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29 de enero de 2026

Pobre como el siglo

Es pobre como el siglo. 

El radiador enciende sus mejillas

los pies helados peso en los párpados

la arrulla la conversación de las vecinas

querencias cotidianas 

vocales que se vierten a la nada. 

Un rato estúpido de espera blanda

espera sin deseo por su clase de yoga. 

Vive esperando los siguiente

quitándose tareas de los hombros. 

Miss Diligencias lucha contra el sueño. 

Recuerda el tiempo en que volaba. 

La nostalgia de no otra cosa

que su propia compañía. 

El tiempo de la poesía. 






16 de febrero de 2025

La fiera

La fiera está sola. Es inverno y camina por la estepa como si fuera la estepa la que caminara por ella. Se desplaza oliendo, sintiendo, queriendo comer. Está sola en el mundo y siempre lo ha estado. Ella es el mundo. El niño está solo. Es blanco y delicado, delgado, pequeño, lleva un gran gorro de piel, y está solo. La fiera tiene ojos rojos rojos. Olfatea. No es apetitoso, pero hay poca caza. Es invierno. Todo lo que vive se ha escondido. Qué hace ese niño en medio de la estepa. Se gira, el niño, y la ve. La observa sin miedo. Va hacia ella. ¿Va hacia ella? ¿Cómo se atreve? Sonríe con la mano ante él e intenta acariciarle el hocico. Llega la madre del niño corriendo y al verlos juntos se detiene. Camina muy despacio, aunque todo su interior se ha fundido de terror. Llama al niño con susurros, hace gestos breves con la mano para que se acerque a ella, pero el niño está al lado de la fiera, que encuentra divertida la situación y se acerca a él. La madre llega a donde ellos están y coge al niño en brazos y empieza a caminar hacia atrás, pero la fiera camina a la vez y no acaba de distanciarse de ella. El niño se revuelve en el regazo de su madre y consigue soltarse y caer al suelo en el momento en que la fiera está más cerca. La fiera lo huele como se huele un vino o se huele un pan o se huele un plato de carne asada y se le hace agua la boca, que recoge con su propia lengua. Su mirada aguda como una aguja entra en el niño. Entra hasta el corazón del niño, que está henchido de algo que no es terror sino emoción y tiende hace ella, hacia la fiera. Es un corazón que quiere tocar su propio corazón. La madre está congelada, su instinto le pide que no se mueva, que se hunda en sí misma una y otra vez sin llegar a desmayarse, que atienda a este instante en que todo se decidirá. La fiera siente, al contacto de la mano del niño, como si un hilo vivo, una saliva, la uniera a otro ser. Nunca había ocurrido esto, y espera un momento antes de desgarrar. Y otro momento. Espera durante un presente que se alarga, un presente en que no está sola. Un sonido grave de gozo se gesta en su garganta pero lo contiene la boca cerrada que no acaba de abrir. Así como la madre se desmaya internamente y no cae, la fiera contiene el impulso de sus fauces, contiene el desgarro, y se esponja por dentro, se descubre porosa, permeable, y se deja hacer, permite el acercamiento del corazón del niño que llega hasta el suyo con la fuerza del sol. Y se sienta. La fiera se sienta sobre los cuartos traseros y el niño se sienta a su lado.

17 de enero de 2025

Granadas

Deseo de Granada, dice Amir. Se me hace la boca agua de deseo de Granada, dice.

Cuando yo era pequeña, durante unos días, fui con el dinero que mi madre me daba para chuches a la frutería y compraba una granada que comía en el parque alucinando con la perfección de la naturaleza, la belleza de lo que por entonces creía azar, el milagro de lo que existe y nace del suelo y tiene un orden admirable. Era una cuestión estética que incluía la excitación de hacer algo de adultos, comprar una pieza de fruta en vez de flashes o pica-pica, y el reconocimiento de ser una niña bastante original para molestarme en comprar fruta, una fruta exótica que había descubierto, en vez de chuches. Era todo tan emocionante y divertido.

