia el coche por el camino en lo oscuro se me ocurrió, y se tensó el nudo-en-el-estómago, pero no le di importancia, que era extraño que nunca hubiera visto ese cementerio-barco con sus tumbas escalonadas. Tan hermoso. Sus bancales de muertos. La luz era la misma ahora de noche que cuando llegué de día. Ahogada, ligerísimos sepia y azul. Crepúsculo tan mate como temblor de gasa, soplo frontera de la sombra, frontera, salto, fino cabello de lo intocable. ¡Pero ahí estaba, podría zambullirme en él, qué intocable, podría zambullirme en él, podría zambullirme en él! Por la tarde había un colegio en su hora de gimnasia. Los niños sobre las lápidas, con sus pantaloncitos azules, hacían gimnasia muy serios y orgullosos, sus movimientos sin contundencia, romos, como si un dictador los estuviera observando. Unos metros más allá, aunque invisible, estaba el mar, que me daba ganas de llorar y tensaba el-nudo-en-el-estómago. No estaba sola, aunque no veía a nadie. ¿Quién iba? ¡Ah, de la interfaz! Parecía un sueño. Volvía de noche, digo, y tenía miedo, pero no demasiado. No sé de dónde venía ni a dónde iba y tampoco lo sabía anoche. No sabía nada, no sé nada, nada, no sé nada...
Cuando regresaba hacia el coche por el camino en lo oscuro se me ocurrió, y se tensó el nudo-en-el-estómago, pero no le di importancia, que era extraño que nunca hubiera visto ese cementerio-barco con sus tumbas escalonadas. Tan hermoso. Sus bancales de muertos. La luz era la misma ahora de noche que cuando llegué de día. Ahogada, ligerísimos sepia y azul. Crepúsculo tan mate como temblor de gasa, soplo frontera de la sombra, frontera, salto, fino cabello de lo intocable. ¡Pero ahí estaba, podría zambullirme en él, qué intocable, podría zambullirme en él, podría zambullirme en él! Por la tarde había un colegio en su hora de gimnasia. Los niños sobre las lápidas, con sus pantaloncitos azules, hacían gimnasia muy serios y orgullosos, sus movimientos sin contundencia, romos, como si un dictador los estuviera observando. Unos metros más allá, aunque invisible, estaba el mar, que me daba ganas de llorar y tensaba el-nudo-en-el-estómago. No estaba sola, aunque no veía a nadie. ¿Quién iba? ¡Ah, de la interfaz! Parecía un sueño. Volvía de noche, digo, y tenía miedo, pero no demasiado. No sé de dónde venía ni a dónde iba y tampoco lo sabía anoche. No sabía nada, no sé nada, nada, no sé nada...
10 de marzo de 2013
Alguien ha leído este blog
Me he enterado de que alguien ha leído este blog y me ha hecho una ilusión bárbara.
Tanto es así que quizá.
Además sería una forma de.
Como si la diversión pudiera ser pura.
Bárbara, malvada, diversión.
19 de marzo de 2011
Un borde de plumilla
Las gaviotas, los rayos de sol en el visillo y mi mano.
Salgo del sueño y me tiendo en la luz. Muy tenue
pulsa hoy el remolino. Descansa.
Un borde de plumilla perfila la mañana.
Quiero un pétalo plano en mi lengua como una hostia.
Lanzaré un petirrojo muerto al aire
y observaré su sombra.
En el filo de tu voz, el valle.
1 de abril de 2009
desear
Hacía sol.
Recordó el pasado: el tiempo pasado. El tiempo gramatical pasado. El de las historias.
Volvió la magia, con esa humildad emocionante de dios niño.
En susurros: aún nos atrevemos a desear más. Se levantó y se volvió a acuclillar. Luego se arrodilló y metió la nariz en la tierra. El cielo aún estaba enrojecido al anochecer, las venas hinchadas en ese ojo inclemente. No, no, no. En susurros.
