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23 de agosto de 2022

Habla más suave

Habla más suave: eres mayor que aquel

que fuiste tanto tiempo; eres mayor

que tú mismo y sigues sin saber 

qué es la ausencia, el oro, la poesía.


El agua sucia anegó la calle; una tormenta breve

sacudió esta ciudad plana, adormecida.

Cada tormenta es un adiós, cientos de fotógrafos

parecen sobrevolarnos, inmortalizar con flash

segundos de miedo y pánico.


Sabes qué es el duelo, la desesperación

violenta que ahoga el ritmo cardiaco y el futuro.

Entre extraños llorabas, en un momento almacén

donde el dinero, ágil, sin cesar, circulaba.


Has visto Venecia, y Siena, y en los lienzos, en la calle,

jovencísimas, tristes Madonnas que ansiaban ser

muchachas normales y bailar en carnaval.


Has visto incluso pequeñas urbes, nada bonitas,

gente vieja extenuada por el sufrimiento y el tiempo.

Ojos de santos morenos brillando en iconos

medievales, ojos ardientes de bestias salvajes. 


Entre los dedos cogías guijarros de la playa La Galère,

y de pronto sentías por ellos una inmensa ternura,

por ellos y por el pino frágil, por todos los que allí

estuvieron contigo y por el mar,

que aunque potente, es tan solitario...


Una ternura inmensa, como si fuéramos huérfanos

de la misma casa, para siempre apartados los unos de los otros,

condenados a breves momentos de visitas

en las frías cárceles de la actualidad.


Habla más suave: ya no eres joven,

el éxtasis ha de pactar con semanas de ayuno,

has de elegir y abandonar, dar largas


y hablar extensamente con embajadores de secos países

y labios cuarteados, has de esperar,

escribir cartas, leer libros de quinientas páginas.

Habla más suave. No abandones la poesía.


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Adam Zagajewski, "Poemas escogidos"; traducción de Elzbieta Bortkiewicz. Pre-Textos, 2005

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Ha caído en tierra castigada y la ha hecho llorar.

18 de junio de 2021

Serendipia de pastores

Leo lo que decía Rilke en Ronda de los pastores: «hombres situados al margen, sometidos a la plenitud de la influencia cósmica». Lo erguido, lo firme sobre la tierra y cercano al cielo, lo que une dos mundos.

Luego encuentro aquella antología del pastor Miguel Hernández que disfruté en mi juventud primera y, ahora que me estoy volviendo lectora de vidas, leo la introducción y me emocionan la sensibilidad natural aquella suya de lanzador de honda, la intensidad de su alegría y de su dolor. 

Y por fin caigo en Sam Shepard, en su último libro, y vuelvo a pensar erróneamente en pastor (shepherd). Erguido y erecto hasta su muerte. Antes me habría identificado yo sin dudar con Jessica Lange y con las chicas con que engañaba a Lange, pero ahora descubro que me identifico, por la edad y las canas, con Patti Smith, amiga eterna admirable sin el menor sex appeal. Y reconozco y acepto una pizca de amargura en este camino de objeto a sujeto, de cuerpo a espíritu. Porque yo... ¡yo querría gustar a Sam! 

Estas asociaciones fortuitas que pueden traer consigo hallazgos aparentemente fortuitos gustaban mucho a mi padre. Juegos o ejercicios de serendipia los llamaba, a partir de aquella película, Buscando a Forrester. Muy de moda en esta casa durante un tiempo, la serendipia.



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