Sigo pensando que la fruta es un regalo. Bombones de Dios. De lo que sea. Son bombones de lo que sea dispuestos en colores y dulzores que me llenan de gratitud. El concepto manzana, el concepto plátano. El concepto de que algo venga envasado en ropajes vistosos desde el nacimiento y, si tienes huerta o la suerte de pillar un higo en el parque antes de que los ventilen los jubilados, gratis. Regalado.

Luego escribí un tuit: tengo un kilo de granadas y estoy dispuesta a todo.

Entremedias vi la Alhambra. Y hubo una guerra en una isla llamada Granada.

Algo así.

No me gustan las granadas. Creo que era todo teatro. No lo sé. Donde esté una naranja. Donde estén un plátano o una piña o una nectarina.

No me gustan, pero tengo amables recuerdos de Granada.


25 de julio de 2024

Santana

Cuando era joven, este día era el inicio del Gran Goce. El día de Santiago, día que precedía a la noche y al día de Santana. Nos fundíamos en la masa y olvidábamos, si alguna vez brevemente la habíamos conocido, la conciencia. Era una disipación del ser que se unía al gran ser de la multitud entregada a la multitud, culebra de mil cabezas. Al amanecer saltábamos juntos entre guirnaldas y nos arrojaban agua desde lo alto, y girábamos, girábamos, girábamos con los ojos en blanco. Rito cumplido, celebración, pueblo. Mi pueblo.

Me pregunto qué sentiría ahora. Probablemente lo mismo, si apareciera allí en medio. Siempre seré una bacante de corazón.

Sin embargo, llegar hasta allí y salir de allí, qué arduo. Ir, quedar, empezar, alcanzar el estado adecuado, regresar, la resaca, el tumulto tras los párpados, en los oídos. El miedo, el rechazo, los recuerdos dolorosos, las asociaciones tristes. ¿Por qué es triste el recuerdo de la felicidad?

La atención está aquí, en el silencio y en los pulsos Theta estos en que me hundo placenteramente.

Afuera, cláxones.

Dentro, yo que débilmente me llamo, con vocecita. Ven, vuelve. Ven, ven que te monte caballito mío…

18 de marzo de 2023

Sábado

Mi cuarto, el escritorio, los cacharros.
Unas llamadas, algo rico de comer.
La sobremesa. Siesta.
¿Dónde está el sábado?

Pasmada ante sus amplias praderías,
así me quedo.

Aturdida como aquel zorro elegante
que vi en la noche deslumbrado por mis faros.
Y qué pequeño era.

¿Dónde está el sábado?

Ahora unas almendras con cerveza
un rato de lectura, una película.
Dónde está el sábado.
Dónde los sábados.
Dónde el invierno, dónde el año.
Dónde la vida.
Dónde está el sábado.

27 de febrero de 2023

Una luz poderosa en un mundo agujereado por Mi mano.

El ángel, la nave, el augur. El mago. Todos aliados para el bien de los humildes, los que habitaban los barrios bajos de la ciudad. Aún eran de madera, inflamables en ardores como la imaginación de una joven.

Solo podían rezar y a quién iban a rezar si no a mí, pensaba yo hasta que los vi arrodillarse mirando al cielo, al suyo, no a donde yo estaba, en un plano oblicuo, en una dimensión que ellos no percibían, no podían ver. Rezaban al cielo que yo había dibujado, un cielo sin profundidad, aunque ellos creían verla, la profundidad. Allí, boquiabiertos, daban gracias a la nave, que era pura apariencia sin motor, que solo estaba allí por Mi mano. Incluso el ángel y el mago estaban allí por Mi mano.