Más. Un poco más. Aún la tensión no ha cecido, aún hay un temblor de terremoto, de dinosaurio que se remueve, y esos anochecheres rojos.
Un poco más, deseamos. Un poquito sólo.
Una brisa de paz, de flojera, de abandono. Que vaya todo bien. Y no nos olvidemos del dinero, que hace un sonido inquietante y molesto cuando es demasiado poco. Y no nos olvidemos de esto, ni de lo otro. Ni de las noches del cielo rojo... ése es el título de una novela de Burroughs que leí muy joven. No entendía nada, pero ah, me encantó.
Hacía sol. Leía en un merendero. Olía a crema bronceadora y de fondo oía las voces de mis tías entre el susurro de los avellanos.
Recordó el pasado: el tiempo pasado. El tiempo gramatical pasado. El de las historias.
Volvió la magia, con esa humildad emocionante de dios niño.
En susurros: aún nos atrevemos a desear más. Se levantó y se volvió a acuclillar. Luego se arrodilló y metió la nariz en la tierra. El cielo aún estaba enrojecido al anochecer, las venas hinchadas en ese ojo inclemente. No, no, no. En susurros.
Más. Un poco más. Aún la tensión no ha cecido, aún hay un temblor de terremoto, de dinosaurio que se remueve, y esos anochecheres rojos.
Un poco más, deseamos. Un poquito sólo.
Una brisa de paz, de flojera, de abandono. Que vaya todo bien. Y no nos olvidemos del dinero, que hace un sonido inquietante y molesto cuando es demasiado poco. Y no nos olvidemos de esto, ni de lo otro. Ni de las noches del cielo rojo... ése es el título de una novela de Burroughs que leí muy joven. No entendía nada, pero ah, me encantó.
Hacía sol. Leía en un merendero. Olía a crema bronceadora y de fondo oía las voces de mis tías entre el susurro de los avellanos.
30 de julio de 2008
Verano de 2008
Caminaba mal con las sandalias. Decidí bajar a la arena y quitármelas. Caminé con ellas en la mano a lo largo de la playa hasta la escalera 10, donde me esperaban. La carne de las personas que corrían a veces en pos de una pelotita bajo el sol suave, sus carnes, como olas color arena, se movían. También estaban por allí el viento. El cielo.
Sobre todo el agua.
Me sentí feliz.
Increíblemente pesada. Pegada a la arena. Sobre las patas.
El viejo pensamiento de la fealdad de la gente surgió de nuevo, pero ahora me produce una gran ternura. Somos tan feos todos.
Mi hermana dijo una vez:
-Pero nadie es tan monstruoso como nosotras.
Ternero y Gatito estuvieron escarbando un pozo. Una piscina. Una charca. Su lago. Querían hacer pis y yo les aseguré que su pis en el Océano era tanto como una gota. Tuve que decirles que infinito menos pis igual a cero. Qué más da que no tenga sentido si a mí me sirve. Ternero balbucea siempre de infinito. Sabe que no hay nada mayor, le encanta el infinito, por influencia de su gran hermano, Monito. Me lamieron, revolcándose en su lago. Gritaron.
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Sobre todo el agua.
Me sentí feliz.
Increíblemente pesada. Pegada a la arena. Sobre las patas.
El viejo pensamiento de la fealdad de la gente surgió de nuevo, pero ahora me produce una gran ternura. Somos tan feos todos.
Mi hermana dijo una vez:
-Pero nadie es tan monstruoso como nosotras.
Ternero y Gatito estuvieron escarbando un pozo. Una piscina. Una charca. Su lago. Querían hacer pis y yo les aseguré que su pis en el Océano era tanto como una gota. Tuve que decirles que infinito menos pis igual a cero. Qué más da que no tenga sentido si a mí me sirve. Ternero balbucea siempre de infinito. Sabe que no hay nada mayor, le encanta el infinito, por influencia de su gran hermano, Monito. Me lamieron, revolcándose en su lago. Gritaron.
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