Avivé las llamas, que subieron tan alto que se podían ver desde el campanario del confín. Un monje hizo sonar las campanas, pero no había bomberos. Todos corrían sin orden, como zombies, con las manos abiertas en busca de algo esperanzador que hacer, pero no había nada. Se arrodillaban mirando al cielo, a su cielo, sin verme a Mí. No dejaban de hacer lo mismo, no había evolución, ni siquiera las casas dejaban de arder. Todo tenía que hacerlo yo.

Decidí dejarlos descansar. Se me ocurrió matarlos a todos, pero no lo hice. Dibujé una lluvia gruesa de trazos largos, densa, tibia, dulcísima. Todos bajaron las manos. Sus lágrimas se confundían con la lluvia. Se abrazaban. Yo sonreí, beatífica yo. 

 
Daniel Martín Díaz 

25 de febrero de 2023

Mamo de lo no existente.
Es mi natural terreno, el duro, el del rojo hierro, barba de chivo, pezuña helada.
No sonrío a la rima. La detesto.
Reniego de ella, del ritmo, de la sumisión.
¿Soy lo suficientemente violenta para este pretendido desprecio de un mundo que necesito? Soy como uno de esos amantes sin pureza que luchan consigo mismos y se vapulean con la excusa de ti. No puedo abofetear, me recojo con falsa humildad en el silencio.
Me han dicho que existo y la vergüenza me anega, la riada me anega, la sucia de tierra y ratas.
Hay algunas personas para las que podría escribir si no opinaran, si entendieran que pueden ser solo mirada. ¡Como si fuera poco! ¡Como si yo necesitara consejo! ¡Ya quisiera ser yo solo mirada!
Reniego.
Arreniego.
Como una niña con tijeras me propongo caminitos de cartas. De cromos. De migas.
¡Yo qué sé!
También yo me vapuleo.

17 de diciembre de 2022

Vi el invierno desde el tren

Vi el invierno en ciernes en el puerto, desde el tren, entre los túneles. Me enfurecía la luz interior que se reflejaba en los cristales, mi cara en medio enmascarada, los destellos de las gafas.

Sombras profundas, una sima, un foso de dragones. Parpadeo de los túneles.

Terciopelo oscuro y ondulado cayendo al fondo, un erizarse de cuchillos en lo alto.

Pero todo eso no era el invierno.

El frío se hacía uno con la tierra hondísima, se encogía bajo un manto de hojas deshechas.

Oscuridad, luz, oscuridad. Rechinaba el tren en la trabajosa bajada como si fuera un barco.

La pared de arcilla, con las raíces heladas. Un reguero, un ave que se levanta.

Túnel. Espera.

La exhalación, el cuerpo precioso del invierno cubierto de vello, estremecido por la caricia del sol.

30 de agosto de 2022

Historia de amor

Lo veo desde arriba. Su espalda que se ensancha en los hombros, perfecta, curvada, no observada, tranquila, con la capucha arrugada. En frente, la chica de amarillo, carnosa, con mangas de farolillo, pelo liso. Son dos jóvenes de un barrio obrero, pero tal como ella se ríe un poco mirando a la vez al lado, cómpice e inteligente, tal como él la mira confiado, firme, tan presente, ay, amigos, podrían protagonizar la historia de amor del milenio, sino fuera porque la quiero feliz y, claro, una historia de amor feliz no será nunca un hit.

Demontre de bichos

La reina emerge de su largo sueño, mira en torno, se despereza un poco cursimente en su nido de amor. Su nido es de amor, sí, aunque no recuerde el nombre de sus amantes. Se pinta las uñas de los pies, toca el piano, se quita el chándal, se pone una bata de encaje a juego con el camisón, sin ropa interior, y empieza, a pelo, sin un grito, sin ayuda, a parir. Uno tras otro. Pare hijos que crecen a velocidad de vértigo, que crecen mientras aún su madre sigue pariendo hermanitos, y los mayores, al menos, se meten todos a la construcción. De peones, sin especialización. Creo. No estoy segura. Cortan la madera que da miedo: la arrancan, más bien, de los árboles, sin hachas ni nada. ¡Con la boca! Y miedo darán, pero lo hacen todo bien: albañilería, grifería, electricidad. Todos se ponen con urgencia a construir sus habitaciones, para ellos y sus hermanos y hermanas, todas hexagonales en un estilo brutalista, futurista sin tecnología avanzada. Y la mamá, la reina, venga parir. Pare al mismo ritmo al que se crean las habitaciones, como si pariera habitaciones, todas individuales. En cierto momento, dos hermanas se pelean por la habitación con ventana, pero es una pelea ridícula con aguijones infantiles y se olvidan en seguida. Son buenos niños, en realidad. Las neñas más peligrosas cuando se enfadan. Pasa el tiempo, no sé cuánto, y resulta un poco aburrido de pensar, así que nos lo saltamos. Es agosto. La canícula. Camina por debajo de una rama Ramón de Josefa, que viene de la huerta que tiene fuera de la aldea, detrás cel prado que llaman la Peral. Va pensando en su mujer, que anda rara, cansada. Tiene miedo de que enferme. Nota algo en la oreja, que es grande y abierta, y roja como una vidriera de carne porque está el sol detrás, y le suelta un zambombazo a ese algo que tenía allí molestándolo. Demontre, dice. ¡DEMONTRE de bicho! Inmediatamente nota que se le pone la piel tirante, la hinchazón misma nota, y dice: Avispa. Demontre de avispa. ¿La habrá matado o volverá? Y mira atrás y ve venir un pequeño grupo de valkirias, dando alaridos, con las cejas hirsutas y la lanza en ristre. ¡Mierda! Así que tira la fesoria al suelo y echa a correr a ver si llega a casa Donato a tiempo. Ve la casa de Donato en la colina, se ve a sí mismo y a los terminators esos desde afuera como en un cuadro de Patinir. Jadea, dice ay Dios que me matan. Pero no lo matan. Llega a casa Donato, entra y cierra la puerta, las dos hojas, la de arriba y la de abajo, y corre a la cocina para cerrar la ventana, si estuviera abierta, y lo está, así que la cierra. Y se pone a pensar. ¿Y si ahora están enfadadas y van a buscar en quién vengarse, su mujer, o donato o el perro? Ay, qué mala suerte.



¿Continuará? Seguro que no.

2 de agosto de 2022

Temblar

No me gusta quien hace el ridículo, no, no, no. No es eso. A quien hace el ridículo no se le descoloca un pelo, recorre el inmenso territorio ridículo sin saber dónde está, sin salir nunca de él, sin miedo, sin un temblor. Lo habita repitiendo chascarrillos con el desparpajo y la seguridad de quien come algo crujiente frente a la tele o cree que una mentira repetida se convierte en verdad.
No, no. A mí lo que me gusta, la gente que me gusta, que me excita sexualmente, os lo juro, es la gente que se enfrenta al ridículo. La piel enrojecida, la cabeza alta, la voz como una cuerda fina que se suelta, y, oh, los ojos rojos, los ojos rojos de humillación rabiosa, todo eso me parece maravilloso. No, no, no. No soy sádica. Es admiración. Admiración por su valentía, sin más. La primera vez que hablé en público mis hijos, aunque eran pequeños, ¿habrá alguien más crítico con sus padres que los hijos?, dijeron que se me veía muy nerviosa, que me temblaba el papel en la mano, que sentían vergüenza por mí. ¡Pero a mí eso no me importaba! ¡Debía enternecer y admirar a quien me apreciara! Reivindicaba su respeto. ¡Bobos! ¿No veis que me atrevo, que me enfrento? ¿No veis que el valor es temblar?

3 de abril de 2022

 Aguanieve. 

Mi calle en sombras en el fondo de un barranco. 

Las ventanas apagadas de la fachada de en frente. 

Cuando deja de llover sale un sol cegador

y las ventanas se abren.

Se elevan brillando como palomas.

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